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Me ha salido un bulto en un muslo, he ido rápidamente al médico y me ha dicho que es un no sé qué, palabrejas médicas que no entiendo, pero necesita extraerlo, y hacerle una biopsia, todo esto me asusta un poco.

Me acompañará mi hija en la operación, y estoy muy asustada. Nunca me han operado de nada, mi salud ha sido siempre esplendida, menos cuando tengo sueños extraños que paso días con dolor de cabeza.

Ella conducirá tras la salida de la intervención en prevención de que la anestesia me afecte para coger el coche.

La noche del sábado antes de ir al hospital he tenido muchos sueños, por los que han pasado todas mis exparejas en sucesión.

He tenido un sueño, un sueño muy extraño en el que un pequeño duende salía de una seta y me decía que esta operación era a fin de cuentas culpa mía, por mezclarme con la gente equivocada.

  • ¿Cómo es posible?
  • Es posible porque tu energía se mezcla con la energía de las personas con las que te relacionas, y sus intenciones, sus valores, impregnan su energía, y en ocasiones contaminan la tuya, así como tú has contaminado, por lógica, la de otras personas con quienes has tratado.

A medida me iba explicando fui relacionando que de mi primer novio heredé un grano bajo el ojo derecho, él tenía los párpados de abajo llenos de unos granos blancos que siempre estaban igual.

Algo tendría que ver con lo que miraba, o su visión del mundo. Nunca volví a saber de aquel chico. Nos perdimos la pista dejando de tratar cuando él se mudó al norte de España.

De otro novio tengo una araña vascular en la mejilla izquierda, afea mi cara, pero ya con mis cincuenta y seis años no me voy a preocupar de mi apariencia al extremo de operarme la cara, y más con el miedo que me está dando esta operación y es en un muslo.

Supongo que sería por su fealdad, la cual no era física, sino mas bien personal.

De otro novio con el que apenas estuve un año, y que besaba fatal, me quedé con una muela que se iba partiendo a pequeñas esquirlas, como si se fuera deshaciendo por capas, quedando con filos y aristas que eran un autentico peligro para mi lengua y los carrillos en su cara interna y tierna. El pobre debe ser hoy un tío con menos dientes que un cementerio de elefantes, a lo mejor eso le ha ayudado para aprender a besar. ¡Qué desastre era! Y ya que estamos no sólo besando, he de apuntillarlo o reviento.

Del último heredé este bulto, y de esto sí que no tengo explicación, ni el duende la tenía, y eso que le expliqué caso por caso y él me los iba razonando.

Finalmente he analizado mi historia con aquel tipo y ya sé qué son esos bultos tumorosos que le proliferaban por todo el cuerpo: ¡MENTIRAS!

Cada vez que aquel individuo contaba una mentira le salía una protuberancia nueva, y le eran molestas, estaban incrustadas entre los músculos y le dificultaban ciertos movimientos, sobretodo a la hora de hacer deporte.

Era un ser mezquino, adicto a las mentiras, que mentía sin motivo y a todos los que le rodeaban, pero con un fallo. No tenía buena memoria. Ahí fue donde perdió la batalla conmigo y nuestra relación, porque yo sí tengo mucha memoria, y buena, y te puedo reproducir una conversación palabra por palabra años después. No como reproche, sino como anécdota.

Esa soy yo.

Y de repente he caído en mi mentira. Y me he despertado mientras el duende se ha evaporado de mi vida.

He llamado a mi mejor amiga y le he contado mi mentira, se ha quedado un minuto callada, un largo y silencioso minuto, un minuto eterno, de esos que te hacen pensar que la comunicación se ha cortado, pero no en el teléfono, sino en el más estricto sentido de la palabra, comunicación entre esa persona y tú, la comunicación entre dos personas que llevan años compartiendo confidencias, aventuras, viajes, risas, ilusiones, y todo eso podría llevárselo por delante mi mentira.

Su respuesta ha sido un simple “perdona, me llaman a la puerta”. Y ha colgado.

El domingo ha sido largo, y apenas he podido concentrarme en nada, los nervios me acosan, y la conciencia no me deja apartar mi pensamiento de mi mascarada.

A primera hora el lunes ahí, puntuales, estamos mi hija y yo. Me pasan a una habitación, en la que una aburrida enfermera me indica los pasos a seguir, y yo los sigo mecánicamente. Es algo que desconozco y de lo que quiero librarme cuanto antes. Entrar y salir, así de simple, y que sea rápido.

Mi hija me abraza, me consuela, me tranquiliza, me besa y entro al quirófano. Una mujer normal tendría dudas sobre la cicatriz, si hacerme un tatuaje encima en unos meses, o cosas así. Sin embargo yo no paro de darle vueltas a esa frase: “Perdona, me llaman a la puerta”. Fue su forma más cruel y educadamente fría de colgarme el teléfono, y no sin razón, ciertamente.

– ¡Vamos Ana! Es hora de despertar…

Así me saca del mundo de las profundidades químicas el doctor que me ha operado. Me cuesta volver al mundo, me pesa todo, no puedo regir mis miembros, me cuesta abrir los ojos, me cuesta enfocar la mirada, mi mente está ralentizada y no sé dónde estoy, si estuviera en mi estado normal esto me sacaría de mis casillas, pero sorprendentemente me importa todo un carajo.

Voy y vengo. De vez en cuando alguien se me acerca, intuyo, y me tocan, no tengo ni idea de cuanto tiempo llevo así, pero es placentero este mágico lugar, dónde nada importa y nada pasa.

Finalmente despierto como si estuviera cómodamente en mi cama, hasta que me revuelvo entre las sábanas y un dolor sordo agarra sin clemencia mi pierna y me sitúa fuera de mi cama para emplazarme en la cama del hospital y de paso de golpe en la realidad de mi vida.

Miro alrededor y veo a mi hija en la puerta, con el móvil en la mano, como casi siempre, éstos jóvenes son todos iguales. Intento incorporarme y el sordo dolor clama su protagonismo en todo su esplendor, escapándoseme un quejido.

Por el rabillo del ojo, pese al dolor, veo movimiento en la esquina de la habitación de un color verde suave insoportable y allí está, mi amiga, que apenas me ha oído mi voz se ha levantado como un resorte automático.

Se acerca a la cama y me coge la mano, su mirada no es distante como lo fue su voz, su sonrisa es acogedora, como toda ella lo ha sido conmigo todos estos años de franca amistad.

– Una mentira no puede tirar tantos años de verdades, de amistad, de amor incondicional, de risas, ilusiones compartidas, y mil cosas más que no podré decirte sin encharcarte las sábanas o alargarlo tanto que te quiten los puntos. Aquí no ha pasado nada.