AMOR DURO

Es un concepto en el cual las familias tratan a un miembro de forma tajante para ayudarle a salir de una situación transitoria, quizá esa persona reacciona mal en ese momento, no ve que se le quiere ayudar. Hay personas que salen de esa situación transitoria y quienes no, desgraciadamente. Este relato es duro y largo. No siempre consentir es educar, pero siempre se puede reconducir una situación cuando hay ganas y motivación.

Cuando Consu y Miguel descubrieron que su hijo pequeño Miki era un «poli toxicómano de manual» se derrumbaron, estuvieron a punto de divorciarse por ello. Las discusiones tomaron más protagonismo que el propio problema en casa en un primer momento, pero eran un matrimonio fuertemente consolidado y tras el susto y disgusto inicial se sobrepusieron para buscar la manera de sacar a su hijo del agujero en que se había ido metiendo sin que ellos se percataran.

Buscaron la mejor institución para internar a su hijo.

Los mejores especialistas. Psicólogos. Psiquiatras. Terapias. Medicamentos. Todo era poco para su adorado niño.

Pero no se daban cuenta de la situación real.

Su adorado niño ya no era ningún niño, había crecido y se había convertido en un gran tirano que los sometía a todo tipo de chantajes, chantajes emocionales, chantajes económicos, chantajes sociales, chantajes familiares, y un largo suma y sigue.

Pero para que Miki llegara a ser ese tirano no tenía que tener sólo una base dentro de sí mismo, sino que eran necesarios años de alimentación de esa base por parte de los demás, y nadie más ellos eran los responsables de que su hijo fuera como era.

Tres veces apuntaron a aquel pobre niño que no había crecido a distintas organizaciones e instituciones de las que habían oído hablar con buenísimos resultados y tres veces él se había fugado recayendo en los viejos hábitos.

Los años iban pasando y los ahorros de la familia se iban marchando con los fallidos intentos por sacar a Miki de su adición.

Aunque los padres y las hermanas llegaron a un acuerdo para que no se supiera nada sobre el tema fuera del núcleo familiar poco tardó el resto de la familia y el entorno más cercano en saber en qué estado estaba Miki, pues hacía cosas poco habituales, vendió el interior del coche para sufragarse los costes de la droga, compraba animales para criarlos y vendía los cachorros y con el dinero comprar drogas, desaparecía durante largos periodos de tiempo, y mientras sus primos y amigos ya presentaban a sus novias en casa él nunca trajo a nadie.

Tras la última escapada de la última clínica de rehabilitación, la tercera y más costosa Miguel como padre estaba muy enfadado y Consu como madre estaba muy afligida, y ambos muy delgados, decidieron dejar que Miki hiciera lo que le saliera, literalmente, del moño.

Sin embargo la menor de las hijas que estudiaba derecho no estaba dispuesta a que sus padres perdieran su patrimonio por haber llevado una mala gestión en su papel como padres, y menos por haber tolerado que uno de sus tres hijos se le subiera a la chepa.

Así fue como ella tomó las riendas de la adversa situación y se impuso como la cabeza de familia cuando sus padres ya no podían más.

Buscó un psicólogo no tan reputado, no tan caro, uno que no estaba al frente en ninguna institución donde meter a un chico descarriado, no, nada de lo hecho hasta ahora iba a funcionar, eso estaba claro.

«Si lo hecho no ha funcionado hay que cambiar para lograr el éxito». Pensó Marina, cuando tomó el relevo a sus agotados padres.

Encontró un gabinete de psicólogos que les visitaba en casa por menos de lo que les había costado la primera visita en cualquiera de los sitios anteriores, ellos les señalaron qué habían hecho mal durante los veintiséis años de vida de su hermano.

Era un chico al que se le había dado todo.

Nunca se tuvo que hacer la cama, jamás tuvo que aprender a planchar un pantalón o doblar una camiseta, siempre se encontró el armario ordenado por más que él lo dejara hecho un desastre, y la habitación.

Si contestaba mal se le consentía.

Incluso se le reían las gracias cuando de pequeño era desafiante, así era cómo había crecido en su interior el monstruo, el niño tirano, el crío que se creía con derecho a tener la atención de todos y ya, el celoso de todos, el manipulador.

