La cabaretera

– Abrimos este espacio informativo con la desgraciada noticia de que nuestra querida y admirada Linda García ha fallecido…

Así comenzaba un triste día lluvioso de otoño y no pude evitar que las lágrimas se derramaran por mis mejillas, era esa actriz que adoraba, de la que últimamente no se sabía mucho, quizá sería por la edad, aunque estaba muy presente en la vida social y cultural española, no lo estaba ya tanto en la vida de las tablas, el teatro, ni frente a las cámaras, y cuando no lo estás para el gran público parece que has desaparecido.

Esa mujer que me había abstraído de mis problemas en la época de mi divorcio, y la que me había hecho reír en mi juventud con una serie disparatada, de la cual había seguido toda su carrera, esa mujer ya no estaba.

Parecía estúpido por mi parte dejar mis prisas cotidianas de primera hora de la mañana para sentarme en el sofá de mi apartamento y ponerme a llorar como si hubiera perdido un miembro de mi familia. Pero no me sentí nada estúpida, era lo que sentía, y punto. Ese día llegué tarde al trabajo, pero ni mi jefe se atrevió a preguntar, incisivamente como solía, la razón, mi cara debía ser un reflejo de cómo me sentía.

Como siempre que muere un famoso se sucedieron los programas de televisión en los cuales le rendían homenaje, algunos más atinados que otros, algunos menos respetuosos.

Vi todos los que pude, grabándolos, y los que no pude los vi online, y los grabé también, esa mujer me fascinaba, era como si me hubiera mantenido en pie en ciertos momentos críticos de mi vida y sentía cierta unión con ella, fascinación, admiración, porque no era sólo una estrella, una actriz que comenzó de cabaretera, era una gran mujer.

Unos meses después anunciaron su biografía y por descontado que la compré, no me la leí, no, me la absorbí, me empapé de ella.

Relataba con vehemencia a ratos, con pena en algunos momentos, con melancolía en otras ocasiones, su vida, una vida que no le había sido nada fácil pese a mostrarse siempre en todos lados con una amplia sonrisa y eterna alegría.

En los años sesenta ser una mujer que trabajaba en la farándula era sinónimo de ser casi prostituta, de llevar una vida loca y disoluta, de noches de copas, y andar con muchos hombres, no es como ahora, que se ve como cualquier otra profesión y además se entiende que suelen ser personas cultas y versadas, con una cultura que añade el viajar. Eso añade otro tipo de educación, de saber estar, te vuelves alguien más independiente, más observador, más transigente y menos exigente.

Como actriz había soportado de todo, pero hasta que llegó a ser actriz tuvo que ir de pueblo en pueblo como cabaretera, eso añadía un grado superior a “soportar de todo” en ciertos sitios.

Su biografía después de leérmela pasó a ser un libro más de mis preciados libros de una de mis estanterías, las que llenan mi casa.

Al año de su muerte, el triste aniversario de su desaparición, la mencionaron en un programa de crónica social previo al de las noticias, que estaba escuchando mientras preparaba la comida familiar del domingo y pusieron un extracto de una entrevista que no había visto.

Linda decía que estaba haciendo sus memorias, le preguntaban si había sido una mujer prolífica en eso del amor, y sin tapujos respondía:

– ¿Cómo qué si he sido? ¡Oye! Qué la edad no es un impedimento para amar. Aún estoy de buen ver… Creo yo.

Y con salidas como esta hizo reír a todo el plató.

Entre preguntas y respuestas salió mucho el tema de las memorias y el amor, pues como todos sabéis los famosos se relacionan con famosos y gente de alta cuna y ahí es dónde más quería incidir el presentador, en las parejas que había tenido, escarbando en los amantes.

Hubo una respuesta que dejó mi comida del domingo paralizada, el entrevistador sabía perfectamente a quién se refería su pregunta, pero no lo mencionó, ella sabía que él lo sabía y sonrió socarronamente, no entrando al juego y al responderle le puso inmediatamente en su sitio saliendo indemne con gracia, con inteligencia, con ese garbo que la caracterizaba, con elegancia.

– Si, algún nombre falta en mis memorias, destacables no hay muchos, pues fueron personas fugaces. Se perfectamente por dónde vas, pero no hay respuesta que te pueda dar, hubo un hombre que estuvo en mi vida una temporada, pero se portó tan mal que no merece un espacio en mi vida ni en mi libro. Si lo pones en la balanza tengo taitantos años y ese señor sólo estuvo en mi vida unos cuantos meses. Y yo la balanza la tengo muy equilibrada. Cada uno tiene su sitio, por mucho morbo que te dé, el suyo es el olvido.

Me senté a la mesa, frente al televisor, y entonces entró por la puerta mi marido, con mis niños y no pude evitar un gesto que él conoce bien, una sonrisa que a la vez que se me inundan los ojos de lágrimas.

Para suavizar la situación mandó a los niños a lavarse las manos y me tomó la mano, me invitó a levantarme y me abrazó, uno de esos largos abrazos que no dices nada, que lo dicen todo. Y mientras oíamos a los niños en el baño jugar, me interrogó.

– Cuéntamelo todo.

– He visto un programa, de esos de corazón, y hoy es el aniversario de la muerte de Linda – ya ves tú, la mencionaba como si fuera una amiga de casa, de las de toda la vida, y no tenía ni un simple autógrafo suyo – y le preguntaban por los hombres de su vida, y le sonsacaba el presentador sobre uno, debe de ser vox populi con quien estuvo liada, pero querían que lo soltara ella, como bombazo.

Pero ¿Sabes cuál ha sido su respuesta? – Mi marido negó con la cabeza – Que en la balanza de los años vividos valían más el computo total que el tiempo pasado con un mal hombre

Entonces busqué el hueco del hombro de mi marido, ese que me reconforta, ese hombre fuerte que me hace sentir única, especial, protegida, amada, y que sabe que en la balanza de mi vida gana él siempre, porque no hay nada que se compare a su amor y lo que compartimos.