FRASCO DE LOS MIEDOS

Se decía que podía abrir el frasco en el que durante años había ido acumulando los miedos.

Miedos que le corroían el alma y le devoraban la vida.

Así qué una buena mañana salió de casa, con su bote abarrotado de malas experiencias que le habían traído todo tipo de seres.

Lo agarraba bien fuerte, con ambas manos, salió por el camino que solía tomar los domingos y después de un largo rato caminando llegó a la playa en que los pies se tornaban negros.

Respiró hondo y con los dedos blancos de tanto apretar aquel bote y giró la tapa y sus miedos, que cada uno tenía una horrible forma, un gusano, una boa, una mosca, una araña, una cucaracha, salieron todos volando al transformarse en negros y brillantes cuervos.

Cuervos chillones que tronaron sus oídos con sus horribles graznidos, unos chillidos siempre pares.

Al desaparecer el último negro pájaro de mal agüero pareció que ella se tornara más liviana, más ligera. Más ella. Más como siempre había soñado que sería, como se veía en el espejo