Adiós Juan

<Hola Juan,

Estoy haciendo limpieza de archivos en mi ordenador y tirando lo que no me vale, hay mil cosas que no sé qué son, lo mismo hago un volcán tirando lo que no debo, pero entre fotos y otras cosas me he encontrado una copia de nuestros mensajes.

No hay nada en tus mensajes que no diga nada más que TE QUIERO, si me notabas triste me animabas, si me notabas insegura me levantabas, y siempre, siempre me hacías reír.

Y no hay nada más en mis mensajes que diga que TE QUIERO, y que lo estaba pasando mal, con dudas, problemas, y cosas que no entendía y aún hoy se me escapan, pues la maldad no entra en mi ser.

Fuiste mi héroe siempre que iba a verte al trabajo nerviosa y salía llena de vida y riendo, y fuiste mi amigo, sabes cosas que nadie sabe, fuiste mi confidente, mi amante, en los malos momentos fuiste mi respaldo.

No tengo nada malo que decir de ti. Ambos sabíamos lo que éramos en la vida del otro y hasta dónde podía dar lo que teníamos.

Te acusabas a ti mismo de ser frío y calculador, creo que jamás lo fuiste conmigo. Creo que tengo cosas pendientes contigo, creo que te quiero hoy tanto como cuando quedaba contigo en el súper mercado de detrás de tu trabajo, como si fuera por casualidad.

Creo que te querré siempre. Porque no hay más que ternura en mi por ti.

Eras un tipo divertido, elocuente, inteligente, locuaz, pero a la vez con valores y principios, que me ayudó a sobre llevar una de las crisis de mi vida, una que si bien no supondrá mucho en un tiempo, si ha sido muy larga y profunda por parte de quien la creó. Y difícil de solucionar, pero que finalmente se soluciona, como todo en esta vida.

Eras ese chico que conocí preguntando algo en un lugar y se volvió parte de mi vida, una parte tan cotidiana como imprescindible.

Y sin embargo en tu peor momento, cuando quien no debía metió la nariz entre tú y yo y entre las demás circunstancias de tu vida, no pude estar presente e hice lo más elegante que podía hacer por alguien a quien amaba, y lo más adecuado como lo más inteligente, aunque en ese momento no lo entendieras, y después me lo reprocharas.

Yo no soy de las personas que alegremente se juega la vida de los demás, y por eso me aparté, para no salpicar a nadie y menos a ti.

Tu y yo éramos dos almas que se encontraron en el tiempo equivocado, yo ya demasiado mayor y tu con cargas demasiado grandes para tu juventud, y contra las cargas yo no lucho. Yo me giro.

Y hoy, que me marcho de aquí, quería dejarte algo que yo también me llevo, una copia de lo que fue, al menos para mi, un amor tan bonito como sincero, tan correcto como incorrecto, tan maravilloso como extinto por causas ajenas a nosotros, como dicen en la tele.

Dejarte esto no es una amenaza, nada más lejos de la realidad, es una despedida porque me voy y no habrá piedra bajo la que me pueda encontrar nadie que me haya conocido aquí, ni en mi pasado, ni lugar en el que se me localice, pero no podía irme sin dejarte al menos esto, un adiós. El más tierno adiós que le puedo dejar a alguien que quiero pero que no está.

No se muy bien qué fui yo para ti. Aquí tienes lo que fuiste tú para mi.

Alguien grande y no por estatura, alguien reconfortante, alguien con quien reír, alguien con quien compartir.

Te quiero Juan, cuídate mucho.>

Esta fue la carta que Juan se encontró en el asiento del coche, un coche que tenía alarma y pasaba en un garaje las noches ya que su barrio ni era seguro ni fácil para aparcar.

Releyó la carta un par de veces, miró lo que con ella venía, fotos, y unas líneas de copias de whatsapp, cosas íntimas que había compartido con esa mujer, las lágrimas corrieron por su cara, llegando a su rubia barba.

No imaginaba que alguien pudiera haber guardado aquello como un tesoro tanto tiempo, y no pensaba que ella pudiera marcharse pese a todas las veces que dijo que se iría, tampoco imaginó que se acercaría así a él, de un modo tan ágil y silencioso.

Un golpe en la ventana le sobresaltó y como acto reflejo se secó las lágrimas.

– ¿Papá vas a abrirme o llegamos tarde?

– Si cariño, papá te abre enseguida. – Señaló la puerta del garaje y preguntó – ¿Viene ya mamá? – La niña, que era tan rubia como su padre, y tenía la misma cara que él, se giró a mirar donde papá le indicaba.

Él aprovechó y guardó la carta, las fotos, los recuerdos y los sentimientos con sumo cuidado bajo la alfombrilla de su lado de entrada del coche, asegurándose de que no era posible verlo desde ningún ángulo.

La puerta del copiloto se abrió y también la de atrás, todos juntos como familia iban al cumpleaños del abuelo, pero en el trayecto como en la comida estuvo callado, pensativo, ausente, dándole vueltas a esa carta.

Jamás había conocido una mujer que le diera placer con su frescura, con su risa, con verla, con oírla, con sentirla, e incluso cuando ella se reía estando él dentro de ella.

Jamás había conocido a una tía que le ganara las apuestas aunque tuviera que disfrazarse de colegiala y matarse de la risa juntos viendo al personal con los ojos abiertos como platos.

Jamás había conocido a nadie que le cogiera las gracias tanto como le hacía reír, ni que le despertara tanto el sentimiento de protección como esa mujer.

Jamás perdonaría al bastardo que la apartó de él.