EL PRESIDENTE DE LA COMUNIDAD

Luis fue nombrado presidente de la comunidad por sorteo, se usó un viejo juego de bingo de niños para hacer el sorteo y cuando salió su número se le enarcaron las cejas y se le dibujó una sonrisa como si cuatro invisibles hilos hubieran tirado de sus facciones. Enseguida empezó a organizar todo lo que pensó que estaba mal en aquel inmenso edificio. Desde luego aquel extranjero de mierda no iba a seguir teniendo las llaves de todo, ¿Quién se creía él que era? Sus días de campar a sus anchas habían acabado, desde luego.

«Gracias a Dios un hombre de bien había llegado, y lo iba a hacer todo como Dios mandaba.»

Esas fueron sus primeras palabras y sus primeras acciones tras salir de la reunión del sorteo… No se daba cuenta de que vivía en una de esas casas de exclusión social, en las que se paga una renta de menos de una cuarta parte de lo que es usual en un alquiler en la ciudad, ni tampoco se daba cuenta que por esta misma característica la mayoría de orejas que oyeron aquellas palabras fueron también extranjeras, gentes en su mayoría de bien que no se creían más pero tampoco menos que él, gentes que desde luego no querían problemas por el lugar dónde habían nacido o los credos en los que creyeran y esas palabras no tardaron mucho en llegar a quien no tenían que llegar, al menos no por ser políticamente incorrectas, sucias, poco diplomáticas y menos inteligentes.

Pero es que Luis era muchas cosas pero no era inteligente, ni diplomático, tampoco era lo que se dice correcto ni qué decir de la política, pues aun siendo un currito de toda la vida era un acérrimo defensor de lo que un proletario no debe ser.

En menos de dos meses creyó que aquel edificio era el lugar perfecto para desarrollar aquel caciquismo que antes en su pobre vida no le habían dejado llevar a cabo. Dejaba todo tipo de carteles en todas partes del portal, en los ascensores, en los pasillos, luciendo una amplia gama de faltas de ortografía en las que dejaba patentes su nula formación y ese nepotismo en el que tanto creía que tenía derecho a vivir por ser el presidente de la comunidad, el presidente de la comunidad… (ahora es cuando tú que me lees te imaginas un estadio futbol lleno de gente de ésa su comunidad haciéndole la ola a Don Luis).

Pero no contaba con que el fin de su mandato se le pasara tan deprisa, el fin llegó en un suspiro, o reinado, o no sé ni cómo llamarlo, los doce meses de calvario que todos los vecinos pasaron y sufrieron, terminaron por fin los meses de subyugación.

Cuando el bingo volvió a girar y otro vecino ocupó el puesto de “esa su comunidad” Luis empezó a ver las cosas desde el frío suelo de los mortales, lejos muy lejos del trono en el que se había colocado y entonces los demás mortales le empezaron a tratar como a otro simple mortal, sobre todo en el ascensor, en el descansillo de los buzones, donde te sueles cruzar con los vecinos, ahí donde la charla banal y estúpida sobre el tiempo atrapa a todos mientras cogemos la llave adecuada o si la vecina o el vecino realmente lo merece fingimos que la llave no es realmente la que buscamos, no sé, digo yo.

Fue entonces cuando vio con total claridad los chascarrillos vecinales, las guasas, las mofas que se traían unos y otros primero no lo notó cuando era  a su cara, pero a medida el nuevo presidente corrigió sus acciones, que no digamos burradas, lo fue notando ampliamente.

Una madre le decía a su hijo que cómo iba con la ortografía mientras sacaba el correo, y otra vecina casi entraba en parada cardiorrespiratoria por el ataque de risa mirándole de frente sin ningún tipo de recato.

Lejos de montar una escena por la falta de respeto se hundió.

Entonces subiendo a solas en el ascensor se miró en el espejo ahí fue cuando el Luis se vio como realmente era, un pobre viejo, solo y abandonado por todos en su vida, panzón, calvo, exigente, rancio, amargado,  caduco en ideas y con pensamientos desfasados, con preceptos ya descatalogados, esgrimiendo frases como “usted no sabe quién soy yo” y viendo que alguien finalmente le respondía “un nadie como yo” tenía que aceptarlo, tenía que asumir que era cierto.

Era un nadie.

Su mayor logro había sido ser presidente de esa comunidad y lo había hecho fatal, y encima había sido por sorteo.

Pobre hombre.


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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora