La tristeza del perro

Había una chica que solía ir a ver a su veterinario, siempre al mismo, como es normal, llevaba a sus perros, no era que tuviera muchos, sino que cuando uno moría adoptaba otro. Alguno era viejito, otro estaba enfermo, y no solían durar mucho con ella, pero les cuidaba con mucho amor, paciencia y dedicación.

Eran constantes las visitas de la chavala a la consulta.

El hombre se dio cuenta que siempre había algo que era característico en todos ellos, todos sus perros tenían una mirada muy triste, exageradamente triste.

Un día él como veterinario se preocupó en ir a casa de ella y en ver cómo los trataba, ya que pensaba que no era normal que tantos animales tuvieran el mismo problema, si bien es verdad que todos ellos provenían de la perrera municipal y cada uno arrastraba su historia él como buen profesional quería quitarse esta sospecha que era como una espinita clavada en su corazón de veterinario.

Una vez en su casa y pasados los primeros tensos momentos de la visita inesperada el veterinario pudo ver que la casa estaba inmaculada, limpia, que al perro que tenía en ese momento se le cuidaba con esmero, con mimo, su comedero y su bebedero estaban en perfectas condiciones y la comida era de primera calidad.

¿Acaso aquel hombre pudo percibir un atisbo de magia en aquella pelirroja tan simpática? Por un momento fue lo que le pareció.

En cualquier caso el perro no hacía otra cosa que seguirla por toda la casa, pese a su gran tamaño parecía un perrito faldero, de esos que están encima de las faldas de sus amas.

Entonces el “médico de mascotas” cayó en la cuenta” la enigmática mujer necesitaba a los animales para cuidarse de la pena, como ellos la necesitaban a ella para salir de un sitio tan terrible como la perrera, dónde lo único que les aguardaba era una muerte segura en unas semanas, mientras que con ella les aguardaba una vida algo mas larga y desde luego de total calidad, era un quid por quo.

La mujer le ofreció un café que él educadamente aceptó.

Sentado en el sillón de aquel salón contempló taza en mano al ama y al animal que se dedicaban miradas cariñosas en silenciosa conversación, acompañada de caricias que lo decían todo, ella sonreía, y parecía que el can también, a ratos el perro ponía la mano sobre el brazo de ella, como queriendo decirle “no te preocupes, yo estoy aquí” aunque al hacerlo desde abajo, su mirada parecía triste, pero el hombre entendió que no lo era, era ternura, complicidad, cariño, agradecimiento.

Era ese sentimiento que sólo tienen los animales por sus amos, y más cuando éstos los tratamos bien, podría decirse que como a almas iguales, porque sienten, padecen, son los que no tienen memoria cuando despreciamos un mimo, son los que se alegran incondicionalmente cuando llegamos a casa, pese a ni mirarlos porque llegamos con un día de malo en el trabajo, o con tal o cual persona, que ellos ni conocen ni forma parte de su universo, su universo somos nosotros.

Esa fue la magia que vio el veterinario y pocas veces veía a tan profundo nivel en su consulta.

Avergonzado ante su duda se despidió tras tomar su café y salió a la calle con una profunda sensación de peso en el corazón.