BIEN

Después de diez años, diez tranquilos años, recibió un mensaje privado en Facebook de un perfil que no tenía agregado, como la mayoría sabe al no tenerlo agregado no lo recibes entre los mensajes de tus amigos y por eso tardó bastante en verlo, ya que los mensajes de las personas que no tenemos agregados como contactos van a otra carpeta.

Estaba leyendo sus mensajes desde su ordenador, cosa que no hacía muy habitualmente porque dedicaba las horas a otras cosas, pasear, yoga, fotografía, dibujar, artesanías, entonces vio que tenía una alerta de varios mensajes en la carpeta de «Otros» esperando a ser leídos o ignorados, los miró uno a uno y los fue descartando, o no, hasta llegar al último cuyo nombre ya le dio mala espina, en él sólo rezaban cuatro palabras:

«Espero que estés bien».

Eran sólo cuatro palabras y sin embargo vio la profundidad del abismo en ellas.

Inmediatamente revisó aquel perfil para descubrir que tras él no se escondía otro que su otrora pareja, aquel con quien terminaran las cosas tan mal.

Se quedó petrificada.

Tuvo un ataque de ansiedad, quedó sin respiración, los días del pasado volvieron como una losa a su memoria, el pasado se aturullaba en su cabeza como si de una avalancha se tratara.

Cuando por fin pudo respirar por su persona pasaron todas las sensaciones que se puedan describir, desde la ira a la perplejidad, el pánico y la incredulidad para terminar en una sensación de indefensión absoluta, se sintió como si estuviera desnuda en medio de una plaza, rodeada de gente, tanto conocidos con los que trataba a menudo como completos desconocidos que veían su desnudez y su pudor, haciéndola sentir ultrajada, vejada, vulnerable, pequeña, vencida.

¿Cómo aquel individuo podía tener la desfachatez de dirigirse a ella con lo que había sucedido hacía diez años?

Y lo que era peor, ¿Cómo la había localizado?

Se tomó su tiempo para ver qué podía hacer, para tranquilizarse, para ver sus alternativas, pensó en responder y desde luego no pudiendo estar segura de que fuera él pues se ocultaba tras un seudónimo, además de tras un teclado y una pantalla, decidió no contestar ni entrar en juegos como él deseaba, darle de comer al troll sería la peor opción que pudiera elegir de entre sus posibilidades.

No porque le considerase un troll sino porque a veces ciertas situaciones en las que nos vemos involucrados las tenemos que llamar de alguna manera, y a ella ese nombre se le antojaba perfecto.

Aquel tipo le había fracturado la cabeza y roto un brazo, le había dejado el cuerpo lleno de magulladuras, algunas aún las tenía aún en forma de cicatrices que incluso una década después eran perfectamente visibles.

Era un hombre que sin escrúpulo alguno le había dado una paliza delante de los niños, era un hombre cuyo trabajo era el comercio del dolor por la adición, era un hombre sin familia ni amigos, y que nunca antes había conocido como era el calor de un hogar, por eso no entendió la repercusión de sus actos en aquella familia, la que formaba ella con sus hijos. Porque nunca jamás había conocido el amor y cuando por fin lo tuvo sólo quiso acapararlo, estrujarlo, apretarlo, no disfrutarlo de forma normal, sino que por temores infundados y celos ciegos se dedicó a estrangular aquel amor, y ya de paso la estranguló a ella también, asfixiándola en una relación que inevitablemente estaba avocada a la muerte.

Y ahora diez años más tarde cuando ella empezaba, en muchos sentidos, pero no en todos, a salir del agujero que había supuesto verse agredida por el hombre que amaba de una forma tan salvaje delante de sus niños, él volvía a aparecer en su vida, aunque se hubiera ido a más de mil kilómetros de distancia de donde todo pasó, aunque ya nadie recordara cómo se llamaba entonces o cómo era.

Pese a que en el nuevo destino tomó la precaución de mudarse cada poco tiempo, aún así aquel tipo tras salir de la cárcel diez años después lo primero que hizo fue ir a por ella y en menos de un mes la había localizado, tenía un perfil en la mayor red social del mundo con miles de amigos que le adulaban como si fuera una persona normal, y no lo era, ella lo sabía bien.

Lo sabía mejor que nadie.

Lo había visto, vivido y padecido por desgracia y para su pesar lo volvía a vivir en los tuétanos de cada uno de sus huesos.

Ella había cambiado, había cambiado muchísimo, y eso que dicen que las personas no pueden cambiar, pero ella sí cambió; sus hijos ya eran suficientemente mayores como para tener sus vidas y se habían ido de casa, porque los hijos siempre se van, nos vamos porque a fin de cuentas todos somos hijos.

En realidad ella había cambiado tanto que no la reconocería ni su propia madre.

Él no lo sabía pero con aquel mensaje despertó todos los demonios que ella durante aquellos años había intentado matar, durante unos días esa mujer que ni su madre reconocería al verse en la misma disyuntiva otra vez convivió con los mismos demonios de antaño, unos más vivos que otros, pero demonios a fin de cuentas.

Mirando aquel perfil de la red social que más usuarios tenía descubrió que aquel individuo llevaba al menos cuatro años libre, no un mes como inicialmente pensó y que era el tiempo que llevaba sin vigencia la orden de alejamiento o que inicialmente ella dedujo que hubiera salido del penal de la provincia donde todo tuvo lugar, no, llevaba cuatro largos años suelto y en aquellos cuatro años se había paseado a sus anchas por su barrio, por su ciudad, por su acera, por su casa, llevaba cuatro largos años dando vueltas por donde ella se sentía segura en aquel lugar donde sus había resguardado, por el que ella se creía a salvo.

Así que no había cumplido ni siquiera el cincuenta por ciento de la pena impuesta por el juez, se sentía indignada y más porque nadie se había tomado la molestia de avisarla de la situación.

Él compartía con ella aquel lugar.

Sólo de pensarlo a ella le daban ganas de vomitar. De gritar hasta quedar sin voz.

Miraba las calles desde su ventana y a los vecinos, pensando que también él había caminado por esas calles antes seguras para ella, hablando con sus vecinos en quienes ella confiaba, porque no solía tener un motivo para no hacerlo, aquellos quienes la saludaban como a una más y ahora se le antojaban dudosos todos.

Y él hacía gala de ello en su perfil, mostraba las fotos de haber paseado por las calles donde ella habitaba, hacía vida, su tranquila e ingenua vida.

Entonces se sintió tan ignorante, tan defraudada con el sistema, tan idiota por creer que lo hacía bien durante los últimos diez años en los que se había ido relajando y confiando.

Aquel tipo la había visto y escuchado, observado y espiado para tenerla justo donde quería, contra la pared, contra las cuerdas.

«Espero que estés bien».

Apenas tardó un mes en clausurar aquella nueva vida, en la que tan segura se había creído y cogiendo lo imprescindible se largó, haciendo lo que él menos podría esperar, volvió a cambiar de aspecto, vendió todo aquello que no le era importante y se marchó para vivir en el lugar donde menos se podría él imaginar, la gran urbe, pero esta vez en el extranjero.

Allí seguro que aquel pobre ex presidiario no iba a poder localizarla pues lo conocía bien y sólo era un pobre diablo foráneo de un sitio que no le había dejado crecer y al que nunca le gustaron las grandes ciudades.

Años después era feliz lejos, en otra vida, era una mujer nueva que había superado lo que le había pasado y se reía de aquellas cuatro palabras pensando y “¿qué me importa a mí lo que tú esperes? tremendo bastardo, yo te maldigo a vagar el resto de tu vida como un mendigo”.