EL CUENTO DE SARA Y LA RANA

Sara encontró una rana en uno de sus muchos paseos y se puso a hablarle contándole sus muchos problemas en casa, su madre Olvido solía pegarle cada vez que estaba de mal humor o cada vez que bebía, cada vez que perdía un trabajo o cada vez que un hombre no le hacía caso, y eso último le pasaba muy a menudo.El padre de Sara hacía diez años que se había desentendido de ella porque ya no toleraba los chantajes emocionales a los que Olvido le tenía sometido, había reclamado su tutela en el juzgado pero aunque habían pasado varios jueces ninguno le había escuchado.

Sara había notado que su madre desde hacía un tiempo tenía unos cambios de humor que no tenía antes, pero es que una familiar había regresado al pueblo y estaba en boca de todos que juntas consumían drogas. A veces las dos pasaban días sin aparecer por casa y Sara se quedaba al cargo de su abuela con quien no tenía buena sintonía.

La única salida que le quedaba a Sara era salir a pasear a la vega cuando su descentrada madre le daba permiso.

Solía pasear cuando regresaba del colegio demorando todo lo posible su llegada a una casa que de ninguna manera le parecía un hogar, aquella casa era fría y le parecía un lugar inhóspito, su madre no tenía una hora fija para ponerle la comida así que no se daba cuenta de que llegaba tarde.

En aquellos paseos se paraba junto al río en un meandro, donde éste hacía un recodo que dejaba una pequeña charca y allí estaba su brillante rana verde con la que se veía nada vez que podía.

Ya había oído fábulas en las que sapos se transformaban en príncipes tras ser besados por alguna princesa, así que una tarde después de las clases y antes de que el horario partido pasara a ser horario únicamente de mañanas se decidió a besar a su rana y cayó dormida al borde de la charca.

Se despertó rayando el sol el filo de las montañas, estaba el cielo teñido de colores burdeos y naranjas, eso le dio a Sara el susto más grande de su vida pues sabía que la bronca que le caería al llegar a casa iba a ser tremenda y el castigo más grande que cualquiera que hubiera tenido hasta entonces porque se había pasado fuera de casa y del colegio toda la tarde.

Pero cuando quiso incorporarse se dio cuenta de que no se podía poner de pie y andar sino que daba largas zancadas saltando con sus nuevas ancas que un beso le habían otorgado.


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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay