GOTAS DE LLUVIA ENTRE LA NIEBLA

Por más que miraba no lograba ver qué tenía delante, sentía la fría humedad de la niebla que le calaba hasta las entrañas.

Aquella sensación le había paralizado el corazón y las ganas de vivir, sentía la lluvia colarse entre las costuras de la ropa y eso le hacía sentirse pesado, no notaba el contacto que debía ser cálido de sus lágrimas, eran gélidas al mezclarse con aquella humedad tan fría como todo le resultaba últimamente, frío y pesado.

Frío y pesado desde que ella no estaba en su vida.

Sin saber cómo el GPS de su lujoso y nuevo coche le había llevado al faro donde a ella tanto le gustaba ir los domingos a media mañana a pasear y tomar algo, cuando empezaban y todo iba bien.

Sin pensar mucho, sin pensar en nada fue andando y se le acabó el espigón que llegaba al final y bajó por donde los pescadores caminan para apuntalar sus cañas, inmensos cubos de hormigón con pinturas hacían que aquel lugar fuera pintoresco y alegre, por eso le gustaba tanto a ella.

Llegó a algún punto en el que estaba al nivel del mar, estaba muy tranquilo, el oleaje era casi imperceptible, parecía un gatito tierno que suavemente acercara su hocico a sus pies en trémulos roces.

Dejaba que aquel frío le cubriera los pies, las piernas después, con cada paso iba cubriéndole un poco más el agua, a cada poco iba quitándose una prenda, parecía como si fuera una danza muy lenta con el agua y mientras recitaba una frase, como quien en la iglesia recita un salmo o fuera repite un mantra.

«Te amo y nunca fui capaz de decírtelo, perdóname.»

Cada vez lo decía más alto hasta que su repetición se convirtió en un grito desesperado a la fina lluvia que sólo era oído por la niebla, dejó de hacer pie antes de quedarse desnudo y aún sumergido siguió tocándose como si se quitara una invisible ropa, pero en realidad intentaba borrarse los besos de aquella mujer del alma pero no podía, y gritaba la misma frase que nadie podía oír no sólo porque estuviera sumergido sino porque eran las cuatro de la madrugada. Pateaba en la negra noche, en la negra mar que se fundía con aquella imperturbable niebla porque no sabía nadar, cogía aire cuando conseguía dar una patética bocanada en la superficie.

Era la hora en que el último garito de rameras había cerrado, uno de tantos recorrido por él,  en él que se dio cuenta que todo aquel mercado de carne no eran más que cuerpos vacíos sin alma en los que no encontraría el alma que había perdido cuando la perdió a ella, ahora que estaba fría.

Ella que era todo amor, ternura que él no sabía encuadrar y que le cogía por sorpresa con sus abrazos desde atrás colmados de besos.

Ella que lo despertaba por las noches arropándolo y le acariciaba el pelo enredando sus rizos para dormir pero a quien ya no sentía mientras dormía, ni despierto.

Ella que rizaba todos los rizos, que brillaba más que todos los amaneceres y que era como el agua y como el fuego a la vez.

Ella que quiso ser un árbol de la vida en sus raíces y él cortó todas sus flores matándola irremisiblemente.

Ella había muerto.

Él la había matado.

Y él quería morir.

Así sentía a cada paso, aunque fueran pasos imaginarios, dentro del agua, a cada bocanada gritando, sintiendo el líquido salado que entraba para que él la tragara.

Se sentía culpable porque no se dio cuenta lo mucho que ella quería avanzar volando, mientras que él sólo quiso seguir avanzando en círculos por cobardía.

Ella que no era maga era magia que deseaba erradicar de él los hábitos envenenados que lo poseían enviciando su cuerpo llevándole a la decadencia en su cara más oculta.

Ella saltaba porque desesperaba.

Ella que murió por deslealtades, enferma por los bocados de lobas viejas que mordían donde no debían a un alma clara.

Ahora él muerto por el delirio del dolor de su muerte la extrañaba tanto que se le desgarraba el alma, extrañaba el olor de su cuerpo, de su sexo, de sus fogones.

Simplemente decidió que no quería vivir sin ella, se había dado cuenta que sencillamente era un mono mal amaestrado al que su ego lo manejaba y otras personas manejaban los hilos de su vida para su mejor conveniencia, siendo un niño, que pasó a ser chaval, pero nunca llegó a ser hombre y había tomado la decisión de que no llegaría a ser un anciano.

Intentó volver con ella al entender que la pena lo mataría más lentamente que la vida en cualquier otro lugar, pero ella no estaba donde su orgullo y los tejemanejes de los demás le habían obligado a abandonarla.

Intentó regresar a ella cuando se dio cuenta que su avaricia no era tan buena amante como aquella mujer ni le hacía reír, tampoco era buena compañía ante los cafés matutinos o sobre la almohada para ahuyentar los fantasmas del insomnio.

Pero su hogar ya no estaba, no era parte de él porque las mentiras habían matado todo lo que era bella en ella, la confianza y la inocencia.

Lo encontraron enredado en una batea una semana después henchido por los efectos del agua, como siempre todos hablaron muy bien en la ceremonia del muerto aunque todos hicieran comentarios por detrás en el bar frente a los cafes y los chupitos, nunca de frente.

Nunca como ella…


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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora