GERMANADA

Érase una vez un chaval que había estudiado en uno de los institutos de una pequeña ciudad en el que había pasado sin pena ni gloria, todos sabemos lo crueles que pueden llegar a ser los adolescentes y él no era precisamente guapo, sus compañeros se lo hicieron pasar realmente mal con apodos estúpidos y él por su parte contribuía zafándose de las tareas de clase y a eso sus compañeros lo apodaron «hacer una germanada«.

Poco a poco, Germán, (pues ya sabréis que así es como se llamaba este chaval) fue retrayéndose, haciéndose un poco más astuto y observador, cada curso se volvía más avaro con las pocas personas que le acompañaban, con su tiempo,  las atesoraba, como un viejo pobre que hubiera ido ahorrando toda la vida unas miserables monedas creyéndose rico en la decrépita senectud.

Del instituto había ido a la universidad de la capital de la provincia para comenzar a estudiar la carrera de Abogado, pero siendo un estudiante mediocre, como era, apenas llegado el segundo curso y repitiéndose la situación de presión y bullying por parte de algunos de sus compañeros simplemente abandonó la facultad de derecho para montar un negocio, su sueño.

Contando con la ayuda de sus padres montó una pequeña tienda de lo que más tenía éxito en aquellos años, ordenadores, móviles, cargadores, fundas para los móviles, tablets, y todo tipo de accesorios para este tipo de dispositivos.

Pero como aquella ciudad le parecía insulsa y asquerosa por los recuerdos que le traía montó su tienda en otra localidad cercana, pero más grande, donde nadie le conocía,  así además podría independizarse de sus padres, quienes por cierto nunca le habían gustado demasiado. Le parecían pusilánimes y flojos, entre sí y con la mayoría de la gente y familiares.

El negocio le fue bien durante los cinco primeros años desde la inauguración.

Además empezó una relación con una chica que todos tildaban de «buena chica». A los pocos meses la chica se mudó a su apartamento para compartir casa, horarios, días libres, aficiones y algunas otras cosas, como todas las parejas jóvenes.

Los negocios le llevaban a viajar por todo el mundo para adquirir las mejores ofertas que le permitieran tener los mejores márgenes en sus ganancias, sobre todo a China, y eso le obligaba a hacer la mayoría de las veces escalas indeseadas para abaratar costes.

Tan bien le iban los negocios que se permitió primero abrir una segunda tienda y luego una tercera, después animado por lo bien que le iba se decidió a hacer de sus tiendas una franquicia. Viajaba una vez al mes a China para comprar los productos que después vendería en sus tiendas, ya eran cinco.

En una ocasión por uno de sus viajes tuvo que hacer escala en un país del este de Europa debido a una huelga, una afortunada serendipia que le trajo lo mejor de su vida, pero para eso tuvo que montar una estrategia y hacer la gran «germanada» de su vida, un juego de malabares entre dos arenas, sin que ninguna de las partes supiera de la contienda librada.

Debido a la maldita huelga se vio obligado a pasar en aquel país tan extraño para él, como bello y famoso en el mundo entero, tres días. Aquello no fue un problema para él porque tenía dinero suficiente y en las tiendas tenía suficientes mercaderías para aguantar su demora.

Además no confiando en Elena, su novia solía mandarla de vuelta a casa de sus padres, «para que no pierdas tus lazos con ellos» le decía. De este modo tuvo tres magníficos días para hacer turismo en aquel lugar, bello y exótico.

La primera noche durmió cansado por tanto trajín y a la mañana siguiente tropezó con una chica que entraba en el hotel que le había proporcionado la línea aérea para alojarse; enseguida sus miradas se cruzaron. Él preguntó por ella en recepción, resultó ser la animadora deportiva del hotel.

Decidió alargar su estancia de tres días a siete en los que  devoró ávido la gastronomía, visitó sus calles pintorescas multicolores, y cada amanecer dejaba unas flores en recepción para Olena que el quinto día le dejó una nota en inglés para agradecérselo.

El sexto día desayunaron juntos y cuando Germán regresó a sus negocios lo hizo totalmente enamorado, pero tenía que mantener las apariencias ante la buena de Elena, que para aquel entonces ya llevaba metida en los temidos y denostados Testigos de Geová unos meses y eso a él no le gustaba nada y así se lo había dicho.

Germán iba a ver a Olena una vez cada cuatro o cinco semanas puntualmente como un reloj suizo, acercando posiciones con ella, estrechando su relación en cada viaje.

Mientras en casa iba alejando la situación con Elena, estratégicas discusiones, broncas que él iba montando para que ella cayera en sus tretas, pero nunca le dio la cara de que podía ser por una tercera persona, Olena nunca existió para Elena, esa fue la «Germanada» definitiva, más que ninguna perogrullada del colegio, más que ninguna del instituto, más que todas las de la universidad, más que todas las de las tiendas… más que decir que era abogado cuando ni tenía el segundo curso.

Al quinto viaje consiguió que Olena aceptara un anillo con una inscripción, «mía y para siempre» y firmaron los papeles en la embajada española de aquel país para que en dos meses Olena estuviera en España.

Regresando de su pedida de mano se suponía que recogía a Elena de casa de sus padres pero la avisó de que su vuelo se demoraría y llegaba al día siguiente, Elena acostumbrada a sus continuos retrasos no se extrañó y quedó tranquilamente a dormir en casa de sus padres.

Al día siguiente cuando se presentó en la casa que compartían a la hora de comer en su descanso del trabajo, Elena no pudo meter la llave en la cerradura, llamó entonces a Germán por teléfono y él le abrió la puerta de la casa que habían compartido durante casi tres años y en el rellano vio todas sus pertenencias perfectamente empaquetadas en cajas rotuladas, pulcramente organizado todo por estancias en torres.

Elena se quedó tan blanca como muda, impertérrita, atónita, inerte, incrédula.

Él le dijo que simplemente por sus creencias ella había ido cambiando y eso había derivado en que su amor se hubiera ido muriendo… bla…bla…bla… y más bla…bla…bla… porque en algún momento Elena dejó de escucharle, y unos instantes después dejó también de oírle.

Apenas ocho semanas después Olena ya era la «Señora de Germanadas» y un año después él ya era el dueño de ocho tiendas, ¡creciendo!

También dado que ella era animadora de actividades físicas se apoyó en su flamante nuevo esposo para montar un estudio en el que impartía sus clases en una pequeña ciudad en la que a ella tampoco la conocía nadie.

Olena pudo dejar atrás todas sus deudas y un novio mafioso del que jamás le habló al novio rico que la vida le presentó como un oportunidad de escapar de una situación extrema.

Germán jamás le contó a la flamante nueva esposa que había estado jugando a dos bandas con ella y con la anterior, a la que sustituía, por miedo a que pensara que repetiría la jugada con ella.

Ambos jugaban, ambos callaban, ambos eran estrategas, ambos creían que el otro era tonto y estaban sacando partido y no se daban cuenta de la situación real.

Cuando mientes a los demás sobre todo te mientes a ti mismo.

 


  Te recomiendo que leas cada post mientras escuchas la canción que elegí para acompañarlo.
Espero que ambos te gusten y la combinación aún más.
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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora
Fuente de la imagen Pixabay