Iba caminando por las calles que tanto conocía y adoraba, por sus empedrados y los colores de las fachadas cuando un andar entre la gente le llamó la atención, era él. Casi lo llamó a voces alegre de haber coincidido casualmente con él por las transitadas calles, cuando vio que una mujer le besaba agarrándole del cuello como ella misma solía hacer, le atrajo hacia ella besándole la boca, con delirio y pasión, y también vio como las manos de él le recorrían la espalda pegándola a su pecho.

Se quedó un momento dudando de lo que sus ojos del color del agua le habían mostrado, pero no cabía duda, ellos siguieron su camino y ella detrás, casualmente iban los tres en la misma dirección.

Unos minutos más tarde ellos se pararon a hacerse arrumacos y ella giró la esquina por la calle de su izquierda.

No le extrañaba, no tuvo celos, era simplemente un paso más de los que él había dado para apartarla de su vida, pero no entendía a qué venía esa forma suya de jugar a dos bandas, y se decidió a lo que tenía que hacer, simplemente no volver a hablar con él y pretender tener a alguien a su lado, sabía que era, por las malas experiencias pasadas por él que era lo peor y definitivo que podía hacer.

Y así lo hizo.

Unas fotos en las redes sociales le ayudaron a que él jamás volviera a molestarla, acosarla, ni perseguirla. Sencillamente le empujó a hacer una elección.

Ella era demasiado inteligente, demasiado señora, demasiado elegante para montarle una escena en la calle, ni en privado y menos por otra mujer.

Cuando llegó a casa hizo una limpieza de las cosas que tenía suyas y las metió todas en una bolsa, cada día iba tirando una de aquellas cosas que eran recuerdos, rompiendo los lazos que les unían, deshaciéndose de la pesada carga que él había supuesto para ella.

Quemó cada nota de amor que él le había dedicado.

Puso tanta tierra de por medio como pudo y recomenzó, como tantas otras veces en esa vida que llevaba.

Y él nunca se supo cazado.