TU PROBLEMA NO ERA YO

El problema para ti no era desde ningún punto de vista que te respondiera mal, que te pareciera que una mirada era “una mala mirada”, que algo estuviera mal ordenado o sin hacer o peor aún, mal hecho, ni sucio.

El problema para mí no era el golpe ni el insulto, tampoco el dolor o las mentiras, las traiciones o nada por el estilo, tu estilo por cierto.

El problema tampoco eran las cicatrices en mi cuerpo, ni la culpa que sentía, mucho menos la vergüenza que arrastraba allá donde fuera y que me hacía ser menos persona y menos mujer; el problema, lo supe después eran las cicatrices internas que tu comportamiento me iba dejando y que no me deja avanzar porque me tropiezo con ellas en el camino.

El problema no era mi cuerpo que llegué a detestar por tus constantes desprecios y humillaciones, no eran todas aquellas cosas que reprochabas en mí pero que ahora sé que hablabas de ti.

El problema era que yo soy mujer, ése era en probablemente para ti el problema.

No era por como vestía ni por lo que decía, no era por ser alegre o extrovertida, era por ser simplemente yo, por determinadas características que yo tenía antes y me hicieron especial para ti. Era porque así tenía que ser, porque siempre había sido de esa manera, porque yo te recordaba a ella y en mí viste a alguien ya débil a quien podías doblegar, machacar, un blanco fácil que fuera el destino de todo lo que a ella no le podías echar encima. Era un saco de boxeo perfecto con el que podías descargar tu furia contenida y pagar lo que no pudiste darle a la culpable de tus problemas del pasado, tantos años reprimidos.

El problema era el mundo con códigos machistas, desigualdades y violencias, lenguajes sexistas y dobles morales.

El problema no era mío, desde luego que no, era de todos y sobre todo de todas que hablan de las demás mujeres en los mismos términos que luego critican cuando se habla de sus hijas, madres y hermanas.

El problema era de los que lo sabían y no hacían nada, consentidores tanto como cómplices, de aquellos que se tapaban los oídos y desviaban la mirada, de aquellos que no hacían otra cosa que justificar al hijo, de los que celebraban la paliza alegando eso de “a saber que habrá hecho ella para merecer esto” mientras entre sonrisas y otros comentarios jocosos delante de una cerveza o un vino cosechero trivializaban sobre las hostias recibidas, pero no piensan que otro gallo cantaría si esa hostia hubiera caído sobre el rostro de su madre mientras ellos estaban presentes siendo niños, o en el de una de sus hijas, nietas o hermanas, entonces el discurso ante el chato de vino sería otro, el de la venganza y el reclamo ante las autoridades de justicia.

El problema no era yo y tampoco era nuevo, era falta de memoria, el problema era la injusticia y el abandono por parte de quienes más deben arroparte y no son ni manta ni abrigo y se vuelven un simple e inservible tul.

El problema era una historia contada por hombres y padecida por mujeres, como ese ginecólogo que te dice que un parto no duele, ¡tiene narices!

El problema son los juegos de rol impuestos desde la más tierna infancia, las niñas con muñecas y vestidos, los niños con coches y armas cuando la filosofía Queer dice que esto es absolutamente innecesario y contraproducente para un buen desarrollo.

El problema no era la torta en la cara, era el permiso de todos, el creer que era natural, el pensar que era bueno, el tolerar por miedo.

El problema no era la bofetada ni el puño, era la herida en el alma y el silencio de después, tras el cual venían las promesas que siempre se incumplían, las solicitudes de perdón con cara de “no lo volveré a hacer” mientras yo pensaba “hasta la próxima que se te cruce un cable y veremos si no será peor esa vez”.

Tu problema no era yo

Tu problema eras tú.


Si te ha gustado tienes otras publicaciones para leer en:

Voy pasando páginas

©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia los
hechos  aquí relatados y los personajes son invención de la
autora