RelatocretosRELATOCRETOS

La bruja Verdia no le gustaban los inviernos y los dedicaba primero a escribir sus conocimientos sobre plantas, con detallados dibujos de ellas, y lo que sabía hacer con ellas, infusiones, lavativas, cataplasmas, recetas ancestrales que había heredado de su tía Shelía o bien recetas que había ido compartiendo en las reuniones de verano con sus hermanas brujas, también anotaba en sus cuadernos las recetas que iba descubriendo haciendo pruebas y mezclas como buena alquimista, bruja y curandera.

Usaba para sus escritos delicados cuadernos que ella misma hacía con folios que compraba y envejecía, los cosía, y encuadernaba con cuero de colores tierra.

Su letra era disciplinada, delataba su esmerada formación y educación en un colegio de altos vuelos de la capital al que su madre quiso llevarla de pequeña y donde la educaron con regia vara.

Todos los cuadernos eran iguales en tamaño, pero no en color, todos eran iguales en el color de la letra y los dibujos.

Después de varios inviernos, largos en nieves y lluvias, así como en horas de oscuridad y frente a la chimenea había resumido, escribiendo sentada en su sillón de orejas al calor de las llamas todo lo que sabía de plantas y sus usos, de recetas y bondades de cómo tomar esto o aquello y según a qué horahttps://voypasandopaginas.wordpress.com/wp-admin/post-new.php#edit_timestamps.

Pero para el siguiente invierno Verdia ya tenía el hábito, o quizá sería más adecuado decir el vicio, de escribir y se encontró frente a varios cuadernos y sin nada que plasmar en ellos.

Sin darse cuenta para las primeras nieves ya había llenado el primer cuaderno que era de un marrón muy oscuro y cuyos folios había teñido con café varias veces, dejándole un olor muy característico; el cuaderno tenía un montón de historias en las que la bruja iba relatando experiencias de su vida.

     Verdia

Verdia

Los llamaba “relatocretos” juega con ellos cambiando los nombres a los personajes, a qué se dedican, y los finales, sobre todo los finales a su gusto porque la vida le parece injusta.

Escribe con una pluma que heredó de su abuela, una bruja muy respetada en su Coven y en todos los demás, a la que todos recurrían, fueran humanos o seres del bosque.

Los veranos y los inviernos, las primaveras y los otoños después de cierta edad parecen discurrir con más celeridad y los de Verdia estaban llenos de siembras, cosechas, paseos recogiendo plantas en terrenos aledaños a los caminos; pero al quinto invierno ya tenía varios cuadernos llenos de relatos, relatocretos.

Guardaba la pluma de su abuela en una caja de madera que tenía dibujos tallados y la pluma era de plata tenía una gema incrustada de color rojo intenso, casi parecía sangre, y en la empuñadura, justo donde se agarraba, para hacer más fácil agarrarla al escribir, tenía otra gema que era del color de la luna con iridiscencias.

Para ese invierno releyó algunos de sus primeros relatos y cayó en la cuenta de que lo que aquella pluma escribía se cumplía, y le pareció que mientras lo había hecho sin conocimiento todo estaba bien, pero ahora que lo sabía tendría que ser más cauta con lo que escribía, aunque la verdad era que no podía evitar obtener un cierto placer en saber que estaba decretando que los protagonistas de los cuentos y de su vida se vieran sometidos al designio de cada relatocreto.

Quizá le gustaba su secreto papel de Karma.