CON TAITANTOS SE ES JOVEN

Recuerdo que con quince y veinte años solía oír las batallitas de  mis mayores en las que relataban que perdían tal o cual facultad, la vista, el oído, se echaban la mano a la riñonada y te pedían que les recogieras algo que se les había caído;  la rodilla, los dientes, las articulaciones y un largo listado de cosas les iba mal.

A nuestros mayores todos mis compañeros los veíamos como unos viejos, pero a medida que yo misma me convierto en una vieja de aquellas veo que no es así la historia, no soy una vieja.

La frase que más recuerdo era esa que decían cuando uno fallecía con  sesenta y muchos o setenta y tantos y respondían en su funeral «pero si era joven todavía».

Hoy soy yo quien se ve acosada por los años y una infinidad de achaques, síntomas de la edad y la degradación que ella conlleva. No soy una anciana pero sí creo que he alcanzado el ecuador de mi esperanza de vida, o eso espero y es ahora cuando me veo más plena, bueno en realidad eso de mi plenitud empezó hace unos años ya. Tengo taitantos.

Empecé a saber qué era lo que sí quería y desde luego qué no quería en mi vida.

Podía aguantar algunas cosas durante algún tiempo pero durante algún tiempo, no ilimitadamente.

A medida voy envejeciendo veo más gente con menos edad que yo que son más viejos que yo, gente que no quieren vivir o gente que viven mal, que no quieren reír y no quieren aprender y debes saber que el día que no ríes y el día que no aprendes es un día perdido en tu vida.

La experiencia es a fin de cuentas es un grado porque con la experiencia es como sabemos de las cosas, nos formamos, nuestro cuerpo nos va abandonando progresivamente y nosotros vivimos en la esperanza de la eterna juventud, volviendo a días en los que la lozanía era nuestra posesión más desconocida y preciada cuando evolucionemos extrañándola.


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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay