MIRADA

LA MIRADA INESPERADA

Se cruzaron en la calle y se tropezaron pretendió una sonrisa como antes, una cautivadora sonrisa, seguro de sí mismo, o eso creyó él, sin embargo ella le miró con total neutralidad en la mirada, como quien mira un pollo en la pollería y después mira al dependiente interrogante porque no ha oído bien el precio, quizás hasta había en su cara un cierto desdén en el que se veía un total desinterés, y aún más una especie de «¡quita de ahí tío pesado

Él se sintió simplemente transparente.

En aquella mirada no había nada, ni reconocimiento, ni amor, ni sorpresa.

Había indiferencia en la mirada de ella. La típica que mostramos todos hacia un desconocido que nos pregunta por una dirección que es imposible mostrarle.

Era como si no le hubiera visto.

El bajó la mirada y se cuadró el cuello de la chaqueta invernal y caminó entre personas que no podrían descubrir que su alma estaba vacía como aquella mirada que ella le había dedicado traspasándole.

No le había reconocido, o si lo había hecho era la mejor actriz del mundo, era verdad que estaba cambiada pero estaba convencido de que aquella era ella, la chica con la que había salido en la universidad y con la que había compartido un millón de cosas fantásticas y sin embargo no había visto al cruzarse sus miradas esa luz que antes solía ver en sus ojos cuando le miraba.

Él estaba en un mal momento de su vida en el cual tenerla a ella le habría levantado otra vez, le habría dado alas, le habría dado la posibilidad de soñar como antes, como cuando todo era fácil, como cuando era joven… y sin embargo había descubierto que para ella él era simplemente invisible.

Aun así no se dio por vencido y miró hacia abajo por la ancha calle peatonal repleta de gente y la localizó en seguida por su bonito gorro de lana, bajó tan deprisa como la gente le permitió y la siguió, convencido de que seguía siendo invisible entre la multitud.

Aquella chica giró a la izquierda en una boca calle, una no tan transitada, y se metió de nuevo por unos soportales, casi la había perdido el corazón se le había parado cuando la vio caminar sobre el empedrado, las cadencias de sus caderas le llevaron de nuevo a aquellos años y se perdió entre los recuerdos y los pasos, haciendo que éstos últimos fueran algo mecánico y no tan pensado.

Giró sin pensar en una esquina a la derecha y de pronto cayó al suelo de bruces sin entender lo que pasaba.

– Veo que no sabes captar una indirecta.

– ¿Pero qué coño haces…?

Antes de que él hubiera podido terminar de formular la pregunta ella estaba encima de él, había saltado casi de forma felina sobre él, le había puesto algo frío sobre el cuello y le aferraba las costillas fuertemente con las piernas como si fueran un torniquete inmenso y mientras acercaba los labios a su oreja derecha.

– Puede que hayan pasado los años, pero yo no he olvidado lo que hiciste conmigo entonces, me he dedicado a prepararme para este momento, creí que ibas a tener un poquito de dignidad y algo de saber estar y mantenerte apartado de mí, pero veo que no, así que te lo diré de otra manera, tú y yo nunca estuvimos juntos maldito majadero, tú me acosaste, pero ya no soy la chiquilla que conociste, ahora soy otra persona, una mujer, fuerte, brava, preparada, a la que no conoces y sobre todo no querrías conocer porque puedo arrasar tu mundo, y créeme que estoy cualificada para hacerlo. Si me desafías acercándote a mí aunque sea para tomarte un café como solías decirme, te haré lo mismo que solías hacerme tú a mí. Asiente si lo has entendido.

Asintió aunque le costaba respirar.

No entendía como una frágil mujer veinte centímetros más bajita que él podía someterle así, le tenía sometido… entonces el mundo empezó a desvanecerse y los colores pasaron a un gradiente  en negro. Un tipo le despertó de malas maneras para indicarle que en ese portal no se podía dormir la mona y con un gran dolor de cabeza se incorporó para salir de donde quiera que estuviera.

Al salir se revisó los bolsillos y vio que lo tenía todo, llaves, tabaco, móvil, cartera… parecía que no le habían robado. Caminó hacia su casa, que no era suya en realidad y revisando su cartera para comprobar que no le faltara la documentación o las tarjetas encontró un papel perfectamente  doblado en el que pudo leer una denuncia de hacía mucho tiempo en el que era imputado por haber maltratado a su novia de la universidad habiéndola dejado con severas secuelas tras una paliza.

Ahí se dio cuenta de que sus recuerdos eran fabulados, estaban recortados por la terrible enfermedad que se estaba llevando sus recuerdos y toda su vida; y la persona, la única persona a la que él había amado le odiaba en realidad, y él era incapaz de recordar a excepción de lo que le decía ese papel el motivo.

Supuso entonces que todos los que se habían apartado de él tenían causas tan justificadas como ella.