INCONDICIONAL

INCONDICIONAL

Él le dijo gritando:

– ¡¡Tú no quieres a nadie!! Nunca has querido a tus hijos, ni a tu marido, ni a tu familia, ni a nadie… ¡Nunca has amado, zorra, no eres más que una puta!

Levantó la mano y le dio una tremenda bofetada, tal que ella cayó entre el armario, la cama y la mesilla tirando la lámpara, ella quedó allí mirándole desde abajo.

La mirada de él era fría, la miraba desde arriba con desdén, como no podía ser de otra manera tal como era él, una mirada fría como el color de sus ojos. Gélida como el agua de un lago helado en pleno solsticio de invierno y contaminante como si respirases gas, tan contaminada como su mente del tipo pervertido que era.

Esa pobre chica que se pasaba más tiempo llorando, que sonriendo, que se pasaba los veranos con manga larga en lugar de en la cercana playa, que se pasaba más tiempo en urgencias que entre los brazos de quien tanto decía amarla, en algún momento decidió que ya no quería más golpes, insultos, ni humillaciones y voló lejos de aquellas horribles cosas.

Con el tiempo ella logró descifrar esas palabras, en realidad no le hablaba a ella, sino que hablaba de sí mismo.

Aunque la mirase a ella a la cara en realidad era como si él se mirase a un espejo, contemplándose en el reflejo de los ojos de ella y se hablase a sí mismo.

Él era un ser incapaz de querer, incapaz de amar, cuando vio cómo ella le amaba la acusaba de lo que en realidad era él.

Sólo se quería a sí mismo.

Era un tipo egoísta.

Y jamás amó a nadie.

Tanto era así que cada vez que veía el amor huía de forma desesperado no fuera que le rozara, y si alguien le amaba corría como alma que llevara el diablo, incluso huyó del amor mas incondicional y sincero, el de su hija a la que abandonó antes de que supiera articular cinco palabras seguidas.

Así era él.

Un tío egoísta.

Disfrutaba viéndola sufrir, viéndola hundirse, sólo porque no era capaz de darse como ella se daba, de amar incondicionalmente, enfrentando cualquier cosa y a cualquiera por sus creencias y sentimientos.