NUNCA TE DISTE CUENTA

Nunca te diste cuenta de cómo sudaban mis manos cuando las cogías con las tuyas.

Solía sonrojarme cuando creía que me pillabas mirándote.¡Y cómo te gustaba sonrojarme con tus zalamerías! Te encantaba la sensación de verme con la cara roja como una chiquilla que oye un piropo del chico que le gusta del instituto.

Quizás notabas mi ansiedad cuando te acercabas porque temblaba como las hojas bajo la zozobra del viento del norte cuando llega el otoño.

Y no sé si percibías lo que me pasaba con tu sonrisa. ¡No! Y frente a tu mirada me quedaba desarmada porque me desnudabas, pero no me quitabas la ropa sino me desnudabas el alma con esos ojos tuyos que tenían la extraña facultad de saber qué pensaba un segundo antes de pensarlo yo.

Aún recuerdo el tacto de tus grandes manos que siempre sabían qué hacer y dónde, que me conocían incluso mejor que yo a mí misma.

Pero todo esto es algo que no te contaré nunca, jamás.

Nunca jamás lo sabrás… porque si te olvido o te quiero, será cosa mía y será algo que haré en silencio… y mi amor será algo que jamás percibirás de nuevo.

En algún momento corrompiste la pureza de los sentimientos que sostenían nuestra esencia y tuve que huir.

Algunas huidas hacia delante salen bien y yo me cuidaré de que esta me salga bien porque todo lo bueno se trasmutó en malo, y lo malo en peor, y lo peor en pútrido.

Y he aprendido la lección y todo camino si fue de ida puedo hacerlo de vuelta y lo que convertiste en putrefacción lo puedo revivir y que pase de malo a bueno y de bueno a mejor y de ahí a excepcional. Aunque sea sin ti, porque me basto sola.

Y como haré ese camino de vuelta con la lección aprendida no volveré a cometer los mismos errores y será genial, mucho mejor que antes y que siempre.

Tú me hacías brillar pero gracias a ti he descubierto que puedo brillar yo sola porque tengo una luz interior que me hace especial y los demás la reconocen por cándida y tierna, porque las personas son un poco como una vidriera bellas cuando la luz las atraviesa desde fuera, pero qué pasa cuando llega la oscuridad, da igual el motivo, pues que si no hay luz interior no brilla su belleza y no hay nada que ver.

Y esa no soy yo.

Yo he seguido brillando, un poco menos, te lo reconozco, casi imperceptiblemente, como una luciérnaga cansada que regresara al final de la noche al nido, pero me parece para tu pesar que voy a brillar con todo el esplendor que siempre me caracterizó.


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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Internet