El hombre ya, que ningún miembro de la familia conocía en realidad.

Germán, que así se llamaba el psicólogo, poco a poco fue desgranando aquella madeja que resultó ser Miki, era un chico de clase alta y que había descendido a los peores lugares de la sociedad por las drogas, se había parado en la prostitución, en la compra venta de todo tipo de cosas para mantener su vicio.

Ahora era el momento de reflotar a aquel hombre desde los cimientos y eso iba a ser complicado para ambas partes, para Miki y para los miembros de la familia más cercana que estaban más directamente implicados en su recuperación.

Lo primero que se indicó por parte del equipo de psicólogos fue el control del dinero de Miki, que no tuviera libre acceso a su dinero, después la retirada del coche, así como del carné de conducir, eso limitaría sus escapadas, por supuesto que la reacción no se hizo esperar, un follón tremendo que se pudo escuchar en casa, en tres bloques alrededor de casa de los padres, y que ellos aguantaron como si fuera un poco de lluvia en Ushuaia (Tierra del Fuego, Argentina), por si no lo sabes allí llueve trece meses al año.

Fue como las perretas que montan los críos con cuatro años en el supermercado cuando quieren un juguete y mamá ha de ceñirse al presupuesto del mes… pues ese tipo de escena, pero Miki no tenía cuatro años, sino veintisiete ya, los años iban cayendo en su haber.

Pasó días en la habitación sin hablar con nadie, castigando a todos con su mutismo, o eso creía él. Salía únicamente para comer y comprar tabaco.

A Miki la ansiedad lo devoraba por dentro y por fuera, y eso se traducía en kilos, se convirtió en un chaval que rozaba la obesidad mórbida, con el pelo escaso y grasiento.

Con el paso de las semanas los padres de Miki se fueron haciendo un poco más fuertes apoyándose en su hija pequeña, ella supo bien ejercer eso del amor duro que les había explicado Marcelo.

El carnet no se renovó, de tal modo que volvió a ser un chaval de dieciséis años, cada vez que alteraba la normal convivencia del hogar se le castigaba, como deberían haber hecho entre los años de infancia y pubertad en lugar de darle la libertad que él transformó en libertinaje.

Fueron imprimiéndole normas de convivencia que él nunca había observado, trataron de que viera a sus padres y hermanas de una forma más humana y cercana, que aflorasen los sentimientos que las drogas se habían llevado por delante devorando su sistema límbico.

Fueron meses, sobre todo al principio, muy duros, de peleas, gritos, de insultos, de altercados en los que incluso tuvieron que llegar a hacer los cuatro piña común físicamente hablando para que cuando a Miki le daba un ataque de furia no pudiera con ellos y se saliera con la suya o tratar de escaparse.

Dos años después le daban por rehabilitado y bajaron la guardia, el pilar de la casa, Marina, se casó y lógicamente se fue de casa aunque no muy lejos; después se casó la hermana mayor y ahí Miki vio el camino despejado para volver a las andadas.

Si unos años atrás había recorrido el inframundo de las drogas siendo un niño rico de una de las mejores familias de una gran ciudad ahora iniciaba el mismo camino desde otro punto de partida.

Vivía en la calle.

Robaba para consumir.

Era un mendigo más en el duro mundo real.

Hasta que descubrió cómo ser un «machaca» en un poblado de la droga donde por su ansia no dejaba que nadie le tomara el pelo.

Cuando le tocaba hacer de «kunda» (recogida de pasajeros con un coche de un punto de la ciudad al poblado) siempre encontraba un momento para pararse y coincidir con algún miembro de su familia en su antiguo barrio, generalmente con su hermana Marina.

Miki, «Er Rata» era como le apodaban ya en el poblado en referencia al ratoncito más querido por los niños, solía pedir limosna para comer y eso era mejor hacerlo en barrios de gente adinerada que en barrios del extra radio, muchos domingos coincidía con su hermana pequeña a la salida de la misa de las doce. Así descubrió que era más rentable dar pena que dar miedo y pasó de vivir en el poblado al albergue, regresaba al primero sólo para comprar de forma que podía ver el pasado muy a menudo pues Marina iba cada domingo a la iglesia con dos niños y una niña de corta edad y con su esposo. Siempre elegante, perfecta, una familia unida a la que veía feliz.

