LA MALETA

Él preguntó qué era lo que más extrañaba de su última pareja.

Ella se quedó un rato revisando mentalmente las supuestas virtudes de aquel hombre, en su fuero interno hubo de reconocerse que ni tantas virtudes tenía ni tan hombre resultó después del tiempo, no era más que un pusilánime señorito,  un niño al que no se le permitió crecer.

Por más que rebuscó no halló nada que extrañara de él y que pudiera responder a su interlocutor saciando aquella malsana curiosidad que a la larga les habría traído más problemas que ventajas.

Pero si así se lo decía bien podría sonar a que le quisiera bailar el agua, comer la oreja, decirle lo que él esperase oír y nada más lejos de la realidad sin embargo.

Era simplemente que no le echaba de menos, no extrañaba sus acciones, sus manías, aquellas formas suyas de hacer las cosas.

Esas que por otro lado todos tenemos. Manías, formas, maneras, costumbres cotidianas que se dan en cada casa como la manera en que doblamos las toallas, ordenamos el armario, o cualquier otro ejemplo que puedas trasladar a ti mismo.

No se paraba en pensar en los buenos momentos como no se paraba en anclarse a los malos momentos; porque estaba muy ocupada en vivir y exprimir la vida segundo a segundo.

Y en su cabeza lo razonó lo mejor que pudo pasándolo al verbo con el que se lo intentó trasmitir a él.

  • Mira cariño, no extraño nada de mi ex porque era más tal o más cual que tú, pero era menos persona, era corto de miras, de corazón negro y pequeño, de horizontes estrechos, de mente pequeña y rencores grandes y con otras cosas que tuviera grandes sólo hacía que dañar, como aquella lengua con la que  tanto me alababa por delante pero a la par me mentía. Todo lo que tú tienes lo tienes en la justa medida para mí, para que seamos felices, un corazón grande, unos ojos preciosos que dicen lo transparente que son tus sentimientos por mí y lo bella que es tu alma, unas manos trabajadoras, una mente clara no una perversa que sólo piensa en traiciones y maldades.

El interlocutor lejos de lo que ella esperaba quedó tranquilo, al menos en apariencia,  y jamás quedaron dudas sobre lo que ella echara de menos de aquel hombre.

Y es que a veces nos hace falta que alguien nos haga la pregunta idónea y necesitamos oírnos responder para cerciorarnos en nuestro fuero interno de que el pasado ya ha pasado al pasado, su lugar.

La vida es como una maleta en la que debemos hacer hueco de vez en cuando, no podemos cargar siempre con las mismas cosas, con viejos amores, los mismos rencores, aquellos temores, porque entonces no nos entran las cosas nuevas que la vida nos puede ofrecer, la maleta eres tú, soy yo, es él, es ella, la maleta no cambia, cambia el interior, es rica, es maravillosa, sólo cada uno puede decidir lo fantástica y estupenda que es y que puede llegar a ser o cuánto la enriquecemos con quien nos acompaña en el viaje, los paisajes que decidimos ver o no ver.

A veces en la maleta no hay que meter sueños sino metas y apostar por ellas a ganador.

Pero si un día decides dejar el pasado en el pasado quizá sea mejor que esté atrás así: Sin rencores, sin ruido, sin más.