LAS MEJORES AMIGAS

Recuerdo cuando era pequeña que estábamos en una playa mis padres y yo, llegó una chiquilla con sus padres y los míos me dijeron que fuera a conocerla.

– Hola. ¿Cómo te llamas?

– Beatriz – me respondió – ¿Y tú?

– Helena. ¿Quieres jugar conmigo?

– Sí. ¿A qué jugamos?

– Pues he traido mi cubo y una pala… y un rastrillo ¿quieres?

– ¡Sí! – La cara de Beatriz se iluminó de alegría.

Era una niña menuda con el pelo moreno que se iba aclarando a la altura de los hombros para quedar casi platino en su cintura, ondulado en toda su longitud. Era curiosamente muy morena de piel y eso hacía que su pelo contrastara todavía más.

Estuvimos toda la mañana haciendo un castillo inmenso con la arena. Trabajamos muy duro, nunca había hecho algo así con ningún amigo, con ningún compañero o compañera de clase,

– ¡Cariño nos vamos a comer! – gritó mi madre desde la parte más alejada del agua de la playa, donde no daban las olas.

– ¡Jo mamá, que sólo nos queda un poco para terminar!

– Es la hora de la comida, haz caso a tu madre “peke”- apostilló mi padre, como siempre solía hacer.

– ¿Vendrás esta tarde? – Preguntó Beatriz.

A lo cual yo sólo pude responder girándome para hallar la respuesta de boca de mi madre que era la que en realidad mandaba en casa.

Con una mirada cómplice y una gran sonrisa salimos corriendo en direcciones opuestas desde el castillo hasta donde estaban nuestros padres y saber si después de la comida volveríamos a la playa.

Regresamos jadeando por la carrera al punto de partida, nuestro gran proyecto, nuestro castillo, el castillo más bonito del mundo y acordamos vernos en un rato.

A esas edades no sabíamos del reloj, no sabíamos de horas, lo que había eran “ratos”:

Un rato, dos ratos, tres ratos… un rato que hace que has merendado y no puedes tener hambre ya, un rato que quedaba para la cena, y no mami eso eran ya dos ratos, y así discurrían las horas, entre ratos.

Así trascurrieron varios días, o quizá más de una semana, porque el tiempo era atemporal a esa edad como ya he contado.

Si no era yo capaz de medir una hora imagina cómo iba a calcular y menos recordar el paso de una semana con unos ocho años.

En esos días usábamos cada castillo, porque el del día anterior casi siempre se lo llevaba la marea nocturna o los que fueran a pasar la noche en la playa, para contemplar a un chico que se tostaba al sol leyendo, sabíamos que se llamaba Miguel, como uno de mis primos, era moreno de ojos muy azules y pelo fosco, piel clara, nos reíamos cuchicheando y creo que él se daba cuenta de que estábamos pendientes de él pero era muy discreto y no fomentaba que dos niñas de menos de diez años le anduvieran coqueteando.

La cuestión es que nuestro faraónico castillo por efecto de la marea quedó destrozado cuando al rato, después de la comida y la consabida siesta que mis padres se empeñaban en dormir, regresamos a continuarlo.

Al tercer día Beatriz me preguntó si yo quería ser su mejor amiga y yo por descontado acepté.

Nada de cortarnos las palmas de las manos.

Nada de escupitajos.

Ni besos, ¡Qué asco!

Sólo castillos de arena y además ahora se construiría más rápido porque Beatriz también tenía su cubo, su pala y su rastrillo.

Un día Beatriz no volvió a la playa después de comer, estuve sentada toda la tarde, esperando haciendo una muralla por la que íbamos a hacer pasar el agua de un foso interior para proteger el castillo en caso de que los enemigos consiguieran atravesar nuestras defensas.

A cada poco, que no a cada rato miraba en dirección al camino en que Beatriz solía venir con sus padres a la playa, pero no vino.

Aquella noche estuve llorando y recuerdo que mi madre me consoló en aquella cama que no era la mía, y mi padre me contó uno de sus cuentos inventados hasta que consiguió que entre hipos y sollozos me quedara dormida.

En aquellos días, aquella mejor amiga y yo discutimos mil veces por aquel proyecto, aquella ilusión que compartíamos, algo que estaba por encima de nosotras mismas, nunca el enfado estaba por encima del proyecto o de la ilusión.

Era mi mejor amiga y yo la quería por encima de todo.

Era en realidad mi única mejor amiga.

Me encantaban sus ideas.

Era hábil, divertida, tenía grandes soluciones para casi todo y con ella todo me resultaba fácil.

Aun hoy tengo grabado en mi memoria el primer día que vi a Beatriz, aquel verano en la playa que pienso que fue el mejor de mi niñez.

Canción: Now and Then – Susanna Hoffs

de la banda sonora de «Amigas para siempre»


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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay