EL ACANTILADO

EL ACANTILADO

Era un pueblecito sencillo, con más vacas que personas, las casas no se acumulaban cerca de la parroquia, sino que estaban dispersas por la cornisa que formaba un acantilado agreste y ventoso en cualquier época del año.

Por el sendero que recorría el acantilado solían pasear tanto los lugareños como los veraneantes y los muchos visitantes de las casas rurales que habían proliferado como setas por la zona.

Allí se acomodó una periodista venida a escritora que compró una casa en la que gustaba de su retiro para invertirlo en escribir las novelas que tanto éxito tenían en el mundanal y ruidoso resto del mundo del cual allí se apartaba.

Encontraron al borde de un camino un libro, tenía señalada una página con un sobre de color negro, con un folio también negro manuscrito en bolígrafo blanco y dentro del pliegue un ramo de florecillas.

Todos sabían de quién era el libro, su letra era inconfundible.

Mil preguntas acosaban las mentes de quienes la conocieron.

Por más que se intentó no se supo más de la escritora que firmaba aquellas líneas.

Ella siempre pensó que nadie la echaría en falta.

Pero se equivocaba, se la buscó por meses, en tierra, en el mar, entre las rocas del acantilado y nadie dio con ella, sus póstumas líneas fueron un legado inteligible, de quien más hizo reír pero quien más ayuda necesitaba y nunca hizo a nadie participe de sus necesidades.