DECREPITA VEJEZ

Nuria llevaba unos años observando la vejez debido a su trabajo en el ala de geriatría de un hospital y se había dado cuenta de que es clasificable, suponía que como todo en la vida. Todo es clasificable, la gente, la comida, los días, los deportes… todo a fin de cuentas.

Había clasificado la vejez en dos tipos de formas de envejecer.

Las personas que envejecen sin perder peso, porque son felices.

Y las que lo hacen de forma decrépita, quedándose chupadas, secas.

Fuera aparte de enfermedades que justifican lógicamente todos los cambios morfológicos que todas las personas puedan sufrir que ella trabajando precisamente en esa rama conocía bien y no contaba con ellas para sus clasificaciones.

Marina había recibido una llamada en la que iba a tener que acudir a una cita legal para que con su firma su madre pudiera vender la casa en la que había crecido.

Su madre de alguna manera se las había apañado para estafar a su padre y quedársela, cuando ella no tenía derechos legales sobre ella hacía algunos años.

A su madre nunca le gustó trabajar, era una vaga con una mente rápida para la estafa, el robo y el aprovechamiento de cada situación en la que pudiera sacar partido para sí misma de cualquiera, sin importarle quien fuera, desconocido, conocido, amigo, allegado o familiar o incluso su propia hija.

Después de muchos años de no verse madre e hija tuvieron que reencontrarse para realizar esas gestiones, papeles que la madre no podía tramitar sin la firma de la hija.

Se odiaban mutuamente. La una odiaba a la otra y no menos que la otra odiaba a la una. Por más que el odio sea antinatural entre madres e hijas, para ellas era el único sentimiento que les quedaba, porque una lo había sembrado y cosechado a conciencia y porque la otra se negaba a llevar a cabo las maldades que la otra le intentaba inculcar desde pequeña.

Observando cómo son las edades de una mujer Nuria había notado que las mujeres tienen varias épocas de plenitud, una de esas edades está entorno a los veinte años, lógicamente es por su por su juventud, pero eso es absolutamente normal; otra está entorno a los treinta años por belleza, también es algo normal, pero llegados los cuarenta años la mujer está en su momento más pleno, más álgido, más maduro, pues ya sabe qué es lo que quiere, ya se conoce a sí misma, sabe dónde va y cómo ir, cuáles son sus armas y cómo utilizarlas para llegar allá dónde quiera ir además también sabe cuáles son sus déficits y se trabaja a sí misma en ellos para reforzarse y si tuvo una buena cuna y alta cama la asesoraron bien para ir por una buena senda, sin perder el tiempo por el camino, formándola bien en sus años mozos, orientándola adecuadamente para que estuviera preparada para el futuro, que cada vez es más difícil y reñido.

En ese momento se encontraba Nuria, bella, plena, satisfecha, totalmente encaminada en la vida, segura de sí misma y con todo lo que la hacía feliz, un buen compañero, una bonita familia, un gran trabajo, y una gran carrera profesional que le reportaba una economía que le daba la seguridad con la que pisaba firme por el mundo, todo lo contrario a lo que tenía enfrente, su madre, que había sido en todos los sentidos un parásito de todos cuantos había tenido cerca en su vida sin importarle las consecuencias. Incluso en su entorno era reconocida como un parásito social.

Pese a que no hubiera contado con la ayuda que una madre Nuria sí estaba ayudando en última instancia a su madre, cansada de sus locuras, de los chantajes emocionales, de sus exigencias y de las cosas que hacía.

Se supone que Marina debería haber representado un papel de madre para su hija, y para el que antaño era su marido el papel de esposa, para la sociedad ser alguien con unas características determinadas y no a la inversa, pero la paciencia tiene un límite y aquella cita era el límite de Nuria.

Mientras Marina estaba teniendo una de esas vejeces en las que la gente avanza hacia la senectud quedándose muy delgada, excesivamente delgada, tanto que no podía usar faldas porque parecía una persona malnutrida, apenas era un saco de huesos y piel.

Nuria se quedó mirando a su madre con cierto estupor, condescendiente y una pizca de pena, a su vez su madre no quiso bajar la mirada sino que se la mantuvo, altanera, intentando verse reflejada en su hija en lo que quizás ella misma fuera antaño.

– Te veo bien

– Yo a ti también – respondió a su madre Nuria

Ahí Marina se percató de cuánto más la odiaba su hija a ella que ella a su hija, se dio cuenta de cuán malvada había sido como madre, como esposa, como hija también y en muchos otros sentidos, se dio cuenta de que estaba realmente mal, y al moverse en la sala del notario Nuria se quedó frente a sí misma, casi a solas con su reflejo y no le quedó otra que enfrentarse a su imagen.

