LA INDIFERENCIA MATA
 

LA INDIFERENCIA MATA

Murió de indiferencia.

Nadie le hacía caso.

Su madre le abandonó.

Su padre también le abandonó y cuando volvió a por él nunca le hizo caso. Tras volver a por él e incluirle en una familia en la que no cuadraba le trataba como un accesorio innecesario, algo así como un elemento de decoración, más bien como un mal necesario por el qué dirán que un hijo al que amar como padre e hijo que eran.

Sus hermanos eran una piña, pero entre ellos, no formaban piña con él, de hecho le excluían a propósito.

Y jamás supo lo que era el amor.

Nadie le prestaba atención, simplemente, en ningún sentido.

Los amigos fueron avanzando en sus vidas, se casaron, tuvieron hijos y también le dieron de lado por sus propias vidas.

El único que no tenía vida era él.

Un día apareció muerto en un banco de una céntrica plaza de una ciudad y no lo reclamó nadie. Nadie supo que mientras moría lo único que pudo contemplar aquella noche de luna llena nublada era aquel reloj averiado sin agujas que no marcaba las horas, como si de la paradoja de su propia vida se tratara.

Nadie lo echó en falta.

El eterno naufrago.

Siempre aferrado a sus movidas, y a sus malos pensamientos, en los cuales nadie le hacía caso, quizá lograse acercarse a algún grupo de gente pero sólo era temporal, en poco tiempo todos veían su forma de ser y se giraban.

Haciéndole otra vez el vacío.

Y otra vez se veía sumido en su eterna espiral de odio.

Tenía ya muchas espirales, demasiadas ya para su edad, apenas tenía cuarenta años y tenía tanta gente a la que odiar que parecía más una empresa multinacional con su larga lista de morosos que un chico, u hombre en la plenitud de la vida.

Era un tipo que vivía odiando, lleno de rencores y dudas, cuando debía ser un chico con alguien a su lado y lleno de vida.

Debería haber aprovechado las oportunidades que se le habían presentado a lo largo de los años, haber cogido aquella felicidad que pasara por su lado de la mano y haber sido feliz, haber reído, haber visto cada amanecer, y cada puesta de sol, haber degustado cada comida, haber paladeado cada café, y disfrutado cada sonrisa y cada caricia, pero en lugar de eso se embarró en su miseria recordando los detalles de la niñez, la pubertad, y una juventud que pudo ser y no fue sin mirar al futuro.

Murió en aquella plaza, solo y nadie lo supo. Nadie lo echaba en falta y nadie lo pudo identificar porque no pudo

Aquellas batallas, que sólo estaban en su mente, le habían llevado a cometer al principio faltas de respeto que después se habían convertido en atrocidades después, actos que familiares como amistades en un primer momento podían pasar por alto, en un segundo lugar podían excusar, después perdonar, pero que después no toleraron y finalmente no consintieron y algunos terminaron por apartarle de sus vidas, con toda razón.

Murió de desapego, de olvido, de desamor, de abandono, de soledad, de indiferencia, y del frío que todas estas cosas que no existían le provocaron a su negro corazón la muerte.