HEDOR

El terrible hedor de la culpa no le alcanzaba porque no le importaba nada ni nadie salvo él y menos su compañera.

Ella descubrió que él le era infiel y se lo dijo, quizás esperaba su negativa pero las evidencias eran tantas que no pudo hacer nada pero no le abandonó no montó un follon como él esperaría, simplemente se quedó en la misma casa.

Él olía mal, tenía impregnado el hedor que tiene la traición. Olía a culpa. Olía a las personas que no intentan las cosas y que se rinden, hedía a rendición y a pobreza interior.

Mientras que ella cuando la llama entre los dos se había apagado mínimamente se había encargado de avivarla por todos los medios que se le había ocurrido. Jamás se le había pasado por la imaginación serle infiel, aunque hubiera tenido una oportunidad. Y cuando supo cómo él había aprovechado cada una de las oportunidades e incluso las había creado se sintió una mujer inexistente para el hombre que amaba. Y sin embargo no por eso iba a marcharse de allí, no iba a perder la esencia de su ser, ni iba a iniciar una batalla legal para ver qué le correspondía a cada uno.

Las cosas para ella no funcionaban así.

Se tomó su tiempo para rehacerse y volver a apoyarse en aquellas personas que en algún momento él le dijo que no eran buenas para ellos como pareja, se tomó el tiempo para distanciarse del hombre que una vez creyó que era el que la amaba por encima de todo y le terminó demostrando que no era más que uno más, otro como todos los demás.

Se hablaba a sí misma de este modo por el dolor del momento, pero con el tiempo pudo ver que no era así.

Con el paso de los meses, cumpliendo los años, ella iba resurgiendo de aquellas cenizas y él se iba olvidando de aquel episodio en el que se había descubierto su doble vida, hasta que un día se cruzaron en la puerta de casa.

Él salía a comprar tabaco y ella salía de una elegante berlina oscura, por descontado que la actitud de ambos fue impoluta e irreprochable, él no le montó un escándalo y ella no se regocijó en la escena, ninguno de ellos hizo que la tercera parte se sintiera en mal lugar y momento ya que era un asunto interno.

O eso creyó él.

A fin de cuentas no había visto que esa tercera persona besara a su pareja, ni que ella tuviera una actitud que pudiera ser reprobable en sentido alguno, así que podía sentirse a salvo, ella lo habría perdonado casi seguro, como siempre, como antes.

Al regresar de su siguiente viaje de trabajo en lugar de encontrar a la que fuera su compañera vital de las últimas décadas encontró un espacio vacío en el armario.

Llamó al teléfono y una alocución le informó que aquel usuario no existía.

Le mandó un email y la respuesta fue que se había equivocado. Delivery status notification… a quién no le ha pasado esto alguna vez, ¿verdad?

Ahora veía lo mismo que debió ver ella cuando descubrió lo que había hecho él, que taitantos años de vida en común eran humo disipándose en la nada y precisamente a eso se podía agarrar, al humo de los cigarrillos que solía fumar y que a ella tanto le molestaba que fumara y nunca le hizo caso, ahora bien podía fumar cuanto quisiera y sin sus comentarios.

Y tenía algo más a lo que asirse a la nada inmensa que le había dejado.


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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay