Libro de cuero

Caminando aquella mañana por la playa sin un rumbo fijo mirando las olas sin pensar en nada y a la vez haciendo una retrospectiva de una vida vacía y con ecos, algo brillando me ha deslumbrado por su reflejo con el sol, está entre las rocas que hay a mi izquierda, no he podido evitarlo me acerco, me agacho para recoger una libreta, parece de cuero viejo, antiguo mas bien, bruñido, parece muy usada, es ancha y tiene varias cosas incrustadas en el frontal, piedras y talismanes.

En el centro del frontal tiene unos cristales que al coger la libreta se han reubicado, como si fueran un mandala que se recoloca para mi, un puzzle vivo.

Mi mano pareció adaptarse a la libreta o la libreta a mi mano, no lo tengo muy claro, fue algo extraño, simbiótico.

El libro tenía un cierre especial era macizo en apariencia sin embargo apenas mi dedo corazón derecho lo tocó se abrió cediendo como un resorte. Suavemente, pero aun así me hizo dar un salto, y me eché a reír como un niño que se asusta de su propia travesura y un perro le ladra.

Me senté en la arena, estaba caliente y me abrasó el trasero incluso a través de los pantalones, apoyé la espalda contra las piedras que antes la cobijaban, la extraña libreta tenía un cordel también de cuero para señalizar las páginas, haciéndola parecer más antigua aún, los detalles me atrapaban, su belleza era tan rica como sus detalles, así que la he abierto y me he puesto a leer.

¡Es un diario!

La letra redondeada delata que es el diario de una chica. No sé bien de qué época. No tenía fechas. No daba nombres. No mencionaba ciudades ni lugares, por lo tanto era muy difícil ubicar a esta persona en ningún punto ni en el tiempo ni en el espacio.

A medida que iba leyendo me di cuanta que era alguien diferente, que sentía las cosas de forma profunda y especial.

Sus días se sucedían en cascada, idas y venidas de trasiegos sentimentales, vorágines imposibles a los que personas horribles la sometían y ella no era capaz de sobreponerse, aislarse y decir “hasta aquí” para hacer lo que realmente era capital para ella.

Cada renglón que leo me veo más identificada con esa chica que no se cómo se llama, con cada frase que me parece mía, que es cómo si la hubiera pensado y escrito yo, hechas todas ellas a mi medida.

Levanto la mirada porque me cuesta leer, para mi sorpresa el sol se está poniendo, es una puesta de sol preciosa, la franja de colores que veo en el cielo va desde el rojo mas intenso, rojo burdeos, naranjas, salmón, melocotón, amarillos, ocres, lilas, azules, azul claro, azul casi blanco, azul añil, gris, creo que a juzgar por el dolor de mi espalda y el entumecimiento de mi culo he estado absorta leyendo todo el día, sin apenas moverme, a pleno sol.

Era como si el manuscrito me hubiera abducido el cerebro y el cuerpo todo el día, no sentía ni cansancio, ni hambre, ni consciencia de haber estado sentada tantas horas ni de cambiar de posturas.

Sólo recordaba la historia de esa chica con la que tanto me identificaba. Técnicamente el libro no era mío y me encontraba ante la duda de dejarlo dónde lo encontré o llevármelo y seguir leyendo, ya que estaba atrapada entre sus líneas.

Al final opté por llevarlo a casa y entre lo quemada que estaba y seguir leyendo casi no pegué ojo esa noche.

A la mañana siguiente volví a mi lugar favorito a pasear, con la estúpida esperanza de una niña que cree que podrá encontrarse con su súper héroe del libro que lee, ese tipo al que idolatra, cómo si lo conociera.

Caminé reflexionando sobre todo lo que leí, recordando pequeños detalles, miraba las olas y mi perra me traía palos, y jugaba a saltar las olas y ladraba como si jugara con ellas. Pero en un momento ladró en exceso y miré a qué el ladraba, había un montón de gente arremolinada en un punto de la playa y un coche de la policía estaba también allí.

Me acerqué como una curiosa más, otra pueblerina más, lugareña ávida de información como todos, y ante mi sorpresa en el suelo yacía una preciosa muchacha con un extraño color de pelo, estaba muerta, tenía un golpe en la cabeza que hacía que en un lado de la cabeza su color de pelo fuera más oscuro.

Estaba tendida boca arriba pero tras su espalda sobresalía media mochila de cuero mojado, un cuero que aun con el cambio de color que tiene el cuero cuando se moja pude reconocer, era igual que el de la libreta que tenía en casa. Con los mismos dibujos y detalles.

Los guardias empezaron a preguntar inquisitivamente si alguien la conocía, y todos los presentes fueron negando. Finalmente llegaron otras autoridades que pese a llevar años viviendo en el pueblo no supe quien eran, y terminé por irme a la segunda vez que la perra intentó acercarse y un agente me miró mal.

En las noticias no fueron capaces de dar información sobre la chica.

Los días siguientes tampoco.

Las semanas siguientes estuve en las mismas.

Por más que revisara los periódicos el mutismo sobre la muerta era absoluto.

Estuve tentada de ir al cuartel como un millón de veces y presentar la libreta de cuero que ya para entonces me había leído como cinco o seis veces, pero mientras no supiera nada no terminaba de decidirme a dar el paso.

Siempre había escrito, desde jovencita. Incluso había mandado algunos manuscritos a varias editoriales con negativas siempre, lo cual me había quitado las ganas de volver a intentarlo en la última ocasión, hacía ya unos veinte años, y me dediqué a mi triste y monótona carrera de veterinaria de pueblo.

A los tres meses sin noticias de la muerta compré unos folios y con mi vieja máquina Underwood, heredada de mi abuelo Pablo, mecanografié las páginas de aquella libreta, si bien es cierto que por temor a que alguien conociera su contenido cambié algunas cosas, puse algunas ciudades, algunos nombres, algunas fechas, vaya… que le di un poco de ambientación, o quizá sería mas exacto decir que lo mezclé con mi vida.

Lo mandé a una sola editorial, por miedo a que alguien supiera de ella, si lo analizo con la perspectiva de hoy la probabilidad de que eso sucediera era ínfima, pero el miedo es libre.

La editorial me respondió en tres semanas que deseaban mantener una entrevista conmigo en un hotel en la capital de la provincia, desde ese momento todo fue una vorágine. Se ha publicado la decimoquinta edición de la novela y he desenterrado aquellos manuscritos que antaño me rechazaron porque ahora parecen ser platino.

Jamás he contado esto a nadie. Jamás he sabido quien era la chica del pelo color raro. Y jamás nadie encontrará el original de mi primera novela, no soy idiota.