EL CIEMPIÉS

EL CIEMPIÉS ARCO IRIS

La leyenda del ciempiés arco iris era un cuento que se les contaba a los niños muchas noches, sobre todo en invierno para ir a la cama y que desarrollaran su imaginación. Muchos niños solían hacer dibujos del ciempiés y algunos hasta tenían un peluche para dormir con el idolatrado personaje de la leyenda.

Se trataba de un ciempiés cuyo cuerpo tenía siete partes, su cabeza que tenía dos pares de antenas que describían un rizo hacia atrás las cuales movía cuando estaba alegre.

En cada fracción de su cuerpo había tres pares de patas y tanto la parte como las patas eran iguales a un color del arco iris, de ahí su nombre.

Solía visitar las casas de la gente para quedarse siete días, mientras la luz diurna alumbrara aquel hogar el ciempiés arco iris se fijaba atentamente si en aquella casa reinaba la felicidad, lo notaba con sus antenas moviéndolas al paso del amor para detectarlo.

Según el ciempiés los humanos dejamos un rastro de amor detrás nuestro cuando nos movemos, cuando hacemos algo por cualquier ser que amemos, aunque sea una planta, un gato, un perro, un padre, una madre, un hermano o hermana, y más si es un hijo o una hija; porque algunos humanos muy rotos por dentro habían conseguido hablar con el ciempiés, o quizás era al contrario, el ciempiés les había otorgado un rato de charla y no había sido charla banal.

Por la noche, después del ocaso del sol al amparo, casi siempre, de la luz de la luna y cuando más brillaba en los hogares el amor y la felicidad siendo más palpable para el ciempiés el amor con sus antenas entonces se iluminaba, igual que hacen las luciérnagas en las cálidas noches de verano, aunque cada vez las veamos menos.

Y parecía una serpentina de luz que recordaba a los moradores de cada casa visitada a las luces del Festival de las Luces de Invierno, ese que despierta los más tiernos recuerdos de la niñez en todos, de los años de la inocencia, aquellos en que se era siempre feliz, sin preocupaciones, ni frío, ni horas, sin problemas más allá que el de que una pelota cruzara la calle, aquellos años…

Cuando el ciempiés ve esa felicidad y amor termina enroscado durante las noches bajo la cama de los dormidos habitantes colándose en sus sueños para imprimirles los más valiosos principios del amor: la lealtad, la verdad, la fidelidad, el valor de acompañar, aunque no se esté presente y muchos más que tiene el amor verdadero.

A los niños una semana les parece, en el cuento un tiempo eterno, quizás a ti una semana en esta leyenda no te parezca mucho pues estos valores y principios se aprenden en una vida si no te los han enseñado de pequeño o quizás no los puedas aprender nunca, para tu desgracia, o peor, los has “desaprendido” por algún mal episodio vital, pero todo se puede volver a aprender, y volver al principio. A la inocencia, la ilusión, la felicidad, el amor y todo lo que los sentimientos positivos conllevan.

En otras ocasiones al ciempiés le tocan casas en las que viven gentes que piensan que el amor es una leyenda, cosa de otros tiempos, mentiras y falacias, poseídos por desengaños y torturados por corazones rotos que ya no tienen esperanza, en esas casas a las que no puede llamar hogar el pobre ciempiés apenas aguanta los siete días pues sus colores vivos se marchitan por la pena, se agobia sin las risas, sin ver los abrazos, sin las miradas cómplices, sin las manos que se acarician, se ahoga viendo el lento languidecer de las almas que no viven que sólo transitan por la vida como si fuera un pasillo sin salida y con una sola dirección: la muerte.

Tu ciempiés brilla sólo si tú quieres.

¿Quieres?


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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora