OTOÑO

Aquel cálido otoño se le estaba haciendo más largo que el anterior, quizá porque hacía ya mucho tiempo que no se veían, porque notaba demasiado su ausencia, porque el hueco de su presencia era cada día más patente pero no sabía cómo hacérselo saber porque la grieta entre los dos era ya insalvable.

Inevitablemente tenía que pasar por aquel parque y siempre se quedaba contemplando el mismo banco cada vez que entraba o salía de su casa que estaba algo alejada del mundanal ruido del centro de la ciudad, y su mente se quedaba colgada en el banco cada mañana y cada tarde recordando los momentos que habían pasado juntos paseando por aquellos parajes.

Recordaba su pasión por la fotografía, recordaba su alegría que le daba la vida, recordaba su risa que tanto aliento le daba aun en el peor día, recordaba su forma de correr entre las hojas disfrutando como sólo los niños podían hacerlo, pateándolas como si fueran charcos, moviéndolas con las botas para hacer letras en el césped y formar sus nombres en el suelo.

Recordaba cada detalle de aquella persona con la que ya no podría contar más porque las medias verdades que le contó no eran otra cosa que grandes mentiras para ella, y los detalles eran importantes, eran improntas que le había imprimido en el alma hasta dejarle tatuada la traición, eran como si cada una de las mentiras contadas y traiciones sufridas hubieran mojado  las escamas de las alas de aquella mariposa que era esa mujer que él veía como especial y no supo apreciar.

La había sustituido por otras mujeres pero ninguna llenaba su vacío.

Se cansaba de buscarla entre las gentes por las calles y no hallarla, se cansaba de pasar las noches en vela viendo fotografías de algunos viajes que hicieron juntos y momentos maravillosos vividos juntos o de intentar localizarla en alguna red social y a través de algún amigo del pasado, pero nada daba un resultado positivo para él, nada que le supusiera una satisfacción o le llevara a los brazos de la mujer que anhelaba.

La desesperación aumentaba cada vez que su mirada se posaba en aquel banco y los recuerdos le empañaban la mirada que se iba inexorablemente al pasado.

Cada hoja de aquel otoño le recordaba que iba a ser un largo invierno, una estación en la que iba a morir lentamente por dentro por cada fallo cometido por cabezota, por insensible, por despistado, por pusilánime, por no querer darse cuenta de cuánto se le había cuidado y no valorarlo. Un invierno del que no iba a salir indemne.