LA ISLA

Su isla se llamaba Capricornio, aunque no la definía mucho, bueno nada, en un principio.

No era una chica al uso para ser nacida entre los hielos y la nieve que suele haber en el solsticio de invierno, al frío y la escarcha, con los chuzos formándose en los canalones y los charcos helados formando maravillosos dibujos en varias capas, no, más bien era todo lo contrario, cercana, dicharachera, simpática, de fácil conversación y muy extrovertida.

Todas esas características eran las que le atrajeron hasta ella pero paradójicamente fueran las que quiso cambiar, quizás porque eran las que más le faltaban, las que envidiaba en ella al no tener ninguna de ellas, y por más que intentó emularla no lo conseguía.

Por un tiempo logró que cambiara de nombre aquella isla y pasó a llamarse Penumbra, aunque era curioso porque a ella no le gustaba demasiado el estado en el que se sume todo cuando la claridad se va, y ni el día es día ni la noche es noche.

No soportaba tener la casa a media luz, ni las persianas medio bajadas, ella quería claridad cuando era de día y oscuridad cuando era de noche, cada cosa en su momento.

Para eso sí que era muy cuadriculada, capricorniana de pura cepa, por más que se vista la mona de seda, mona se queda… y por más que él intentó cambiar su naturaleza ella era cuadriculada en miles de aspectos. Era así. Punto.

Él intentaba bloquear el lado salvaje que la hacía tan atractiva, aquel que era como un imán para todos, no sólo para los hombres que pudieran resultar un punto de competencia, por más enamorada que ella dijera y demostrara estar, sino también para las mujeres que él percibía que era igualmente un atractivo y se le acercaban como las polillas a las farolas en verano.

Tan minucioso fue el trabajo que realizó con ella, tan bien lo hizo, desde dentro, nunca presentando batalla, jamás pareciendo un celoso, que ella terminó por creer que el problema era suyo.

Su isla que no parecía Capricornio pasó a llamarse Penumbra, tal como él la quería, en una sombra completa, a veces entre la niebla aislada, a veces sin comunicación.

Hasta que un día añorando el sol se acercó a la playa y allí con cada ola le vino un soplo de aire que renovó su memoria, sus ojos se llenaron de lágrimas por el tiempo perdido y cuando se disponía a marcharse vio a aquel hombre en un peñasco besándose con una amiga, allí mismo, era increíble, «una amiga», dijo él.

Nadie besa así a una amiga. ¡No nos engañemos!

⁃ Nadie agarra así a una “amiga”, no me cuentes películas.

Entonces por más que él corrió para intentar arreglar la situación no hubo nada que arreglar, porque una capricorniana sabe muy bien cuando brilla la ausencia de verdad y brilla la mentira.

Y al correr también perdió la amiga pues descubrió su jugada.

No iba a ser la amiga tonta que se come las sobras de otra que es la titular del puesto.

Desde aquel día que las olas lamieron sus ojos la chica de la isla Capricornio no hizo otra cosa que reafirmarse en cada una de las características que hacían de ella un ser singular y especial.

DUNCAN DHU – Capricornio

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©Victoria de la Fuente
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
los  hechos  aquí relatados y los personajes
son invención de la  autora
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Fuente de la imagen Pixabay