VIENDO EL TIEMPO PASAR
VIENDO EL TIEMPO PASAR
Martina se paró al borde de aquella verja y si quedó embobada mirando las gallinas picotear el suelo, era de tierra con césped, estaban afanadas en comer algo que ella no veía pero era irresistible para ellas, comían compulsivamente.
Estuvo unos minutos apoyada allí, sólo mirando, sus plumas, los vaivenes de los colgajos ir y venir al son de los picoteos, los reflejos del sol en las plumas hacían que los colores tuvieran miles de matices.
Los ojos de las gallinas le parecían muy extraños sin mirar a nada parecían darlo todo. Sus cuellos que mecánicamente subían y bajaban arriba únicamente llevaban un baile atípico sin ton y sin son.
Para Martina era un día de descanso en aquel lluvioso otoño, y como brillaba el sol con descaro calentaba incluso para ser noviembre. Aun olía a tierra mojada por las lluvias de días anteriores.
Estando así apoyada percibido por el rabillo del ojo un movimiento, era un señor algo mayor sentado al fondo de aquel cobertizo, sólo eso, sentado.
Ella dijo: “Hola”
El respondió con un pequeño gesto de la cabeza.
Largo rato cruzaron miradas de hito en hito hasta que el silencio a Martina le pesó como una losa encima y entonces preguntó:

  • ¿Bueno y que hace por aquí?

Entonces al paisano se le llenaron los ojos de lágrimas copiosamente y le respondió:

  • Simplemente veo el tiempo pasar, nada más.

Martina si bien no esperaba una respuesta así le comprendía perfectamente asintió y decidió seguir con su paseo aprovechar ese excepcional día de sol.
Camino carretera abajo pensando en esas palabras “simplemente veo el tiempo pasar” y llegó a la triste conclusión de que al fin de cuentas ella hacía lo mismo, todos hacemos lo mismo, vemos el tiempo pasar.