IR A MORIR A PANAMÁ

“La primera rayita me la pusieron unos colegas en un garito en mi barrio de toda la vida, Gamonal el mejor barrio de Burgos, el mejor del mundo y es que de allí soy yo, un chico normal.

Debía tener unos 16 años y me gustaban más los porros de marihuana que otras cosas, pero la farlopa me conquistó sobre todas las cosas.

Cuando me miro al espejo no veo nada más que un tío de metro setenta y nueve, castaño, ojos marrones, con una perilla que intento mantener a raya… ¡uy! Esa palabra va a ser que me persigue je je je.

De aquel primer tirito han pasado algunos años, y primer trabajo, y el primer amor.”

Esto era parte de un fragmento del diario de Pablo, bueno, más que un diario era una especie de cuaderno de bitácora que llevaba cuando lo encontraron muerto en Panamá.

A Pablo o hallaron en una callejuela muy empinada en la que era casi imposible que no hubiera caído rodando cuesta abajo aquel cadáver desmañado que viera el comisario encargado del caso, uno de los pocos serios y no corruptos de los que solemos tener en nuestras mentes en aquellos lares.

La verdad es que nadie de su familia, con la que apenas mantenía contacto, sabía que se había marchado tan lejos, a más de ocho mil kilómetros de distancia, y mucho menos sabía en qué ambientes se solía mover el querido Pablo.

Su diario fue leído por algunos familiares tras la investigación cuando consiguieron repatriar su cadáver porque él no quería descansar en otro sitio que no fuera su amado Panamá, y así supieron todos su historia.

“Pese a ser un tipo normal y tener cierto éxito con las chicas nunca encontré una mujer que llenara mi vida, y en el trabajo pese a que las cosas me iban viento en popa tampoco tenía aliciente alguno, mi jefe siempre estaba más colgado del teléfono con movidas personales que pendiente de su negocio.

Unos pocos años más tarde hubo una novia, Raquel, que sí me interesó lo suficiente como para embarcarnos en la compra de un piso, aunque no se habló de críos, bastante serio ya era un contrato de treinta años como el de la hipoteca.

Para celebrarlo nos hicimos una escapada a Panamá.

Allí intuí el principio del final de nuestra relación, pues ella dedicaba más tiempo a cosas que me parecieran fuera de nosotros que a nada.

Se ponía a charlar con cualquier hombre en cualquier bar del hotel resort en el que estábamos alojados, quería comprar absolutamente todo lo que veía, y siempre terminábamos discutiendo a voces, y ella llorando haciéndose la víctima para forzar que la pidiese perdón, que se lo pedía, claro que sí, porque había que follar.

Y luego me iba de borrachera y descubrí lo barato que es pillar “farla” en Panamá, peligroso según en qué barrios y elitista en otros, y me enamoré de aquel lugar, pero es que no era el único, coincidí en lugares que eran como los antiguos fumaderos de opio que había visto en alguna que otra película, con tíos de casi todos los países que recordaba de la clase de geografía de la escuela y algunos que ni había oído mencionar.

Y todos estaban enganchadísimos a la cocaína, no como yo. Yo controlo.

Casi salimos discutiendo Raquel y yo en aquel viaje, pero aún aguantamos unos años más hasta que me pilló metiéndome unas rayas con una buena amiga suya en el baño de un garito mientras ambos estábamos con los pantalones bajados, follando claro.

Y es que ya me daba igual ella que otra, quería rayas y eso era lo importante, porque yo controlo.

Cuando lo dejamos Raquel y yo fui yo quien se quedó con el piso, pero no con la culpa, es sabido de todos que los adictos no tienen de eso, y mucho menos lo usan, la culpabilidad es para los idiotas que tienen el corazón débil.

Al año de volver de aquel viaje empecé a forjarme el plan de regresar en cuanto pudiera, pero no de vacaciones, no, sino ya para quedarme y vivir consumiendo como a mí me gusta.

Para eso tracé en mi mente un plan, independizarme de mi jefe y montar mi propia empresa, alquilé una de las habitaciones del piso para tener más ingresos y pagarlo más rápido.

Trabajé duro y en tres años había liquidado la hipoteca de forma legal y podía marcharme a vivir a ponerme todo lo que quisiera.

Algo así como Nicolas Cage en “Living Las Vegas” me sentía como una estrella cuando bajé de aquel avión con mi tarjeta de crédito y el piso del barrio alquilado, lo cual significaba ingresos mensuales.

Lo que en Burgos era un precio medio para un alquiler en mi nuevo destino me daba para vivir como un rey y además no dejar de consumir en ningún momento.

Salir de copas por los mejores bares, beber hasta que me meara en los pantalones y dormir con una mujer cada noche, además en cuanto abría la boca y se me sabía español eran todo halagos hacia mi persona y mi país.”

La investigación concluyó que murió en una reyerta callejera y que lo que contaba en su diario no era otra cosa que una versión fabulada de su vida.

Si bien era cierto que había alquilado aquel pisito de barrio en el que había nacido por 400 euros, los utilizaba para consumir todo lo que podía, viviendo en sitios de mala muerte, a veces había llegado a dormir en algún coche abandonado durante una semana porque había gastado más de lo que podía en drogarse. Sin ducharse, sin comer apenas, haciendo sus necesidades en cualquier lugar como un perro.

Nada de lo que relataba era cierto sobre relacionarse con las clases altas de Panamá o ser respetado o admirado pues la autopsia reveló que había tenido en los últimos años fracturas de varias costillas, nudillos, nariz y un brazo que no habían soldado adecuadamente, lo cual daba una idea muy exacta de cual era su situación.

Jamás había pedido ayuda a su familia para no alarmarlos ni darles información de su situación, jamás había intentado dejar las drogas, o más bien la cocaína que era su única adicción. Pablo tenía muy claro que quería consumir hasta morir o que moriría por un problema relacionado con las drogas.

Murió tan solo como había vivido, algo que a los familiares y amigos les resultó imposible de entender cuando pensaban que era un chico normal y que sabía que estaban ahí para él.

El diario lo releyó su primo, su compañero de risas y noches de farra antes de desaparecer alegando que se iba a Madrid, en aquellas líneas descubrió que lo que para él había sido un época transitoria de su vida, para su primo había sido el ancla de su vida, quedándose atrapado en una mortal espiral sin esperanza, llevándole más allá de donde todos les habían dicho que llevaban los porros y los picos de heroína, entonces no vieron el peligro de la coca, una raya a aquella edad era algo lúdico de fin de semana que ni de coña podrían terminar llevándole a otro país que no es que fuera malo Panamá, que mala había sido para su primo la adicción, su falta de decisión para quitarse de sus ganas de la próxima raya, mala había sido la ansiedad que le había llevado a irse tan lejos donde la droga era más barata y más peligrosa, malo es ser adicto.

 


Te recomiendo que leas cada post mientras escuchas la canción que elegí para acompañarlo.

Espero que ambos te gusten y la combinación aún más.
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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora

Fuente de la imagen Pixabay