EL BUZON
EL BUZON

Hacía tiempo que estaban en crisis y establecieron un juego, uno que no era tal, ni mucho menos, pero les valía para ir estudiando sus formas, sus porqués, sus fallos, lo que les pesaba del otro y lo que les motivaba para potenciarlo.

Al principio usaron esas notas que se pegan, esas de oficina, los «post it» pero  Raúl dejó de ponerlas en el espejo para mandárselas a su mujer por correo postal, con un encabezado que decía mas o menos así:

Aquí va la foto de una carta con dibujos al margen, que explica que como el buzón ya sólo vale para facturas, lo que equivale a malas noticias, pagos y rutinas, cosas que engullen el amor, el día a día que se come la ilusión, y los quehaceres del trabajo y la casa los arrastraban al cansancio, le proponía hacer cosas diferentes.

Te propongo que nos mandemos cartas con la periodicidad que tú elijas y nos contemos eso que el día a día no nos deja contarnos.

Andrea abrió aquel sobre, escrito a mano, que no era de un banco, ni de un proveedor de servicios, extrañada y curiosa.

Cuando lo leyó tuvo la tentación de ir directa a por Raúl y pedirle explicaciones, pero lo pensó medio minuto más y con la cara sonriente se subió al estudio y cogió un folio y siguió las instrucciones de su marido.

Al día siguiente de camino al trabajo echó la carta al buzón, que obtuvo respuesta en tres días.

Mas o menos esa fue el ritmo con el que llegarían las cartas.

Hicieron del buzón un nido de ilusión, como a los 16, que cuando sus padres les separaban por las vacaciones y les  mandaban a cada uno a una provincia era ese su medio de comunicación, ya que era inimaginable un móvil hace 30 años, ni poderse llamar.

Y el buzón funcionó.

Ahora, tantos años después quedaban  absorbidos por los atascos, las jornadas laborales de jornadas partidas e infinitas, la casa, los niños, y tantas otras cosas.

El espacio mutuo que deseaban dejarse por respeto. Las actividades que realizaban a su gusto cada uno, y que no compartían,  deportivas o de otro tipo.

A fin de cuentas era poco el tiempo que les quedaba para compartir juntos y antes de los «post it» ni si quiera era de calidad.

Desde que ella leyera esa primera carta descubrió un hombre que había olvidado,  el chico con el que se cruzaba en los pasillos del instituto, con el que coqueteó en cada recreo, con el que compartió horas de biblioteca universitaria, con quien solía bailar y reír, emborracharse, y ser amiga, confidente, compañera, ese del cual se había enamorado a lo largo de la edad del pavo y su juventud, se habían descubierto el uno al otro en mil y un sentidos, como estudiantes, hombre, mujer, amantes, y cada faceta que la vida les había puesto por delante  y todo eso se lo había ido llevando la rutina de la propia vida por delante hasta que vio esa carta.

Los dibujos nerviosos de los márgenes.

La letra  que reconocería entre mil.

Como a él.

Tras esas cartas estuvieron más unidos que antes, que nunca, que siempre.