Más de una vez los había seguido por las calles hasta la que antaño fuera un hogar también para él, así había sabido de la muerte de su padre, del noviazgo de su madre con un antiguo compañero del instituto, y había podido ver a su hermana mayor que había logrado el ansiado puesto de trabajo en el extranjero y venía a la casa familiar menos.

Las veces que su hermana le daba limosna nunca le pareció ver un atisbo de reconocimiento en ella cuando sus miradas se cruzaban y así era pues Marina no podía ni imaginar que bajo aquella capa de pelo ralo y larga barba, mugre y vejez que da la mala vida estuviera su compañero de juegos pueriles, de bromas, de chanzas y confidencias.

Su rala barba y marcadas ojeras le daban una apariencia de persona tenebrosa que alberga oscuridad dentro del alma.

Unos años después Marina, se tuvo que enfrentar una vez más a un duro trance de esos que te presenta la vida, tuvo que despedir a su madre sola, sin su hermana quien destinada en Australia no llegaría a tiempo, ni su hermano, del que no sabía nada desde hacía mucho tiempo, demasiado quizás.

Hasta que a media tarde en el tanatorio aquel hombre siniestro de la parroquia apareció allí, entre familia lejana y gente del trabajo, en realidad grandes desconocidos con quiénes no le apetecía pasar ni un minuto, ni compartir su pena.

No quiso o pudo reconocer y menos aún asimilar que el harapiento tipo de los domingos en la puerta de la iglesia le era familiar, ahora que lo veía en un entorno cercano, un entorno de casa, y es que aquel hombre seco de carnes le era conocido por fin, reconoció un brillo en sus ojos, le era tan familiar como que era Miki y guardó para sí la inmensa pena que le producía ver en qué estado estaba su hermano, su adorado hermano pequeño y cómo se había deteriorado con el paso de los años.

Su hermano estaba delgado, consumido, huesudo, nervioso, caminaba de aquí para allá en un estado de ansiedad absoluto, como si fuera un trance. Evitaba las miradas de aquellos con quienes se cruzaba hasta que la presión se hizo tan evidente que simplemente desapareció, su especialidad.

Marina por su parte decidió no responder preguntas de morbosa curiosidad así como dejar de lado los múltiples comentarios que suscitó la presencia de un mendigo en el funeral.

Cada domingo las miradas de los hermanos se entrecruzaban después de la misa del domingo pero ya no eran los mismos niños que habían crecido juntos hasta ser adolescentes, él sabía lo mucho que ella había luchado por él y cómo lo había desperdiciado, y veía dónde podía haber estado si no se hubiera dejado llevar.

CONCLUSIÓN:

Al final cada uno libramos nuestras batallas contra nuestros fantasmas y monstruos internos, con nuestras adiciones y nuestros vicios, que todos los tenemos en mayor o menor medida, en nuestras manos está tomar la poca o mucha ayuda que se nos brinde y entender que se nos ama de la forma correcta aunque nos quede un largo camino evolutivo para llegar a entender que ésa era la forma de hacer las cosas para llegar al punto correcto y tener a las personas que amamos y a las que queremos.

Cuando una adición se convierte en enfermedad la obligación de la familia y amigos es ayudar a que los enfermos se recuperen desde el amor duro.

La obligación del enfermo es enfrentar su adición desde el punto de vista de que es una enfermedad.

Y la obligación de ambos es hacer piña y no tener vergüenza de su proceso de la enfermedad así como no se tiene de un cáncer o de la gripe, o del sarampión.

La vergüenza no te saca del pozo de la dependencia, del consumo, de las deudas, dar la cara te quita un peso que te pesa más que todas las lápidas con las que te has estado enterrando en vida con tu adición.

Contar tu historia a quienes te aman les quita muchas dudas y les da motivos para ayudarte a recomenzar tu vida, luchar a tu lado, contigo, porque hay una nueva vida después de esa adición que alimentas mientras te come. Te mata.


Te recomiendo que leas cada post mientras escuchas la canción que elegí para acompañarlo.

Espero que ambos te gusten y la combinación aún más.

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