EL TROVADOR

EL TROVADOR

Érase una vez un trovador, que mas bien era un cuentista, que cayó enamorado de una cortesana de la corte real, y viendo que no pudo enamorar a la bella dama, se dedicó a difamarla en toda la corte, y allá donde su torpes cuentos eran oídos y escuchados.

Viendo que la señora no era alcanzable para alguien de su baja ralea decidió calumniarla tanto como pudo.

Escaló puestos como contador de historias, bufón, más bien, y entretenedor de otros que no sabían cómo pasar sus ratos, hasta que una noche aburrida la reina posó la mirada en él, éste tipejo tenía cierto atractivo, bonitos ojos, pero torcida boca que le afeaba la cara, y tras contar ciertas historias la reina fijó su mirada en él, por gracioso, y porque sabía hacer juegos de manos, su linda mirada llamó la atención de la aburrida soberana, y delante de otras damas, ayudantes de cámara, aunque no era justo como él quería.

Y ya en los aposentos de la dama de mas alta cama, el trovador cuentista fingió estar enamorado o embelesado de la reina, y cuando estaba cerca de ella le contó la historia, en realidad esa era su pretensión.

Con sus guardias y doncellas le contó que aquella cortesana gustaba de seguir al rey y meterse en su cama, disfrazada de cualquier cosa, pastorcilla, panadera, lavandera, monja, cocinera, meseras, la reina encolerizó y al volver el rey tuvieron la más sonada bronca habida bronca habida en todo el reino.

El rey se sabía inocente.

Pero también se sabía que había habido una relación con quien se mencionaba en esas acusaciones.

La reina marchó de palacio y no quiso saber más del rey, en aquellos tiempos no había divorcios.

La cortesana hacía tiempo que se había casado con un marqués y tuvieron una niña regordeta, la llamaron Veria.

La reina tras mucho tiempo coincidió con esa cortesana, que se había apartado del rey, quien no era digno de ella, por sus motivos, sólo ella los juzgaba.

Y hablaron largo y tendido entre plato y plato.

A escondidas de miradas indiscretas, que luego pudieran mal interpretar lo que oyeran, y lo fueran contando, se contaron lo que sabían la una de otra, y la realidad,  y lo que el maldito trovador, o mas bien contador de historias les había dicho, porque una cosa era la realidad, y otra cosa era la historia contada por alguien mal intencionado, aclarando así los posibles malos entendidos y estableciendo las bases para una buena amistad, una duradera.

Ni cortesana, ni posible meretriz, ni reina, ni nada, allí estaban sólo dos mujeres que eran posiblemente dos amigas.

Dos mujeres traicionadas por los comentarios de un simple bastardo que había sido, o más bien había pretendido ser un amante de ambas. Un bastardo sacando partido de las dos.

Ambas dos eran felices sin esos comentarios.

Ambas dos eran felices sin esos problemas.

Ambas dos eran felices sin trovador, sin habladurías.

A veces es mejor es mejor un marqués que un contador de historias y un rey que no es tal.

Tras aclarar las historias de ambas habían reído y habían llegado a la triste pero a la par graciosa conclusión, de que aquel triste serecillo no había hecho más que intentar llamar la atención de quien no podía alcanzar.

Y no quedaba más que en una mera anécdota, porque aparte de unos ojos bonitos y algún otro atributo era un ser mediocre y oscuro que no alcanzaba a nada más y estaba siempre viajando pues al poco de llegar a un nuevo destino quienes le trataban solían descubrirle en fechorías y malas artes viéndose obligado a marcharse de nuevo.