PELUCHE

Apenas tenía dieciocho años y ella tenía treinta y tres, la verdad es que no se hubiera fijado en él en su vida normal, su vida diaria, si se fijó en él fue por sus rizos y su larga melena, parecía un chico de los que se dedica a la música, su forma de vestir, su cadencia al moverse quizá llamó un poco su atención, pero sólo una miaja, un pelín.
Algún tiempo después supo que él se había fijado en ella desde el primer momento que la vio, le contó en una tierna confidencia que nada más verla entrar al bar según iluminaba el foco su pelo, el juego de luces que hacía sobre su rubia cabeza, le pareció que era el más bello ángel que había visto pasar por delante suyo.
Yo, un ángel, ¡ya ves tú! – Pensó. Jamás se hubiera visto a sí misma de ese modo.
Tom era un chico de otra comunidad autónoma, con otras costumbres, con un acento precioso para sus oídos, con unos labios redondos y totalmente comestibles, unos lindos ojos avellanados y, un pelo largo y rizado que invitaba a jugar con sus bucles. Luego supo que era teñido, que su pelo natural era color azabache y ella lo conoció de color avellana a juego con su mirada, ¡qué estudiado a sí mismo se tenía el guaje!
Aquél era el fin de semana más esperado en el pueblecito de la vega de uno de los ríos más caudalosos de España, eran probablemente los días que todos los chavales y chavalas del pueblo estaban esperando y en el que más gente había por la zona, de hecho el pueblo, la comarca en general podía llegar a cuadruplicar su población en los meses estivales.
Con su metro ochenta y cinco, pese a su timidez no dudó en cruzar la plaza de aquel pueblo pasando entre los chicos y chicas de su edad, aquellos con los que se debería mover por naturaleza para acercarse a ella y preguntarle que si tenía un cigarrillo, por aquel entonces ella ya no fumaba y le dijo que no.
Pero su negativa no hizo más que acercarle hacia ella y con el volumen tan alto del concierto al que asistían lo único que dijo fue que lo quería para hacerse un porro.
Su naturalidad y desparpajo no hicieron otra cosa que ayudarla a soltar una carcajada.
Ante sus risotadas él no hizo más que reírse a su vez, imaginó que era porque ya había fumado algún que otro peta.
Nunca supo si fue entre aquellas risas cuando ambos se enamoraron el uno del otro o si  fue la frescura mutua la que les conquistó, el caso es que entre bailes, cervezas y más cosas la noche fue avanzando y no dudó en contarle que lo que más le gustaba era llamar la atención.
Atizada por sus ganas de destacar le dijo «pues si lo que buscas es ser la comidilla del pueblo en este verano te ofrezco un plan, vamos a besarnos a mitad de la plaza y verás como enseguida estamos en boca de todo el mundo».
Ciertamente Tom no se lo pensó ni un segundo, accedió a su plan, la tomó de la mano, se plantó en medio de aquella plaza tan castellana y delante de la misma torre de la iglesia la cogió de la cintura con una mano y del cuello con la otra y bailando sensualmente se fue acercando hacia sus labios sin dejar de mirar fijamente a sus ojos.
En ese momento el plan dejó de existir, la plaza se desvaneció, la banda se esfumó, dejó de oír la música y solamente lo vio a él y sintió su beso aterciopelado y tímido con aquellos labios carnosos de aquel niño precioso que ya no sería un niño esa noche.
El beso tímido y suave dio paso a un beso más apasionado en el que introdujo su lengua sin ninguna timidez, arrasador olvidándose la cautela, sacando todo su frenesí, y como estaba tan pegado a ella notó enseguida una tremenda erección, pues no, no era el mechero lo que notaba.
Era una erección de un chaval de dieciocho años que besaba por primera vez a una mujer.
Con tanto calor que suele hacer en la meseta lo que ella necesitaba era un buen trago y se fue a pedir una cerveza, una grande, algo que no sabía si beberse o tirarse por encima, algo que aplacara el calor que tenía, y lo que se encontró en el camino a las barras de la plaza fue a todas sus amigas de allí , del pueblo, recriminándola, reprochándola, instándola a contarles todo sobre él, preguntándola por cómo había empezado el rollo, curioseando sobre el motivo de aquel beso, el porqué y cómo lo había conseguido (sobre todo porque alguna de ellas ya lo había intentado sin lograrlo, pues él se cerró en banda) cómo besaba, en una sola palabra: cotilleando.
Porque de todos es sabido que en pueblo pequeño infierno grande.
Y que en todos los sitios la envidia se cuece a fuego lento.
Obviamente a su edad, no eran lo mismo sus treinta y tres años que la edad de las chavalas que iban detrás de Tom, las explicaciones que ella podía dedicarles a niñas, niñatas, chavalas y chavalinas, fueron nulas o ningunas, se las quitó de encima como buenamente pudo y se dedicó a lo suyo, a seguir bailando, a disfrutar y saber qué era lo que le gustaba a él y con el baile intentó seducirle lo mejor que pudo o supo a su nueva conquista.
Al final de la noche cada uno volvió por sus propios medios, ella volvió en  el  coche de un amigo llevando a todos los que pudo hasta sus casas, total volvían por caminos forestales y él volvió con sus amigos por los mismos poco transitados caminos por la guardia civil, evitando todos el posible control de alcoholemia o de estupefacientes lo cual en aquella zona es muy común porque apenas (esto leedlo con rintintín) hay vicio en aquella zona.
Ambos habían acordado verse después del regreso, él inventarse una excusa ya conociendo el pueblo y ella ir a dar un paseo para  verse en una fuente que quedaba un poco apartada entre cultivos y viñedos. Allí se sentó y esperó un rato tomándose la última cerveza que se había llevado, enseguida llegó él, con su caminar desgarbado como si fuera pensando en algo que sólo un semidiós pudiera pensar, totalmente concentrado en aquellos pensamientos que nadie podría llegar a imaginar.
Lo vio llegar sentada en uno de los dos bancos de piedra que tenía aquella fuente, contemplaba cada paso suyo acercándose a ella y se preguntaba si iba a ser capaz de llegar a culminar aquel preconcebido plan al despedirse en aquella plaza, tenía una picazón entre las piernas que no conseguiría quitarse como tenía por costumbre y allí paso a paso llegaba el antídoto.
Cuando llegó le ofreció su más amplia sonrisa y ella se reiteró que estaba enamorada de los pies a la cabeza de un completo desconocido, simplemente lo que sabía de él en esa noche le había bastado, era un juego de serendipias, que había llegado al tuétano de su alma como nadie había conseguido llegar en tres décadas previas.
Cada vez que habían abierto la boca era para coincidir en cosas que soñaban hacer, cosas que se habían prometido a sí mismos hacer en un futuro y resultaba que era lo mismo para ella y para él y en esa misma noche se lo habían jurado el uno al otro.
Por ejemplo ella siempre había soñado en secreto con ir a Sudáfrica a ver el gran tiburón blanco, pero jamás se lo había dicho a nadie de su entorno porque la habrían creído loca, sin embargo la conversación con Tom esa noche terminó entre muchos otros temas en ese punto.
Y como esta coincidencia hubo miles a lo largo del tiempo que estuvieron unidos.
Como las noches en la meseta suelen ser bastante antagónicas al día lo que hacían todos los que salían de noche era llevar alguna chaqueta en la que pudieran llevarlo todo, las llaves, el teléfono, tabaco y mechero, todo y de esa forma no pasar frío a mitad de la noche cuando más refresca.
Caminaron un poco, lejos de la fuente donde podían empezar a llegar veraneantes a buscar la codiciada agua que de allí manaba.
Paseando llegaron a una viña y se sentaron a ver amanecer en un alto posando las cazadoras sobre el calizo suelo, visionando el sol despertar, él sentado con las manos apoyadas atrás y ella recostada sobre su pecho en la misma postura fueron calentándose al notar ella un bulto en la espalda y él notándola a ella percibirlo.
Los besos llevaron a las caricias y las caricias se fueron llevando la ropa entre los viñedos al trémulo despertar de un sol cálido de agosto.
Pronto ella se encontró a horcajadas sobre él y descubrió que él no se corría, sino que tenía orgasmos que le hacían estremecer, convulsionar espasmodicamente de una forma tan violenta que pensó que era posible que se desnucara.
Ante tal escena se movió más rápido y furiosamente frotando el clitoris contra la base de su pene y llegando a un tremendo orgasmo que se percató era simultáneo, lo cual no le había pasado hasta entonces.

