ESTAS PRECIOSA ESTA NOCHE

Aquel día no quería escribir sobre nada, sobre nada especialmente, solamente quería escribir, escribir sobre sus sentimientos.

Escribir sobre las llamadas que recibía. Llamadas que le resultaban muy repetitivas, tan repetitivas como lo eran sus discursos, tan monótonos, Sin sentimientos, sin sentido, estúpidos tanto como él.

Era como vestir la verdad para que fueran mentiras, cuando en realidad la verdad no necesita disfraces… Le parecía que todo era tan inútil como intentar darle sentido a las conversaciones que habían tenido y de las que él se había olvidado tan pronto amanecía al día siguiente y que ella reflejaba en las muchas cartas que le había escrito y, que se suponía que no le habían llegado aunque las dejaba en una mesa dentro cada una de un sobre sin destinatario, sin remitente, sin cerrar, sin sello.

Igual que aquellas cartas de amor que él decía que le dedicaba, pero ella no leía porque no entendía que el amor tuviera que ser asfixiante para luego dedicarle palabras presuntamente de amor después de haberle amenazado por haberle visto haciendo cosas comunes, como hablar con una amiga, reír con un compañero de trabajo, escribir a un antiguo compañero de clases o cualquier otra cosa que hacemos cotidianamente sin dar explicaciones, sin que pase una criba ni por descontado que pase por la censura del ojo escrutador.

No hay explicación posible para el abuso, ni para la amenaza, para la asfixia, para la pretensión, las mentiras, las deslealtades o las infidelidades, ni para miles de cosas que aquel hombre hacía con ella.

Fue aquella última carta que escribió sobre sus sentimientos la que él encontró cuando entró en casa, presuntamente al llegar de trabajar y, viendo la luz de la habitación encendida asumió que ella estaba en la planta superior y subió escaleras arriba viendo que no estaba la cena hecha para reclamarle su dejadez, no la encontró, ni tampoco halló rastro alguno de ella en toda la casa cuando miró en las demás estancias de aquella planta, lo único que quedaba de ella fue aquella carta, encima de una torre que formaban muchas cartas, todas posadas sobre  el tocador  que le había puesto a los pies de la cama de la habitación para ver cómo se maquillaba antes de salir cada sábado a bailar y al cruzar el rellano de la casa le ponía unos zapatos de tacones altísimos y al levantarse ella del calzador se miraban en el espejo de la entrada y le decía abrazándola por detrás:

  • Eres mi posesión más preciada y estás preciosa esta noche. – Sábado tras sábado era la misma estúpida frase que resonaba en su cerebro hasta que ser preciosa le pareció horrible.

Todas aquellas cartas eran del mismo papel, pero de diferentes tonos de violeta, lila, morado, no tenían un nombre en el sobre al que dirigirse, sin embargo, él sabía perfectamente que estaban escritas para él, abrió la que estaba más arriba viendo que estaba fechada ese mismo día, la leyó, así supo que había perdido a la que llamaba “la mujer de su vida”.

Después leyó la que estaba más abajo, así supo cómo empezó todo, se sentó en la parte de los pies de la cama, donde tantas veces pensó que había amado a aquella mujer que llenara su vida como ninguna otra. Y comprendió que lo que para él había sido amarla para ella había sido destruirla poco a poco.

ERIC CLAPTON – Wonderful Tonight

 
 

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©VictoriadelaFuente2018

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