– Marta, una de tus alumnas no vino esta mañana a la función con Santa Klaus, ¿verdad?

– Sí, Erika, me llamó su madre con que tenía una prueba médica, me llamó su madre para informar.

– Te ha dejado en portería la carta para Santa, le preocupaba que no recibiera su lista de juguetes y la he cogido.

– Ah, gracias.

– De nada, hasta mañana.

Marta era la profesora de Erika, cogió la carta que la niña había dejado para Santa Klaus y la metió en el bolso, con intención de ponerla en el sitio que estaban todas las demás.

Siguió corrigiendo exámenes y cuando fue la hora se fue a casa.

Horas después estaba ordenando su bolso y encontró la carta y sintió curiosidad de saber qué habría pedido una niña tan inteligente como Erika, se sentó en el sofá y abrió el sobre que no estaba cerrado sino con la solapa metida por dentro  y la leyó, o más bien lloró mientras leía.

<< Querido Santa,

Todo el mundo me pregunta qué quiero yo para navidad y es fácil,  quiero que no haya navidad, porque en navidad papá tiene días libres, y todo es más difícil en casa.

Quiero que mamá no tenga la cara llena de moratones, que no tenga que maquillarse, ni llevar las gafas de sol aunque llueva, no me gusta cuando veo a mamá llorar.

Este año me he portado bien, y al año que viene prometo portarme mejor.

Voy a sacar las mejores notas de mi clase. Pero no quiero juguetes. No quiero un teléfono móvil, ni juegos para la consola, ¡Tampoco tengo consola! No quiero muñecas, ni libros, ni nada de nada.

Sólo quiero que me traigas un papá nuevo.

Uno que no haga llorar a mamá, que no la grite, que no la pegue, que no tenga que disfrazarse para que no se le noten los morados, no se si tienes muchos papás, pero quiero uno que sea cariñoso, como el de mi prima Berta, a ella no le da miedo su papá, a mí el mío si.

Quiero uno que no discuta con mamá a gritos, unos gritos que hacen que Pedro, mi hermano pequeño se venga a mi cama, y aún se hace pis, y eso no me gusta Santa.

Quiero no oír portazos, ni cosas rotas, ni gritos a mitad de la noche, ni golpes.

Quiero que mamá pueda sonreír. Quiero que mamá y papá no discutan. Quiero que mamá pueda trabajar.

Creí que los mayores podían hacer lo que querían, pero no entiendo porqué mamá le tiene que pedir permiso a papá para estudiar, o salir, o muchas cosas más. Yo cuando tengo que ir al baño pido permiso a mi señorita, pero mamá no tiene nueve años.

Veo que mi mamá no puede hacer las cosas que hacen las mamás de mis amigas del cole, Santa. Ni las cosas que hace mi tía Julia.

Pero sobre todo, sobre todo quiero que mi mamá deje de llorar, llora cuando piensa que no la vemos, mis hermanos quizá no se dan cuenta, pero yo sí le noto los ojos rojos y llorosos muchos días Santa. Cree que no nos damos cuenta, pero sí, nos damos cuenta, y está igual que todos, asustada con papá.

Yo no sé qué le pasa a papá.  Pero creo que las personas no cambian, la abuela era gruñona y no creo que pudiera dejar de serlo, así que papá no creo que pueda dejar de ser como es, así que si tienes un papá… ¿Querrás mandármelo?

Me da miedo mi papá, cuando no está enfadado está súper enfadado y me da miedo, alguna vez también a mi me ha soltado una bofetada, y me ha gritado, dice que hago las cosas mal, pero Santa nadie puede hacer todo mal, porque en el cole me dan buenas notas, así que el equivocado tiene que ser él, estoy segura, segurísima.

Quiero un papá para mí, uno para mi hermano mayor y otro para mi hermano el meón, lo compartiremos si no tienes tres, lo compartiremos si tú quieres, no nos importará, y sacaremos las mejores notas del cole. Te lo prometo Santa, y como estoy escribiendo esto no tengo los dedos cruzados, porque con la mano derecha escribo y con la otra sujeto la hoja, de verdad, de verdad.

Por favor, por favor, iremos a la cama sin rechistar. Y Raúl se aprenderá todas las letras, y los números, y que no se volverá a esconder.

Te dejo la carta en el colegio, para que mi papá no me la pida.

Te queremos mucho Santa, pero no creo que pueda verte este año, ni en el colegio, ni en el centro comercial.>>

La profesora casi no durmió esa noche, tenía ante sí la disyuntiva de qué debía y podía hacer.

Lo que no tuvo fueron remordimientos por haber violado, entre comillas, la intimidad de aquella niña preciosa que había lanzado un mensaje en una botella, a su manera y que ella lo había recogido, a su manera, porque entre ellas había algo especial.