EL VENDEDOR 
Aquel chaval no quiso estudiar aunque era listo como para haber estudiado varias cosas.
Y cuando la mayor crisis económica del mundo empezó a hacer que los empleados de las empresas cayeran a las listas de las estadísticas del paro él tuvo que buscar trabajo de lo que saliera.
Su fuerte siempre estuvo en la verborrea que le salía por la boca, tenía la capacidad para conseguir convencer a cualquiera de lo contrario que quisieran.
Era un vendedor nato.
Además ese puesto de trabajo vendiendo todo tipo de accesorios para el hogar de puerta en puerta le permitía estar fuera de casa y olvidarse de su vida y de su casa donde su mujer no paraba de hablar del niño, los gastos, su familia y que le trataban mal y un montón de cosas que a él le parecían chorradas.
En cada pueblo encontraba unas cuantas mamás a las que enseñar sus productos y algunas se encontraban solas, se sentían solas, sus maridos iban a trabajar y volvían para cenar, olvidándose de ellas.
Una de esas mujeres le llamó la atención por su forma de caminar, había aparcado su lujoso coche en el parking de aquella urbanización y al bajarse sus mallas deportivas dejaron a la vista unas redondas curvas muy generosas, el escote de la camiseta no le dejaba pasar la oportunidad y la paró.
«Perdona, ¿sabes cómo se llega a Aelon?»
«No, lo siento. Me he mudado hace poco».
«Y sabes quién es Doña Francisca».
«No».
Dijo ella incomoda. ¿Este tío es imbécil? Si le dices a alguien que te acabas de mudar implica que no conoces a los vecinos.
«Tal como te dije me acabo de mudar».
Entonces comenzó a ladrar y gimotear un bello ejemplar de Terranova desde la valla de uno de los chalets de la urbanización y aquella mujer alta y rubia cargada con su bolso, una mochila y un maletín hizo un gesto y el inmenso perro cesó inmediatamente.
El vendedor abrió los ojos más que el búho más grande de todos.
Nunca vio algo así.
Era más o menos medio día y ya habían salido los niños de clase, oyó la cancela del jardín abrirse y un niño de pelo muy rubio y largo se acercaba con el monumental perro, le dijo algo a la mujer que él no fue capaz de entender, era un idioma que no había oído antes.
El perro debía pesar 70 kilos y era más alto que el crío y sin embargo el niño parecía llevarlo sin esfuerzo.
A una orden del niño se sentó y Richi, así se llamaba el vendedor, se quedó estupefacto mirando el control.
«Yo bajaría a la gasolinera allí seguro que te pueden orientar».
Ella sonrió y se abrazó a su hijo y agitó el negro pelo del lomo del perrazo que movió la cola feliz.
Se alejaron y él se quedó mirando el baile de sus caderas imaginando cómo sería esa mujer.
Al día siguiente ella encontró en su escobilla del limpia parabrisas una nota que decía 
El pobre Richi no sabía quién era aquella persona.
En menos de dos horas tenía su dirección, vida laboral, análisis grafológico, su número de pie y cualquier otro dato que le pareciera relevante.
Le llamó, por descontado que le llamó. Si había algo que se le daba bien a aquella mujer era interpretar el papel de chica tonta, y tras hacerse pasar por una cliente luego se auto desenmascaró entre risas y quedaron.
Lo que en realidad estaba haciendo era que su adiestrado perro lo señalizara.
Tras una estúpida charla él intentó besarla y ella le rehuyó, lo cual le sentó muy mal y lo volvió a intentar con más fuerza. 
Entonces le dijo lo que sabía de él, que era un ser absolutamente independiente que no quería ser parte de la unidad, que lo que más le importaba era el animal que había comprado hacía casi diez años y su BMW, pero no su mujer, con quien no estaba casado, ni siquiera el niño del que dudaba ser el padre, y se había gastado dos mil euros en una prueba genética para saber si era el padre.
La cara de Richi pasó del blanco por la incredulidad al rojo por la ira.
Y con una calma que le costó una infinidad controlar le preguntó 
¿Tú quién eres? ¿De dónde has sacado toda esa información? 
Será mejor que nunca vuelvas a dejar una nota en el coche de nadie, porque no sabes quién es la otra persona.
Él dio un paso con intención de agarrar a aquella mujer que le estaba haciendo perder los nervios.
Entonces ella se giró y le hizo un gesto imperceptible al mastodonte que tenía por mascota y el perro sentado en todo momento frente a la visita marcándole sin que él fuera consciente de ello sonrió en una muestra de dientes que le recordaron a Richi que si se ponía a prueba a un bicho de 70 kilos en su terreno iba a perder.
Retrocediendo más calmado volvió a preguntar de dónde había sacado ella todos aquellos datos de su vida.
No obtuvo respuesta.
Pero a la que la mujer se giró para invitarle a salir de la casa vio un arma bajo su axila.
Había cometido un error y grande.