La señora de las palomas

Solía pasar el rato mirando, simplemente eso, mirando.

Miraba la gente pasar, miraba cómo vestían, su modo de caminar, miraba las hojas moverse mecidas al viento, miraba los perros jugar, miraba cómo comían las palomas del parque el pan que les llevaba.

Lo miraba todo como lo miran los niños, con la inocencia de quien mira algo por primera vez.

Era ya algo mayor, rondaría los cincuenta y tantos, era una mujer de pueblo cuya hermana había traído a una pequeña cuidad tras la muerte de los padres en el pueblo.

Pero era alguien que no podía valerse por sí misma, tenía una extraña enfermedad en el cerebro que evitaba el almacenamiento de sus recuerdos.

Algunos familiares habían instado a la hermana a recluirla en un centro para que estuviera atendida y no fuera un lastre, pero la hermana se negaba. Secretamente la envidiaba por no poder recordar todo lo que los padres les habían hecho en su infancia y pubertad.

Ella era feliz y vivía únicamente en el hoy.

Hacía todo lo que se le mandaba, siendo una persona de fácil convivencia y lo único que pedía era bajar al parque a mirar.

A la hermana no le parecía mal.

Pasaba horas en el banco gris del parque mirando, y solía bajarse el pan del día anterior para dárselo con mucho mimo a las palomas que la esperaban alrededor de su banco si se demoraba.

La aparente felicidad en la que vivía era un todo. Pero no era cierta, pues sí recordaba cada paliza, cada insulto, cada grito, pero su método de defensa era el mejor, fingía no saber nada para protegerse del pasado.