ULTIMO BILLETE

ULTIMO BILLETE

Compró el último billete a la estación «Felicidad» cuando vio esos rombos de un jersey pasado de moda coronados de gomina que enmarcaban la cara de un tipo roto por dentro y disfrazado de buen señorito sureño.

El billete se mojó

El tren se rompió

Hasta los cristales resultaron rotos por niños envidiosos de los lugares que recorrería ese tren y más envidiosos aún de su destino final, arrojaron todas las piedras que había en los aledaños de las vías.

Y una estúpida tormenta separó las vías de ese tren.

El disfrazado y la idiota que lo amó por encima de sí misma, bajaron entre la confusión cada uno por un lado del tren

Ella quiso ayudarle a subir, confiando en que las huellas de las vías les llevarían aunque fuera algo mas tarde a aquel destino llamado «Felicidad» pero él dudó. Sólo podía mirar atrás. Moría por mirar a cada minuto hacia atrás alegando padecer el “mal de morriña” y un poco de melancolía, que en realidad no era un poco sino un mucho, o más bien a toneladas.

Y ella vio que no podía ayudar a quien no enfrentara el pasado para llegar al futuro.

Quizá ese futuro lo mató él al dudar.

Ella simplemente se replegó a su estación de antes de las cosquillas a vivir como una ameba.

Pero las amebas… ¿Lloran? ¿Sufren?

Todos los seres vivos sufren, y todos evolucionan y sino te invito a volver a tu infancia y recordar el cuento aquel del patito feo que se convirtió en el cisne más bello del estanque.

Esa ameba ha evolucionado, ha tenido la evolución de miles de años en un tiempo record y tras la peor tormenta pasada en el peor descarrilamiento, las piedras, los niños, las envidias, la morriña, la melancolía, las dudas, el pesado pasado y un posible futuro muerto ha sabido vivir con un estado de reposo como hace el gusano en el capullo de seda para después salir convertido en algo absolutamente diferente que en nada nos recuerda a la forma anterior y que nos causa incluso cierta repugnancia.

Ahora vive como una mariposa, bella, libre, admirada, que va y viene donde quiere, que desde las alturas contempla la belleza de un mundo del que disfruta en toda su esencia, se posa donde quiere el tiempo que le apetece y necesita.