Era un espejo de cuerpo entero, de esos que se usan para comprobar si lo tienes todo bien acomodado antes de salir y se vio como en realidad era hoy, no con aquella imagen que guardaba de sí misma de la juventud.

No se reconocía a sí misma, la imagen que el maldito espejo le devolvía era la de una mujer flaca, apagada, todo pellejo, ojos juntos y hundidos enmarcados en una sombra negra que asomaba incluso debajo de la capa de maquillaje.

Su pelo estaba tan apagado como el resto de la imagen general, ralo, fosco, desaliñado, le quedaba grotesco, tanto que casi parecía una peluca sobre una muñeca a tamaño real de una bruja mala de comedia, la comedia de su vida, no, una tragicomedia. Porque nadie se reía de ella salvo en su retorcida mente. Y ella era alguien muy abonada al drama y a la tragedia.

Allí enfrentándose a su imagen, a su reflejo, a sí misma se dio cuenta, en un momento fugaz de lucidez, de que se había pasado la vida odiando a los que debía haber amado, la vida, la vejez a veces nos consume pero no por los años, sino porque lo que deberíamos estar haciendo no es lo que estamos haciendo en realidad.

Aquella pobre mujer pasaba los días urdiendo planes para vengarse de los demás por cosas que sólo existían en su mente, mientras los demás vivían sencillamente sus alegres y felices vidas, y ella se consumía en amargura, ella se pasaba las noches devanándose los sesos en cosas negativas pensando en qué es lo que harían los demás en contra de ella, pensando y diciendo, pero en realidad los demás pasaban la noche volcados en sus propias vidas, en paz sin mencionarla, sin recordarla, haciendo sus vidas sin ella, no era que la hubieran olvidado era que habían aprendido a obviarla por sus actos malvados, vivían, comiendo, viajando, cenando, en reuniones de amigos, riendo de fiesta o simplemente durmiendo y descansando.

Ella jamás pensó en cómo quería que fuera su vida pasados diez años, veinte, treinta, si quería una vejez consumida o feliz y plena rodeada de los que por naturaleza le correspondían. Ese pensamiento nació allí en aquel momento mirándose sin reconocerse en aquel jodido espejo.

No pudo mantener la mirada de la mujer del reflejo del espejo tan valientemente como se la sostuvo a su hija, al odio si le podía hacer frente, ante el fracaso no era tan valiente, porque lo suyo no era valentía, era altanería.

Una secretaria del notario interrumpió sus devaneos mentales pronunciando sus nombres y las hizo pasar a una sala, su hija firmó desinteresadamente la documentación para que pudiera vender la casa familiar y comprar una más acorde a sus actuales necesidades, más modestas.

Una vez que firmaron los papeles y de vuelta a la sala de la entrada intentó acercarse a su hija, quien ya tenía tres hijos, sus nietos, había suavizado en mucho su tono, pero Nuria tenía el culo pelado y había vivido demasiadas jugarretas por parte de su madre.

Como las había vivido su padre quien se había desentendido de ella hacía años.

Como también había hecho su tía y hermana de su madre.

Y muchos otros miembros de la familia.

Ante la insistencia de Marina, Nuria tuvo que ponerse seria, tomar aire y cambiar su tono de voz.

– Mira Marina, te he mentido, no te veo bien, se supone que te debo respeto porque eres la madre que me parió, pero nada más. Ser madre no te da derecho a tratarme como lo has hecho durante años. A despreciarme, vejarme, denostarme, humillarme, ultrajarme a mí y a los míos. Por eso y por todo el daño que me has hecho esta ha sido la última vez que me has contactado, ya no hay nada más que nos una y esta es la última vez que nos vamos a ver porque entre tú y yo no hay nada salvo un apellido y eso para ti no ha significado nada en toda mi vida, así que no sé porqué iba a significar nada de hoy en adelante, salvo porque te ves mal sola y desasistida. Todo el tiempo que yo no he sido tu hija ahora tú no serás mi madre. Buenos días y a ser feliz con tu nueva casa.

Allí quedó con la boca abierta en un rictus incapaz de decir nada, como si le hubieran dado un “pause” siendo un personaje patético caduco y risible en una pantalla a tamaño real y una de sus manos se levantó indecisa entre darle una bofetada a la hija que no se reconocía como hija suya ante tanta verdad, porque la verdad la había parado en seco o retener a Nuria a la que jamás quiso y era la única oportunidad de no estar absolutamente sola los pocos o muchos años que le quedaran en el mundo, en la vida.


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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los 
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la 
autora
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