EL RELOJ DESACOMPASADO

Julio llegó como nuevo vecino a una casa donde vivían un montón de personas, todos llevaban mucho tiempo viviendo en el bloque desde el principio, pero él llegó el último aquel caluroso mes de junio, intentó no molestar, pero era inevitable hacer ruidos mientras limpiaba, se organizaba, montaba los muebles, colocaba sus cosas en su nueva casa, colocaba el menaje y ropa en armarios y colgaba las estanterías de las paredes.

Todo aquello les resultaba un infierno a los vecinos de siempre, pero soportaban los ruidos y las molestias, aunque cuando se cruzaban con él por los pasillos Julio creía que le miraban mal.

Y no iba desencaminado, en realidad no le miraban mal por el montaje de muebles, los taladros de las paredes, el chocar de sartenes y cazuelas, no, le miraban mal por lo intempestivo de las horas que elegía. Pero por respeto y porque no se conocían se lo permitieron dándole un margen de tiempo para que se acomodara.

Cuando el nuevo vecino ya llevaba un año en la nueva casa todos los vecinos acudieron a una reunión vecinal en una salita que había a la entrada del portal, era una sala destinada a usos generales, como las reuniones y cumpleaños de los niños de los vecinos, Julio no pudo acudir a tiempo por temas del trabajo.

Esa fue la ocasión que el resto de vecinos colindantes a su casa por arriba por abajo y por los lados, vecinos de pared con pared aprovecharon para hablar mientras Julio no estaba. No es que hablaran mal, es que expusieron la situación que estaban viviendo desde hacía un año.

Julio tenía un insidioso reloj de pared, uno de esos relojes de cuco que cantaba y que molestaba a todas horas dando la hora en punto, la media, el cuarto y menos cuarto, pero no era ese el único problema, o no solo era ése el problema, es que estaba mal puesto en hora, de tal forma que nunca daba la hora bien, así que tenía a la vecina de abajo, a la de arriba, al de la derecha y al vecino de su izquierda completamente locos y desorientados en lo que a horas se refería.

Para más locura el maldito reloj de cuco no callaba durante la noche, nadie podía dormir si lindaba con Julio.

Aquel chico que ya rondaba los treinta y tantos debía trabajar en algún tipo de negocio del cual salía a las dos de la madrugada y llegaba casa a las a las dos y media, debía cenar viendo la tele y luego fumándose un cigarro de esos que le daba la felicidad se dirigía a la cama para seguir viendo la televisión, pero nunca se acordaba de poner el temporizador y allí quedaban la tele y el cuco para verse las caras cada quince minutos.

Durante el último año nadie en los alrededores de Julio había conseguido dormir del tirón una sola noche y aprovecharon aquella reunión vecinal destinada a otros cometidos para informar a los otros setenta y un vecinos de lo que estaba pasando, los cuatro que rodeaban a Julio estaban indignados, ya que se habían quejado de muchas maneras sin resultado alguno, le habían dejado notas, le habían llamado a las tantas de la noche, algunos más enfadados que otros, algunos más indignados que otros, algunos más educados que otros.

Para imaginarte bien la situación tienes que pensar que ves los ventanales de las habitaciones desde fuera, y ves la ventana de Julio y cuatro habitaciones que forman una especie de flor de cuatro pétalos y alrededor otras cuatro habitaciones formando como un cinco de un dado cuyo centro es el epicentro del problema, la habitación de Julio, de donde salía todo el ruido a las dos, las tres, las cuatro, las cinco, las seis de la madrugada, hasta que aquel chico se despertaba a las diez de la mañana o más tarde.

Lejos de que pueda ser algo cómico es algo grave estar siempre molestando, noche tras noche a los vecinos y cuando ellos se quejan mirarlos con cara de besugo preguntándose qué están diciendo.

Una vez todos los vecinos supieron lo que estaba pasando se puso una nota informativa en el portal para que todos la pudieran leer y el sujeto se diera por aludido.

Pero no sólo no se dio por aludido, sino que no cesó en sus hábitos, mantuvo el reloj funcionando día y noche porque no dejó de darle cuerda cada día y dejó la televisión en marcha toda la noche haciendo caso omiso de notas, de quejas, de la necesidad que los demás tenían de dormir.

Al final Julio terminó por ser el paria y el tonto al que nadie saludaba, era el número setenta y dos, el número maldito, el tipo invisible, el que nadie quería compartir el ascensor con él, el que evitaban en el descansillo de los buzones, el que si pedía un favor pillaba a todos ocupados.

Al principio los vecinos no se percataron de que los ruidos habían ido dejando de sonar, ya no se le oía llegar a las tantas de la madrugada y dar su rutinario portazo y prepararse la cena dando cacerolazos, ya no se oía la televisión de noche, y sobre todo destacando por encima de todo, no se oía el maldito reloj cada quince minutos.

El día que los ruidos cesaron sus vecinos más afectados, los más cercanos, pensaron que Julio estaría, por fin de vacaciones, hasta que pasados dos meses un tufillo empezó a ser irritante para la nariz de todos los vecinos del pasillo del cuarto piso y a Lucía la vecina del tercero, que vivía justo debajo de Julio se le empezaron a dibujar unos cuadrados de tono rosáceo en el techo sobre la mampara de la bañera.

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©VictoriadelaFuente2018

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