DESPUES DE LAS MENTIRAS

Tras un mundo en el que vivió rodeado de mentiras decidió apartarse conscientemente de la mentira y de todo aquél que le hubiera mentido, muchas de esas mentiras habían sido simples estupideces.

Pero no por ser cosas banales le habían hecho menos daño, pues cuando descubrimos una mentira el sentimiento que nos queda es el de total indefensión, el de ser tontos, el de una pérdida total de tiempo que jamás vamos a recuperar.

Así fue como se retiró del mundanal ruido de la mentira para auto recluirse desterrándose a sí mismo lejos de quienes tanto daño le habían causado.

Carlos estuvo trece años lejos de todos, y de todo, sin embargo se dio cuenta de que no era auto suficiente, no podía seguir viviendo como un ermitaño y poco a poco empezó a tratar con unas pocas personas.

Le costaba mucho curarse de tanto mal.

Le costaba mucho pasar página de cada mentira, cada engaño, cada argucia, aunque más de una década no era poco tiempo para recuperarse de cualquier herida.

Provenía de una familia adinerada y vivía de un fideicomiso que recibía mensualmente, como quien vive de las rentas. Con ese dinero tenía de sobra para mantenerse de una forma cómoda allá donde eligiera, sin grandes lujos pero sin pasar estrecheces.

Al principio no, pero después de unos años del traslado tímida y cautelosamente empezó a tratar con personas de su entorno, el panadero, el tipo del bar el domingo para dejarse ver, la chica que se encargaba de que se le sirviera el pedido de comestibles desde el supermercado…

Para cualquiera podía ser un grupo reducido pero para él eran una multitud, su mundo se ceñía a libros y sus personajes, música, reportajes de todo tipo que podía ir viendo en televisión a la carta, nunca en tiempo real, siempre eligiendo concienzudamente la programación que sí iba a ver y la que descartaría, por contenidos, como por ejemplo por motivos de política que no le interesaba en absoluto, religión que le parecía contaminante y deportes que le parecían corruptos.

Al final de los trece años de retiro aquel reducido grupo había crecido y ya eran trece personas con las que mantenía contacto casi semanalmente, como si los hubiera agregado uno cada año premeditadamente.

Pero ni tenía tantos libros el lugar donde se había instalado ni se había planteado quedarse para toda su vida allí porque la casa no cumplía todos sus requisitos, era hora de levantar el vuelo.

Había contratado un servicio de mudanzas después de hacer una intensa búsqueda para localizar una nueva casa en una mejor localización que sí cumpliera con aquellas cosas que añoraba y la actual no tenía.

Una vez instalado en su nuevo hogar su rutina se vio totalmente alterada y no conocía a nadie que le pudiera ayudar.

Lo primero que hizo fue apuntarse a una clase de Thai Chi en un gimnasio cercano a casa, y volver a establecer unas rutinas, comprar los mismos productos en el mismo lugar siempre el mismo día.

A ciertas edades los años pasan despacio por nuestra capacidad de aprender que hace que nuestra apreciación del paso del tiempo se vea ralentizada, sin embargo a medida que envejecemos nuestra capacidad cognitiva, lo que aprendemos, cada vez es menos y el tiempo nos pasa más deprisa.

Los años en su nueva casa pasaron rápidamente, tanto que apenas se dio cuenta del paso de los cinco primeros años en los que había retomado sus estudios en la universidad y que había ampliado su círculo de personas cercanas de cero a decenas.

Carlos llevaba una vida perfectamente normal, integrado en la sociedad actual pese a que el mundo hubiera cambiado radicalmente en casi una década y media, no le estaba costando ponerse al día en lo tecnológico tanto como en lo social.

La gente sí había cambiado en tan pocos años.

Era abismal lo que la sociedad había virado como si fuera un barco que sin saber que iba a pique se dirigía a mar abierto donde más profundo podía caer, más bajo.

Cuando fue tratando temeroso con más y más gente fue evidente que cuando se marchó a curarse tenía razón, que el peor virus de esta humanidad es la mentira, da igual que te mientas a ti mismo o que mientas a los demás, los quieras o no, los ames o no.

Al séptimo año conoció a una mujer con la que rehacer su vida, pero al poco tiempo descubrió que ella era una más, una de muchas entre la gente que como antaño le habían destruido tiempo atrás cuando parecía tener una especie de radar para detectar gestos que delataban la mentira.

Y ahí estaba Carlos, ante la disyuntiva, seguía con aquella mujer pasando de soslayo sobre aquellas mentiras lo cual le haría un mentiroso aunque fuera por complicidad, o la otra elección era volver a recluirse y marcharse a curarse de nuevo de la inmensa pena de verse traicionado por una persona que amaba sincera e incondicionalmente y a la cual no había dado motivos para tratarle así.

Y no sabía qué podía hacer, convivir con la traición y seguir adelante o retroceder.


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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
los  hechos  aquí relatados y los personajes
son invención de la  autora
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Fuente de la imagen Pixabay