LAGRIMAS DE NAYADE

LÁGRIMAS DE NÁYADE

Lágrimas de Náyade vertidas por el hijo natural de una mujer, una que era mala desde el día que concibió a aquel niño que le partió según su desvirtuada visión a aquel niño que le partió la vida y al que por ende odiaría para siempre, pero como estaba mal visto que una madre odiara a su hijo, aunque éste fuera fruto de una violacio o de una fortuita relación de verano lo que ella hacía era dificultarle la vida tanto como podía, poniéndole tantas trabas como zancadillas a cada paso al pobre muchacho que no sabía con quién había crecido ni de dónde había salido en realidad.

Aquella mujer pretendía ser bruja pero todo Coven la desdeñaba por su sucia alma, y sus malas artes, prácticas corruptas que no buscaban otra cosa que hundir tanto directa como indirectamente al hombre que antaño fuera un niño que le impidió seguir siendo una chavala y seguir siendo una estudiante que fuera a los bailes de verano y hacer lo mismo que sus compañeras de clase.

En lugar de eso tuvo que enfrentarse a los qué haceres de una mujer siendo una niña de quince años por ese niño al que maldecía cada día.

Quería más que nada esas lágrimas para hundir a la Náyade de la que su hijo se había enamorado y por la que él era feliz, pero la pobre inculta no sabía que la Náyade habitaba lejos de ella en todos los sentidos, pues el amor las hace libres.

Su hijo por azar del destino se había tropezado con la Náyade, como había pasado en vidas pasadas y se habían enamorado por completo el uno del otro de forma incondicional, y cuanto más luchaban quienes les rodeaban para separarlos más inseparables se hacían, como en vidas anteriores ya había sucedido.

Aquel hijo maldito por decreto del coven, pues hijos naturales todos somos a los ojos de La Madre, habría de pagar por cada lágrima por la Náyade vertida a causa de aquella maldad que corrompía a una madre que renegaba por dentro de su hijo pero nunca de cara a la galería pues estaría mal visto.

Fue maldito por las acciones de aquella chica de un mal barrio convertida en una mujer que se había enrarecido al paso de los años, y que llevaba a cabo las mismas malas artes que había aprendido de su madre y abuela del niño, quien decía ser meiga y presumía de ser grande echando mal de ojo.

Intentó con todas sus fuerzas envenenar el alma debil de su hijo, con su propia corrosión, con palabras envenenadas, con el odio que llevaba reteniendo desde que lo concibió para arrancarle el amor que sentía por la Náyade, la primera vez no lo logró, ni las siguientes, y mientras la Náyade le apercibía del juego sucio de su propia madre y del odio que ésta en secreto le profesaba, él lentamente fue cayendo en sus manejos, por raíces, por recuerdos que le unían a su madre con la inocencia del que fuera un niño que creía en el que debía haber sido un amor limpio y puro de una madre; al final la madre devoró son sumo gusto el poco valor del hijo y él volvió a ser un niño pusilánime en manos de quien lo podía manejar a voluntad.

Al principio la Náyade luchó por el hombre que amaba con todas sus fuerzas contra todo y contra todos, pero llegó un punto en el que se apartó para tener una vista más periférica de la contienda y fue así como se percató de que su pretendido hombre no era más que un niño en manos de su madre y otros familiares que le mangoneaban a su antojo y él seguía las órdenes de todos por contradictorias que fueran.

Era como ver a un niño de seis años al que la abuela mandaba despertar a la madre y el abuelo le decía que no o le zurraría, y el padre le pedía que lo hiciera entrando a hurtadillas en la habitación y le hiciera cosquillas, y su tío le decía que si no la despertaba su madre le daría una tunda, al final el niño miraba a sus mayores desde abajo y se sentaba abatido en el suelo llorando e hipando sin saber qué hacer pues todos le daban instrucciones contradictorias y bloqueaban su libre albedrío, haciendo de él un niño indeciso, pusilánime, incapaz de tomar decisiones y fácil de manejar.

Viendo este plano de la situación la Náyade trazó su propio plan para no estar en esa batalla, eliminándose a sí misma de esa guerra no habría guerra en la que pudiera salir herida o aun peor, rota de por vida.

Si a aquel niño que creyó hombre no le valía luchar a ella tampoco, si él no veía los valores, ni los principios, aun cuando no los había recibido desde pequeño, pero ella se los intentaba imprimir tanto como demostrar, a ella tampoco.

Una bruja no es alguien que desea el mal, sino es un alma blanca que promulga el bien.

Cuando el Coven vio como el corazón puro de la Náyade se replegaba durante muchas vidas por la pérdida de aquel amor, rota, dolida para una eternidad o dos quizás decidieron que aquella mujer desterrada sólo tendría una visión desde el día del decreto, el sufrimiento de todos aquellos a quienes amaba.

Así es el Karma

Todo se paga