Abrojo

EL ABROJO

El abrojo era el nombre que le puso una chica en el colegio y se quedó con ese mote toda la vida.

Un abrojo es una semilla que tiene unos filamentos pilosos que se pegan a tu ropa y al pelo de tu perro cuando paseáis por el campo.

Esas que se agarran a tus calcetines y son difíciles de quitar y rascan donde se marcan los elásticos de tus calcetines y suelen picar.

Esos que hacen que los cordones de las zapatillas se vuelvan un galimatías.

Esos

Y ahora que ya sabes qué son, te hablaré del «abrojo».

Era un chico tímido, de pelo oscuro y piel clara, con ojos transparentes del color del agua en playas sureñas, era un chico que sólo tenía complejos y se convirtió en blanco fácil de las burlas de los compañeros populares de su instituto.

Siempre intentando cuadrar con los demás, ser uno más, pasar desapercibido, sin lograrlo.

Se peinaba a la moda.

Intentando vestir de marca, y como los demás.

Si los demás hacían algo él simplemente emulaba sus acciones.

Se presentaba en las fiestas sin ser invitado, perseguía a una chica o a dos, creyendo que una no se enteraría y se lo contaría a la otra para finalmente ser el hazme reír de ese año escolar.

Era ese chico al que nadie llamaba. Con el que no se contaba para hacer planes los fines de semana y aún así allí se plantaba.

Por eso Elsa que era la chica que perseguía ese curso le puso ese mote y a todos les pareció que era como hecho para él.

«El abrojo»

Un tío pegatina, ñoño, pesado, cansino, repetitivo hasta la saciedad y sucio que nadie quería cerca.

A veces un mote es justo, otras veces es injusto, otras veces es reflejo del amo del mismo.

Él no supo en su juventud que le llamaban así pero ciertamente era su personalidad. Cuando lo supo fue por una discusión con su mujer quien le pedía a gritos el divorcio y ésta se lo espetó en su cara grisácea y demacrada por las noches sin dormir.

Abrió los ojos sin entender qué le había llamado hasta que ella lo usó como un látigo que restallaba en su mente y se dio cuenta que efectivamente era ese ser.

Siempre a remolque de los demás, sin personalidad, le gustaba un color por algo que decía que había hecho de pequeño y era la razón más estúpida que ella podía pensar, le gritaba.

Años después no recordaba porqué discutieron, ni cómo terminó la discusión, pero sí recordaba que le costó años salir de la sensación de ser el mayor perdedor de todo el pueblo y del instituto, de lo que él recordaba cómo la pandilla de su pubertad y no era más que una ilusión de su mente.

La verdad nunca es objetiva.

Siempre está sujeta a cómo vivimos las cosas que nos pasan.

El abrojo nunca consiguió salir del pasado que le abrazaba como un pulpo obsesivo, ya no con los ocho brazos, sino con cada ventosa, haciendo succión, tirando de él hacia un tiempo en el que fue feliz, aunque fuera mentira o una impresión suya. Pobre abrojo.