LLEGAR A LOS CUARENTA Y TANTOS

Cuando llegué a los cuarenta años me di cuenta de que no hay tiempo para perderse en tonterías, pensé que estoy cerca de la mitad de mi esperanza de vida y la eternidad no es eso que me contaron a los veinte años, que no lo lograré con whiskey ni con cremas. A fin de cuentas ninguna de esas cosas me iba a conservar

Ya te he tenido tiempo para darme cuenta que aquel príncipe azul que me vendían de pequeña y el “y vivieron felices para siempre” eran cuentos de una compañía de dibujos animados que ahora me parece que apenas tiene éxito. Pero claro, sólo es una percepción personal…

Ya con algunos más de cuarenta y más cerca de los cincuenta, me doy el lujo de mandar al carajo, con mucha educación eso sí, sí la persona lo merece, sino también se puede decir un “vete al infierno chata/o”; a más de uno y de una se les puede mandar a paseo de una forma tan educada que no se enteran, (mayormente por ignorancia) a fin de cuentas todas las personas que no te aportan estorban y siempre estamos a tiempo de ir a buscar lo que sea que necesitas… lo que deseas, lo que sí te aporta.

A estas edades empiezan las experiencias más intensas, las que de verdad te mueven el corazón y el suelo.

Después de los cuarenta suele aparecer un sentimiento inconmensurable: la aceptación para contigo misma.

Te conoces más que nadie, ya sabes quién eres, de dónde vienes y a dónde vas, y sobre todo a dónde no vas a volver nunca más y nadie va a venir a contarte un cuento chino.

Y en el caso de que venga algún tipo de payaso (que hay muchos) a contártelo, te sientas tranquilamente a escuchar sus payasadas, arrellanándote en el asiento, sin que se te note la incipiente carcajada, con sonrisa de medio lado y escuchas los detalles mientras recuerdas hilando cada tontería que te dice con el pasado. Es lo que tiene la experiencia, que es un grado.

Aparece esa magnifica y además impune sensación de poder decir lo primero que se te venga a la cabeza (guardando las formas, por supuesto, para no andar ofendiendo al personal, o no, depende del caso, porque a veces tres narices te importa que se sientan ofendidos si a ellos tampoco les importó tu honor), pero tienes que poder de desahogar  tu alma. Y sino siempre te quedas a gusto llamando a tu mejor amiga para reír con el desahogo.

Después de los cuarenta, se van acumulando en tus recuerdos millones de historias unas más privadas que otras, que te causan sonrisas inesperadas, que te hacen adquirir ese brillo que te daban las travesuras de cuando eras pequeña… pero ahora con la sensualidad de una mujer, ya no eres una chiquilla.

Cuando te ves ante una situación complicada y tienes cuarenta ya no te quedas perpleja como con veinte, respondes, con ganas, con la seguridad que te avalan años de intrincadas relaciones. Relaciones de las que por cierto has salido inmunizada a los idiotas.

Con cuarenta años empieza a fallarte la vista pero los gilipollas los ves venir a kilómetros, empieza a fallarte el oído, pero cuando escuchas un cuento dices “esta canción ya me suena” y aunque te des el gusto de dejarla sonar no te vas a quedar hasta el final para ver si era la misma que recordabas.

Después de cumplir cuarenta años ya no esperas lo que no existe, ni intentas cambiar a los que tienes alrededor. Tampoco estás con quien no te dan ganas de estar. Ni te molestas en que alguien se quede cuando no le interesa estar a tu lado. Después de aguantar por años y por obligación ciertas cosas dejas de aguantar y pasas de compromisos y no te complicas la existencia por nada ni por nadie.

Esa frase de “no merece la pena” cobra todo su peso y empiezas a buscar lo que te compensa, nada de penas, la vida que quieres es alegría y bienestar.

Cuando se tienen cuarenta se tiene la capacidad de voltear el mundo de una forma sutil veces, y otras veces pasas de sutilezas porque ya es tiempo lo que menos te queda y vas directa al grano para lograr estar junto a quien hace brillar más tu día. Las sombras para la noche y la penumbra para los eclipses.

