Alejandro
Alejandro
Alex era un tipo bajito, delgado y pelirrojo.
Si bien los pelirrojos tienden a envejecer más rápido él, teniendo 54 años, aparentaba estar en la treintena.
Durante la pubertad sus padres decidieron mudarse de la España profunda a una ciudad costera donde su formación pudo ampliarse haciendo un curso de FP de mecánica, y después tuvo un buen puesto de trabajo en un taller pintando coches, pero tras ese trabajo, esa formación, y su familia sólo había rencor. Y decidió alejarse de toda esa negatividad.
Era simplemente un hombre que habría deseado no haber salido de su tierra natal, ser un labrador, hortelano, no era ambicioso, era alguien que se conformaba con poco.
Y tras años de esa vida en aquella capital ruidosa, de tragar gases pintando coches, y monotonía, decidió romper con todo y regresar con sus ahorros a la tierra que le vio nacer y vivir para vivir como realmente deseaba.
No como su madre le imbuía constantemente y de malas maneras.
Primero se instaló en la casa familiar y sobrevivió un tiempo como pudo, después encontró la casa de sus sueños y la compró.
Era una casa extraña, como él, sin entrada, o hall, o recibidor, que aislara el frío que entraba en los duros inviernos. Era una casa triangular vista desde arriba, lo cual dificultaba la distribución de las habitaciones y estancias. Él no notaba el frío, pues él mismo era alguien frío.
La cocina era lo primero que veías al abrir la puerta. Y el baño tras la cocina.
El salón era un cuarto de paso en una altura intermedia, sin puertas, no contendría el calor, una estancia sin sentido.
Y el dormitorio estaba después y unos escalones más arriba. Así que si te encontrabas mal en mitad de una noche, algo habitual con la edad, en una casa de tres alturas, esa casa iba a ser una condena.
Alejandro con sus 54 años y su pensión era finalmente lo que su madre había hecho de él.
Un viejo.
No tuvo nunca novia. Pues ella no lo aceptaba.
Era un soltero que soñaba con tener una novia por lo que tenía, casa, coche, pensión…
Pero nadie en su sano juicio querría ir a un lugar así, ninguna chica iría al centro de la España profunda a compartir con él la nada, y cuidar a un viejo, no por edad, sino por mentalidad. A pasar frío, penurias, y  compartir ese tipo de vida.
Pobre Alejandro.
Sumido en un mundo de sueños de una madre ruin de mente y de vida, cruel con sus hijos como lo habían sido con ella.
Pobre Alejandro.
Que miraba páginas de búsqueda de esposa pensando que una bella y escultural extranjera podría compartir lo que él veía como un lujo.
Él que no había visto el mundo por más ojos que por los de su madre.
Pobre Alejandro.
Tras esos últimos años tristes descubrió que ninguna mujer compartiría su gusto por la música, o el calor del llar, ninguna mujer le importaría esa casa, esa furgoneta… Esas cosas.
Tendría que haber salido y ser feliz pese a su madre, pese a sus miedos, pese a todo.
Ahora estaba en su casa frente a la eterna compañera, Soledad.
Quien no cejaba en acompañarle allá donde fuera y estuviera con quien estuviera.
Pobre Alejandro. El chico del corazón medio lleno, medio vacío.