Phillip

Son las siete de la mañana y suena el teléfono fijo de casa, me pesan las pestañas, me cuesta despertarme y salir de la cama, pero salgo, llego al salón y descuelgo el auricular.

– ¿Diga?

– Hello, may I speak with Mr. Martin please?

– Well I’m sorry where are you ringing to? Because I think you missunderstood the numer Sir.

Esa fue mi primera conversación con Phillip, había marcado mal un número y la casualidad le hizo marcar uno de los pocos números donde le podrían atender en un inglés fluido de todo Madrid.

Me preguntó a qué número había llamado, el muy pillo, debió apuntárselo y desde entonces me llamaba cada semana sólo para preguntarme cosa triviales, poco a poco la relación de amistad se iba estrechando, en los años ochenta no existían los correos electrónicos, existían los buzones, ya sabes, esas cosas hoy obsoletas de color amarillas que sirven para depositar tus cartas, como las que mandabas a Santa Klaus o los Reyes Magos.

Y desde luego ninguno de los dos nos molestamos en preguntarnos nuestras direcciones para cartearnos o mandarnos una fotografía, desde luego a mí no me picaba la curiosidad por saber qué aspecto tendría la cara de la voz del otro lado del hilo telefónico, es más, ni siquiera tenía su número de teléfono pues mi teléfono no tenía una pantalla que identificara su número.

Resultó que él era comercial de bebidas alcohólicas y espirituosos, se dedicaba a comprar bebidas en España que llevaba a su Inglaterra natal, por este motivo viajaba a nuestro país unas seis veces al año para asegurarse de tener suficiente suministro, pues de todos es sabido que los ingleses beben tremendas cantidades de alcohol.

Varias semanas después de su primera llamada Phillip cambió el día habitual de sus llamadas y llamó dos días antes y me contó que esa misma tarde estaría en Madrid, que si me apetecía tomaríamos el té o un buen vino de Ribera del Duero.

Aquello me pilló desprevenida aun así acepté y después de salir de clase me preparé y fui al lugar donde nos habíamos citado, resultó ser un típico caballero inglés de aspecto algo desgarbado, desaliñado y con cierto encanto, tremendamente educado y con un fino sentido del humor que me encantó a medida que pasaban las horas.

Pasamos del té en la cafetería de un lujoso hotel al Ribera del Duero en un restaurante, y finalmente al gin tonic en un pub en mi barrio donde conoció a buena parte de mis amigos y quedó deslumbrado, según me dijo por la imagen de la voz del teléfono.

Phillip sigue siendo hoy uno de mis grandes amigos, y aunque ya no vivo en Madrid, y no nos vemos muy a menudo, las redes sociales, los correos electrónicos y todo lo moderno nos acercan a quienes tenemos lejos, y todo por un número equivocado en una llamada de teléfono a la que los dos daremos siempre las gracias.