La llave al pasado

EL MERCHERO

Su apellido era extraño y eso le llevó a estudiar su árbol genealógico.

Cada vez que tenía unos días libres en el trabajo y marchaba a cualquier lugar que le resultara una pista, hablaba con curas y funcionarios del registro civil allá donde hubiera alguien con su mismo apellido.

Finalmente descubrió que su apellido provenía del país vecino y eso fue otro aliciente, viajó en cuanto pudo.

Los pasos de su familia le llevaron a la cuna de la raza gitana y eso casi lo mata del disgusto, pues era gente a la que temía y detestaba.

Se prometió durante el viaje de vuelta que nadie jamás sabría de aquello que consideraba una mancha en su persona, lloró al entender ciertas características de su carácter y algunas de las cosas que hacía y sentía.

Cuanto más lo pensaba más se odiaba, más asco sentía por sí mismo aún sabiendo que era inevitable y que escapaba a sus posibilidades de cambiarlo.

El pasado no se puede cambiar. La sangre tampoco. La raza menos. 

Y lo que hacen otros no es responsabilidad de uno.

Intentó que nadie supiera porqué en esas vacaciones había perdido casi veinte kilos y eligió para casarse una mujer diametralmente opuesta a los parámetros de una gitana.

Aún así ella supo que sangre gitana corría por sus venas y lo dejó por el miedo que le provocaban sus accesos de ira, sus modales, su arrabalera forma de ser, su incapacidad para hablar bien por más que le corrigiera, su forma de escribir y tantas otras cosas.

Lo abandonó por otro.

Pero no por raza, sino por acciones.

Aquel abandono lo tuvo sumido en la pena mucho tiempo, incluso se planteó suicidarse, y lo intentó alguna vez, sin éxito por cierto pues hasta para eso era un fraude.

Realmente no supo si la amó de verdad o fue una quimera pretendida para que nadie supiera que era un merchero.