Al final de aquellas vacaciones todo había cambiado.

Ella.

Tom.

Sus vidas.

A ella no le importó cómo la vieran en el pueblo, no la importó dejar su maltrecha relación, a él no le importó mudarse de ciudad y marchar a vivir a Madrid para estar con ella.
No les importó la diferencia de edad.
Hubo momentos en que realmente temió por su salud porque lo tuvo en orgasmos mantenidos de veinticinco minutos.
Incluso alguna vez Tom confesó que detestaba eyacular y amaba tener orgasmos que le permitían continuar con los juegos que tanto les gustaban.
Detestaba esos motes vulgares que las parejas utilizan para llamarse, sobre todo en público, esos como «cari», «vidi», y cosas parecidas que decía que eran tan vulgares como repetitivos y decidió que la llamaría «peluche» en clara referencia a aquella zona de su cuerpo con la que tanto disfrutaba, y ella copiándole le puso como apelativo cariñoso «muñeco«.
Desgraciadamente Tom tenía una terrible sombra que atenazaba su vida y se lo llevó mucho antes de lo que ella hubiera deseado.
Ella siempre estará agradecida por todo lo que aprendió con él y dará las gracias a aquella naturaleza innata suya de no hacer lo mismo que el mundo me tenía acostumbrada.

 

 


Te recomiendo que leas cada post mientras escuchas la
 canción que elegí para acompañarlo.
Espero que ambos te gusten y la combinación aún más.
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 Voy pasando páginas
©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, los
 hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la autora
Fuente de la imagen Pixabay