MARTINA

Lola había sido una tía de las que llevaban una vida disoluta, copas, fiestas, farra, había sido Dj, y bastante reconocida en su micromundo, a ratos doblaba una película, o hacía una cuña en la radio.

Siempre activa, nunca quieta, sin duda mujer inquieta.

Y como siempre iba a todos lados muy deprisa, la vida era poco para Lola, y ahí en una vía rápida se dejó la vida, se quedó su cuerpo hecho un guiñapo, pero de cara estaba muy bien.

La noticia corrió como la pólvora entre sus amigos de la noche, aplicaciones y redes sociales fueron los aliados de esta noticia, y unos se lo fueron contando a los otros, se reunieron todos para darle el último adiós.

Lola era alguien especial, querida, amada, o por el contrario envidiada y odiada, eso sí, indiferente a nadie dejaba. Era la Lola, la eterna Lolita del barrio, de su mundo.

O te caía bien nada mas conocerla, o la tenías atravesada para toda la vida, que a ella bien eso le importaba tres cominos, seguía saludándote como si fueras su mejor amigo o amiga pasando de tus sentimientos y de tus caretos, porque ella bien estaba por encima de sentimientos negativos y ese tipo de cosas, ante todo era una señora y una diva, del barrio, pero una diva.

Cuando la familia se presentó en el lugar los mas allegados a Lola hicieron piña y les plantaron cara diciéndoles que no eran bienvenidos.

Una voz se alzó por encima de todas

– Si no habéis participado en su vida, ¿no querréis participar en su despedida?

Los familiares se creían en derecho de estar allí, pero bien sabían los amigos la forma de pensar de Lola, y el porqué.

Los comentarios eran inevitables, “cómo te reías con ella”, “qué buena persona era”, “te acuerdas de…”, porque sus manías tenía la buena Lola, pero como todos.

Allí entre todos los amigos se fueron a juntar un buen número de sus “ex”, y uno que destacó siempre por gracioso, con arte, se achispó un poco por la pérdida, y se puso a hablar de cuando jugaban al futbolín, o de cuando hacía esto, y lo otro…

Todos entre sonrisas y miradas coincidían en que era una mujer tierna, valiente, sincera, que no se callaba una, cariñosa, que los había conquistado a todos, aún solapándolos, pues Lola era, simplemente, disoluta.

La conversación fue acalorándose mientras la recordaban hasta que uno dijo:

– Yo me vais a perdonar, pero “mi niña” lo que tenía era una capacidad para amarte que no tenía nadie, ¡joder! Qué bien lo hacía… – dijo mientras se balanceaba un poco y se apoyaba en un respaldo de la silla mas próxima.

El silencio se hizo, y a él le siguió una carcajada general, impropia de lo que los demás llamarían funeral.

Casi les faltó que la persona que estaba allí reuniéndolos a todos se levantara y les dijera:

– ¡Ah! ¡¡Os la he colado otra vez!! – Y girándose al camarero que mejor planta tuviera pidiera – Amor tráeme un gintonic de Beefeater, con dos hielos, como tus dos luceros, y un chorrito de limón – a la par que le señalara con la mirada la entrepierna guiñándole el ojo por lo del chorrito, básicamente.

Pero en realidad era el funeral que a ella le hubiera gustado. Una buena reunión con todos sus amigos.