COSAS DE CASA

Despertarme y oler la almohada con tu olor, tan personal.

Salir a hacer cosas y recibir una llamada inesperada tuya.

Pensar en la cena y saber que acertaré.

Mirar tu coche y saber que el fin de semana hay que convencerte de limpiarlo. Porque el fin de semana pasado limpiaste el mío.

Saber que si llegas tú más tarde que yo, la cena estará hecha y la casa caliente.

Una ducha a medias, entre risas y cosquillas, besos y arrumacos.

Cantar una canción que se que te gusta, y te gusta porque la cantas pensando en mi.

Un paseo cogidos de la mano.

Compartir aficiones.

Bailar.

Que me enseñes tus cosas, por tontas que parezcan, a mí me hacen sentir importante. Y enseñarte las mías porque me haces sentir importante.

Hacer consensuadamente la lista de la compra juntos.

Compartir el transporte público.

Volver a ir de copiloto en tu coche.

Saber cosas tuyas, cosas de antes, como cuando éramos niños, como cuál es tu color favorito, y otras no tan pueriles, como dónde, cómo, y cuánto, cuyas respuestas me hacen sonreír o nos hacen reír a carcajadas.

Saber que sabes todo sobre mí, y yo sé todo sobre ti, que el pasado no asusta, el futuro lo abrazas y el presente lo encaras disfrutándolo.

Perderme en la sencilla contemplación de tus detalles, mientras duermes, o incluso mientras duermo. Porque sueño contigo.

Esas son las cosas de casa que tengo pendientes contigo, por las que te amo, y sé que me amas, porque todo en nuestro hogar funciona, nunca dices que estás cansado si yo estoy de pie.

Así decía una carta que el marido encontró en el escritorio de la esposa, y cuando la leyó se sintió tan orgulloso que miró por internet y cogió un viaje, el viaje de los sueños de ella.

Estaba siempre de viaje y en cada viaje solía tener una amante por la que pagaba, con aquella carta la conciencia despertó y se trajo de vuelta todo el amor que sentía por ella cuando se casaron y salió para ir a una joyería y compró una sortija con una piedra que sabía que ella adoraba y rodeada por otras piedras semipreciosas, cada una con un significado para ellos.

Cuando ella llegó a casa se encontró con las maravillosas sorpresas y su cara se quedó congelada en un rictus, una mueca extraña, y se sentó llorando, se puso el anillo y se abrazó a su esposo.

Cogió la carta y agradeció que la fecha aunque borrada, era legible, y él no la había visto.

Él no era el destinatario de tanto amor… Pero no podía decírselo. Nunca pudo. Nunca podría.


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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora