Tomando distancia

Belén era una trabajadora eficaz, ordenada y puntual, muy valorada en su trabajo.

Aunque en el último año su efectividad había bajado y además había solicitado un traslado que insistió en que se mantuviera en la mas estricta privacidad, fue después de romper con aquel ser malvado que casi la rompió por dentro como por fuera, empezó a empacar todas sus pertenencias y según sus creencias desde fuera hacia la puerta de la casa, desmontó muebles, preparó enseres, y en cada cosa que iba guardando se aseguraba que él no hubiera tocado nada de lo que guardaba.

Habiendo sido una relación muy corta, apenas unos meses, tampoco era mucho lo que se había implicado con él, pero había sido una relación muy tormentosa.

Para tomar distancia de él cada día tiraba algo suyo, le daba buen resultado, en unas pocas semanas había tirado todos sus regalos y estaban a saber dónde, en cualquier vertedero, y aprovechando unos ingresos extras cambió su armario para que cualquier prenda tocada por él ya no volviera a tocar su piel.

Le detestaba por lo que representaba, pero no le odiaba, sus acciones eran terribles y sólo quería olvidar y para eso necesitaba pasar página y comenzar un libro nuevo en la sala de una biblioteca a inaugurar.

Cuando aquel viernes a media mañana la llamó su jefe y le dijo que pasara al despacho, se sentó nerviosa en una de las dos sillas frente a Don Ismael y aquel hombre que rondaría los sesenta pero no los aparentaba se sentó en la esquina de la mesa le ofreció la mano y le dijo que desconocía los motivos por los cuales había solicitado aquel traslado tan precipitado, pero que lo aceptaba y que ya tenía toda la documentación firmada y en dos semanas podría irse y su pecho se hinchó para tomar aire y dejarlo escapar por la boca aliviada, soltó la sudorosa mano de su jefe, quien jamás se había conducido de otra forma que no fuera de un modo paternal y le dijo que quería las dos próximas semanas de vacaciones para encontrar piso y hacer la mudanza a más de quinientos kilómetros.

Habiéndolo llevado en la más estricto secretismo al salir de la oficina a las tres, como cada viernes, se paró para despedirse de la compañera con la que más trataba y le dijo que se iba de vacaciones, sin más. Su compañera se quedó muy sorprendida pues el cuadrante era gestionado desde Recursos Humanos.

Desde aquel momento tenía dos semanas para una carrera contra reloj que desde luego pensaba ganar, en la batalla de su vida nadie más que ella tenía las riendas y no él.

Dos semanas después se incorporaba a su nueva vida, a su nuevo puesto de trabajo, su casa ya estaba perfectamente amueblada y decorada, su vida volvió a ser la de una persona efectiva y aquel torturador no hizo otra cosa que dar vueltas para intentar localizarla, sin resultados.