Nuevo camino

Paseaba a buen ritmo por una senda del frondoso árbol que colindaba con el terreno donde se encontraba su casa.

Lo conocía bastante bien, al menos las cercanías a su hogar ya que siempre empezaba por el mismo sendero a caminar. Le gustaba llevar su cámara de fotos en esos largos paseos, se fijaba en detalles que para otros ojos serían imperceptibles. Hongos y setas, líquenes con sus gotas de rocío disfrazados de alfombras brillantes, como espumillones de navidad, pequeños brotes, gotas de agua con los reflejos de lo que hubiera al otro lado, invisibles telas de araña empapadas al amanecer por el rocío que las transforma en obras perfectas de arquitectura, ni moderna ni antigua, sino de siempre, como lo son las arañas. Se fijaba en los dibujos de las piedras, y los contraluces del sol jugando contra los troncos de los árboles.

Solía andar adentrándose entre los eucaliptos unos dos kilómetros deleitándose con el olor, respirando tan hondo como su capacidad torácica le permitía, llenando sus pulmones, sintiéndose una privilegiada por poder respirar un aire tan puro y con tanto olor y se podía decir que sabor.

Unos días iba sola, otros días iba con su fiel compañera, su perra, como hoy.

Cuando la perra la acompañaba solía dejarla suelta para que corriera a sus anchas, aunque nunca se perdían de vista mutuamente.

Era la hora central del día y el sol lucía en lo mas alto, adoraba la sensación del calor en su piel, esa sensación le parecía maravillosa sobre su cara.

Hoy estaba menos cansada de lo que solía estar habitualmente, y decidió seguir caminando un poco más hasta que se encontró con un desvío que giraba a la izquierda, y parecía que adentrándose más aún en el bosque huía de la civilización, giró tomando el desvío que se elevaba en una pendiente bastante pronunciada. No le gustaba subir y temía bajar, le gustaban los caminos llanos, no era por comodidad, ni por vaguería era por su enfermedad.

Llevaba música puesta en su dispositivo, aunque sólo en un oído, no le gustaba estar aislada del mundo, no poder oír un coche que viniera por detrás, o pensar que un caminante podría cogerla desprevenida, o no oír a su perra ladrar, ciertamente no era una mujer confiada.

Y no era la primera vez que llegaba por alguna ruta en algún camino hasta un animal muerto o la perra ladrando le apercibía de la presencia de cazadores, pescadores o caminantes como ella.

Ese camino se iba estrechando, en algunos tramos las rodaduras de los todo terrenos no eran visibles, tampoco había pisadas, ni quedaban testigos del paso de gente desde hacía mucho tiempo por allí.

Era un lugar por el que no pasaba nadie desde hacía al menos un año. Llegó a un claro, la pendiente era muy pronunciada, ante el claro el camino volvía a bifurcarse, pero no tenía más ganas de seguir subiendo, el camino ahora se volvía mucho mas empinado, eligió el claro.

Entró bordeándolo haciendo fotos a troncos cortados a la altura de un metro, los anillos de los árboles le fascinaban, había en algunas zonas muretes de metro y medio construidos de piedras puestas unas sobre otras y entre medias barro, a medida se acercaba al centro del claro la humedad iba dejando paso a mas flores, menos setillas y los musgos se quedaban en el lado norte que quedaba en la parte alta de la montaña y el claro.

Aunque estaba un poco mas lejos de su casa después de ése primer día aquel lugar fue su favorito, al que fue siempre desde entonces. Parecía que encontraba una flor nueva, un detalle desconocido, algo nuevo para fotografiar, como si ese lugar mutase cada noche para ella con cada amanecer.