A los cuarenta tus expectativas son cualquier cosa menos superfluas. Dedicas tus recursos a lo que de verdad es importante. Y si alguien no te demuestra lo importante que eres en su vida le muestras cortésmente la salida de tu vida.

Cuando llegas a cierta edad, porque es verdad que no todos maduramos a la misma edad, aprendes que cierto tipo de seguridad nadie te la puede dar más que tú y te conviertes en tu mejor aliada, tu base, tu mejor amiga. Y a veces tu única amiga.

A los cuarenta por desgracia, tienes tantas experiencias malas a la espalda que tienes que hacer por verte una mujer hermosa, por dentro y por fuera, te lo digan o no las personas con las que te relacionas, tienes que aprender a valorarte, por que ya no necesitas que alguien más te lo repita. Eres guapa, eres valiosa, aportas cosas geniales al mundo.

Con cuarenta has aprendido a reírte de cosas por las que antes llorabas, porque la vida es simplemente cuestión de perspectiva.

Y como de perspectiva se trata reconoces quienes son en verdad tus amigos y si no lo son tienes la nobleza de alejarte sin dañarlos.

Con la cuarentena no te cansas de hacer dietas que te causan obsesión, ahora sólo cuidas más tu salud, pero no solamente en el plato, sino también en la vida, en la calle, con mil aspectos.

Con los años empiezas a tener un cariño especial a todas tus imperfecciones, que resulta que no lo son porque ya no te crees tanta revista con ideas fotocopiadas, empiezas a valorar tu celulitis aunque quieras que desaparezca, valoras mucho tu cuerpo, pues sabes lo que significa. Una cicatriz quizás implica una vida y la luces con orgullo y amor, con valentía porque esa persona maravillosa está ahí para mirarte con adoración por esa cicatriz.

Todavía recuerdo el estupor que me causó descubrir mi primera cana y los maratones que me daba quitándomelas, y recuerdo que iba a la peluquería en aras de taparlas, disimulando con mejunjes y potingues la belleza de mi color de pelo natural y sin embargo hoy casi dos décadas después las luzco con orgullo como si fueran reflejos de la luna en mi cabeza y fieles destellos de la sabiduría de mis creencias que se hacen notar en mi cabeza.

Los años te dan la oportunidad de reconocer que es más importante tu cerebro que tu trasero. Y quién no lo valore quizás no esté preparado para estar al lado de ése trasero, ¡quítatelo de encima chica!

Si hay algo que me han aportado las décadas vividas es saber que estar con alguien es un deseo y no una obligación y reconocer que un buen beso y una caricia detienen el tiempo, que las mariposas te hacen ir a cualquier sitio y sabes que una excelente conversación es parte del buen sexo. Si no hay una conversación con un amante será una gimnasia camática muy buena, pero un gimnasio lo tienes en todos lados y tú te mereces algo más, algo increíble.

Los días vividos me han descubierto que se tiene más tolerancia a la frustración, que aunque no se termine algo hoy ya se terminará mañana, y también sabes que mañana será otro día.

Que la vida es una partida de ajedrez y que gana el que mejor sepa mantener a su reina protegida durante el mayor tiempo posible.

El tiempo me ha enseñado un secreto: debo tener las ganas de ver todo como una niña de diez, la sensibilidad de una chavala de veinte, la experiencia y habilidad de una mujer de cuarenta, la sabiduría de una mujer de sesenta, y la paciencia de una mujer de ochenta.

Resumiendo:

Con cuarenta y cincuenta estás más viva que nunca, no hay más tiempo que perder.

Es la edad de la plenitud. Tu plenitud.

Así es que si pasaste los cuarenta toma nota:

Disfrútate.

Quiérete.

Ámate.

Agradece por lo que tienes.

No mires atrás.

Cuídate en primer lugar para poder cuidar de los que amas.

No es egoísmo, es prioridad.

Si tú no estás ¿quién cuidará de ellos?

CHRISTINA AGUILERA – Beautiful

 


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©VictoriadelaFuente2018

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay